Para mi amiga Oriente, la memoria que queda
El mes de abril era uno de los preferidos de Ángela porque la acercaba al verano. Esa era su estación preferida. La luz infinita alejaba la noche, los límites a su libertad disminuían y los besos robados de Andrés le chispeaban como un audaz recuerdo.
Durante el año, sólo le había vuelto a ver en un par de ocasiones en las que sus familias se reunieron para un cumpleaños y una paella en el jardín de los padres de Andrés. Ellos se miraban con el recelo de su secreto veraniego y Ángela no podía evitar que le irritara la falta de decisión de ese chico tan rubio y alto, tan guapo y soso, la verdad. No hizo ninguna alusión o guiño a su aventura veraniega, ni tampoco una llamada. Eso le partía el corazón, pero como su familia se enterara que había salido con él, le esperaba un castigo eterno.
—No tienes edad.
Le recriminaba siempre su padre ante cualquier intento de libertad que él llamaba subversión.
—Voy a cumplir dieciséis —le gritó la última vez, lo que le valió un mes encerrada en casa.
Maldito ogro, comentaba con Beatriz, su amiga íntima que también disfrutaba de un padre autoritario, aunque superar al suyo era imposible, confesaba entre lágrimas e ira contenida. ¡Imposible!
Al llegar el mes de abril, se produjo el milagro. Andrés la llamó y quedaron para verse ese sábado. Su amiga iría con Iñigo, otro amor secreto. Demasiado jóvenes para esas tonterías. Demasiado jóvenes para todo, se lamentaban ellas.
Por fin se reunieron con el nerviosismo y la ilusión del momento largamente deseado. No sabían qué hacer y decidieron ir a un cine. La película era Candilejas y la gruesa cortina que separaba la sala de cine de la entrada, le dio en el ojo a Ángela y se le cayó una lentilla, pero no dijo nada, no la iba a encontrar y además jamás confesaría su astigmatismo. La película, que Angela vio desenfocada, les aburrió y decidieron ir a merendar, siempre mirando el reloj, pues las nueve era la hora de vuelta. Al salir caía una manta de agua que no les desanimó a recorrer el camino de vuelta para acercarse lo más posible a casa de Beatriz, donde la iban a recoger.
Llegaron calados a la cafetería y mientras esperaban que se quedara una mesa libre ellas dos fueron al cuarto de baño a intentar secarse sus largas, jóvenes, brillantes melenas en el radiador. ¡Bella a toda costa! Ángela se veía a medias en el espejo por la falta de la lentilla que decidió quitarse. Pese a la nebulosa en la que se quedó, todo menos ponerse las gafas, pudo comprobar el decepcionante resultado de su pelo: húmedo, lacio, sin pizca de volumen.
El transcurrir de la tarde no dio cabida a que hubiera un poco de intimidad, algún momento de recuerdos tiernos, un reconocimiento de los prolongados anocheceres y besos de agosto. Andrés era tímido, no conseguía soltarse y el ruido abrumador de la cafetería no hacía fácil la conversación.
Tras la última ojeada al reloj, salieron a toda prisa otra vez a la lluvia, ahora menos furiosa, y se acercaron con paso ligero a la casa de Beatriz. Al entrar al amplio zaguán vieron que los padres de ellas charlaban amigablemente. No les dio tiempo a que los chicos se fueran, eran épocas en que acompañaban hasta el portal, y se quedaron los cuatro como estatuas.
—Mira quienes vienen —dijo su padre con cierta sorna.
—Nuestras hijas muy bien acompañadas —contestó el de Beatriz con irritación contenida.
Iñigo y Andrés, después de saludar educadamente, desaparecieron como almas que lleva el diablo. Castigadas dos meses sin salir, por desobedientes y mentirosas. Las dos chicas se miraron con la desesperación y el desgarro propio de la juventud y el temor a la severa reprimenda que les iba a caer.
Andrés no volvió a llamar nunca y veinte años después Angela lo reconoció de lejos en un concierto, pero no se saludaron.
Menos mal que esos tiempos habían pasado.

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