domingo, 1 de noviembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Un café parisino

 



Aquella mañana del mes de agosto salí de casa. Me ahogaba. Después de dos horas andando por la ciudad, extenuada, me senté en la terraza de la cafetería que estaba a los pies del río.

Me percaté de que muy cerca, sentado en el suelo, se encontraba un estrafalario anciano. Vestía unos pantalones con una pata de cuadros verdes y la otra de rojos. La casaca era de rayas azules y blancas. En la nariz llevaba una cáscara de huevo pintada de rojo y a su lado un sombrero hongo le servía de limosnero.

De niña nunca me gustaron esos personajes que lloran para hacer reír. Para una buena llantina me bastaba con dar repaso a mi vida. Ya sé, ya sé, que existe la tristeza y la alegría, el odio y el amor, los traidores y los aliados. Todo tiene su complemento, aunque a veces lo malo, viene junto. Como cuando la lavadora se rompe y a las pocas horas se descompone el frigorífico y, no contento con ello, la lámpara del salón, esa que parece hecha de lágrimas, se cae sobre la mesa de cristal y las dos se hacen añicos. Mi abuela, en esos días aciagos, repetía: «Bien vienes mal si vienes solo.»

Intentaba entretenerme con los transeúntes o con los que se sentaban en otras mesas, pero mi vista siempre se iba a aquel anciano con pinta de haber trabajado en un circo.

El camarero se acercó y pedí un refresco de limón y un sándwich mixto. Me sonrió al tiempo que cantaba: Marchando la comanda. Tenía unos ojos azules tan bonitos como aquel actor de cine, cuyo nombre no recuerdo y que tanto me gustaba.

Cuando regresó traía dos refrescos de limón y dos sándwiches. Lo mío lo dejó en mi mesa y el duplicado se lo llevó al anciano de la nariz con la cáscara de huevo. Gracias, le oí susurrar al recibir unas palmaditas en el hombro. Tenía los mismos ojos azules del camarero.

Quizás lo mío era mucho menos grave, que lo de aquel payaso y lo del camarero… Inhalé fuerte y solté despacio. Mejor no saber sus historias. Y obedecí a lo dicho por aquel estadista inglés: «Si pasas por una tormenta, sigue caminando.»



© Marieta Alonso Más

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