Voy a ser el rey del mundo, pensaba
mientras descansaba en su cama tras la siesta, y voy a dominar a todos, tendré
a todos ellos ─y ellas, claro─ a mis pies, bajo mi batuta, como hasta ahora,
pero mucho mejor, con un dominio más a fondo, más entregados, más sumisos, más
miserables. Empecé bien, no lo dudo ni lo he dudado nunca, porque en los
comienzos me rodeé de aquellos ─y aquellas, claro─ que no servirían en absoluto
en cualquier otro escenario pues, en el fondo no saben ni sabrán jamás nada de
nada. Yo lo sé, aunque ellos lo ignoren, o si no lo ignoran lo disimulan bien
porque poderoso caballero... Son idiotas que a los que hay que usar y,
en su momento, tirar, que es lo que haré en el futuro, cuando salga de aquí,
cuando finalice mi reposo. Por eso los nombré ministros ─y ministras, claro─;
por eso quise revertir el lenguaje y usar uno más acorde a mi pensamiento (el
único válido); por eso me rodeé de afirmaciones ─que posteriormente fueron
mentiras, pero tal hecho carecía de importancia─; por eso escalé paso a paso,
pisando y machacando a cualquiera; por eso creé el mundo maravilloso en el que
yo estoy arriba y el resto abajo. Si supieran lo poco que me importan… Pero
había que decir lo contrario, que ellos, mi pueblo, eran lo único, lo mejor,
que siempre lucharía por mis vasallos, que buscaría su bienestar, y que todo lo
que hiciera sería por su bien, (como si a mí me importaran) pero siempre,
siempre, cubriéndome las espaldas, nombrando jueces a mi favor, políticos a mi
favor, magistrados a mi favor, iguales a mi favor, súbditos a mi favor y
lacayos a mi favor. La humanidad al completo a mi favor. Y sibilinamente, sin
que se percataran, me fui deshaciendo de aquellos ─y aquellas, claro─ que no
pensaban como yo, que no comulgaban con mis ideas, que no seguían la línea de
mi pensamiento. Y cuando salga de aquí, ya dentro de poco, seré el emperador del
universo y todos ─y todas, claro─ me adorarán.
Yo seré el rey del mundo.
El sonido de la puerta cercenó de cuajo
sus pensamientos.
─Es la hora del paseo ─dijo el primero
de los enfermeros mientras otros dos se acercaban a la cama, le sujetaban los
brazos, le levantaban y le ponían una camisa de fuerza. Así era mucho más
seguro.
Salieron
tranquilamente de la celda mientras el sol se colaba por la ventana un poco
antes de decir adiós al mundo.
©
Blanca del Cerro






