Acalorada, se sentó en uno de los sillones de la terraza. Llevaba en la mano un par de botellas de cerveza. Con un pequeño tirón de la anilla, Belinda arrancó la tapa y bebió el botellín casi de un trago. Suspirando miró por encima de los pinos. El bosque estaba tranquilo y ella, después de lo bebido, también. Abrió la segunda botella. Le dio un pequeño sorbo y pensó que si la viera su madre beber así se enfadaría con ella. Cogió un vaso y muy despacio, la vertió. De nuevo en su asiento, miró el líquido al trasluz. ¿Por qué le gustaba tanto aquella bebida amarga? A lo mejor era porque aquella amargura cubría otras más intensas. Humedeció los labios en la espuma. Era suave, fría. Se pasó la lengua intentando saborearla otro poquito. Era como un beso. La imagen de Marcos le llenaba la mente y con el corazón encogido bebió con ansia unos sorbos. Ya un poco mareada, recordó su timidez ante el abrazo de Marcos, y como se desembarazó de él. ¡Qué tonta era entonces! Aunque Marcos no lo percibiera, mientras corría por el bosque escapándose, por el rabillo del ojo lo miraba. De pie, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la boca entreabierta, el joven la miraba correr sin llamarla. ¿Por qué no lo hizo?
Al ir a beber otro trago, percibió que la cerveza estaba caliente, sin espuma. Tiró lo que le quedaba sobre un macizo de margaritas y volvió a la cocina a coger otro botellín bien frío. También recogió otro vaso. Así se podría hacer a la idea de que alguien la había acompañado sentado en otro de los silloncitos.
Ya de nuevo acomodada delante de la inmensidad del valle, sintió calor. Se desabotonó el cuello de la blusa y se pasó la mano por la garganta, por el escote, como si fuera una caricia. Sus dedos se convirtieron en las manos de Marcos. A su madre Marcos no le gustaba, bueno ni él ni nadie. Porque desde que se había quedado viuda solo pensaba en retenerla a su lado. Pero ellos se amaban. Volvió a sentir el amargor de la cerveza. Recordó la tarde que él le pasó el brazo por el hombro y le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho. Al rozar con los labios su piel sintió el mismo sabor amargo que ahora. Marcos le besó el cabello. Luego, le acercó una jarra, inmensa, de barro gris, que bebió con gusto y lo hizo por el mismo sitio que él había bebido.
Vio unos pájaros volando a lo lejos. Envidió sus alas anchas, grandes, que les daban una libertad que Belinda nunca tuvo. Sería bonito ser un ave y poder volar entre las nubes. Bebió otro trago.
Mirando hacia la lejanía recordó lo bonitas que eran las fiestas de la cerveza. Sobre todo la del Oktoberfest que se celebraba en la plaza del castillo. ¡Qué alegría! ¡Qué risas, cuántos cantos! Y luego, la vuelta a casa atravesando el bosque, ese mismo bosque que ahora estaba a sus pies. Menos mal que su madre nunca se enteró de que su hija y sus amigas cruzaban entre los árboles tan solo iluminadas por la luz de la luna. Aquellos troncos oscuros, casi negros, en los que las chicas se apoyaban y ellos las abrazaban. Recordó a... ¿Cómo se llamaba? Daba igual decidió bebiendo otro poco. Ésa siempre se internaba entre los árboles hasta que nadie la podía ver. Cierto era que tuvo que casarse de prisa y corriendo. Aunque la boda fue muy divertida y bonita, eso hasta su madre tuvo que reconocerlo.
¡Hacía tantos años ya de aquello!, meditó mientras ya sin ansia, tomaba otro trago. ¡Qué rica! Qué más daba que su madre hubiera conocido que ella cruzaba por aquel bosque. ¿O nunca lo hizo? Ahora lo recordaba bien. Nunca cruzó por el bosque y tampoco dejó que la besara Marcos ni ningún otro hombre.
Su madre siempre se sintió orgullosa de su Belinda. Aunque quizá no tanto de su soltería.





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