domingo, 11 de enero de 2026

Leyendas del Baobab

 



En el corazón de África, donde la tierra respira historias antiguas y los espíritus de los antepasados ​​susurran en el viento, se alza el baobab. Un árbol singular que ha inspirado innumerables leyendas, que transmiten sabiduría ancestral y valores esenciales.

Una de esas fábulas nos cuenta que, con un tronco robusto y flores vibrantes, el baobab se llenó de orgullo y deseaba alcanzar el cielo, desafiando a los dioses con su arrogancia. Los dioses, al ver su vanidad, decidieron castigarle. En lugar de crecer hacia arriba, el baobab fue condenado a crecer al revés, con sus raíces hacia el cielo y sus flores bajo tierra. Esta transformación simboliza la importancia de la humildad y las consecuencias de la soberbia. 

No solo es un árbol emblemático en África, sino que también representa la fortaleza, la resistencia. A pesar de su apariencia extraña, el baobab es esencial para la vida en su entorno, proporcionando alimento y refugio a muchas especies.

Otra de esas fábulas nos cuenta que, en las vastas llanuras de la sabana africana, donde el sol abrazador marca el ritmo de la vida vivía un pequeño grupo de animales.

Kofi, un joven elefante de espíritu curioso y corazón inquieto, sentía desde pequeño una llamada interior que lo empujaba a explorar más allá de los caminos conocidos. No era solo curiosidad lo que lo movía sino un deseo profundo de comprender su entorno y encontrar maneras de mejorar la vida.

A su lado estaba Amani, una jirafa elegante y observadora, a quien todos consideraban una líder natural. Con su visión amplia y su carácter sereno, Amani cuidaba de los suyos con una preocupación genuina. Los largo periodos sin lluvia la inquietaban, y en su corazón latía un anhelo por encontrar una solución que trajera alivio a todos los habitantes de la sabana. No estaban solos. Lulú, una cebra valiente y decidida; Tumo un león sabio y respetado; y Nala, amable rinoceronte preocupada por el incierto futuro, formaban parte de aquel grupo unido por un destino común.

La sequía prolongada los empujaba al límite: el agua era escasa, los alimentos se agotaban y los depredadores acechaban con más frecuencia. Las noches se hacían más frías y los caminos más largos.

Un día impulsado por la necesidad y la esperanza, Kofi y Amani decidieron emprender un viaje hacia los confines de la sabana.  Buscarían una solución más allá de lo conocido, confiando en que, unidos, podrían superar los obstáculos. En el trayecto se enfrentaron a numerosos peligros, pero la determinación de ambos los mantenía firmes.

Durante una tormenta de polvo que casi los desorienta por completo, encontraron un baobab gigantesco en el corazón de la sabana. Sus ramas se extendían hacia el cielo como si quisieran tocarlo, y sus frutos, desconocidos para ellos, colgaban en abundancia. Cansados, pero llenos de esperanza, exploraron aquel árbol majestuoso y descubrieron que sus frutos, conocidos como «pan de mono», eran nutritivos, y sus hojas se podían utilizar en la medicina tradicional. Además, podían crecer en las condiciones más adversas. Era un símbolo de la vida en medio de la sequía.

El regreso fue todo un éxito.

Lulu, Tumo, Nala y los demás animales se unieron para cuidar y cultivar aquellos árboles especiales. Aprendieron juntos a conservar el agua, a repartir los frutos con equidad y a valorar el esfuerzo colectivo por encima de las diferencias. El baobab fue bautizado como el «Árbol de la Esperanza».

Kofi y Amani demostraron con su valentía y generosidad que la verdadera misión no solo está en encontrar soluciones, sino en compartirlas para el bien común. En cada fruto compartido, en cada sombra que el baobab ofrecía, aprendieron el valor de cuidarse mutuamente y de caminar siempre juntos, sin dejar a nadie atrás.

Así, la sabana africana floreció de nuevo, recordando a todos que la naturaleza y sus criaturas tienen mucho que enseñarnos sobre la solidaridad, la esperanza y el compromiso con los demás.

 


viernes, 9 de enero de 2026

La cocina a mi alcance: Tarta de patatas

 

Recuerdo que con apenas siete años mi madre me ponía a batir la nata que había ido recogiendo en un frasco. Me encantaba untarla en el pan. No sé si ella sabía que la mantequilla es rica en vitamina A, D y E, lo que sí sabía era que tirar comida era pecado, y en mi casa no se tiraba nada.

Una vez a la semana, los jueves, comíamos de sobras, pero no unas sobras que el comensal supiera que el lunes había comido picadillo, que el martes había saboreado bonito en escabeche, que el miércoles había quedado ropa vieja, que el viernes se comía pescado, por la vigilia, que el sábado habría ajiaco, que el domingo, pollo. No. No. Cada porción sobrante la escondía en empanadillas, en patatas rellenas, en frituras y… ¡Sorpresa! Nunca sabíamos lo que íbamos a encontrar al hincar el diente.

En casa la leche era de vaca, nos la traía Juanito en una yegua que era la mar de noble y eso que más mataduras era imposible tener. Y siempre me decía que de la leche de oveja, vaca o cabra era posible obtener mantequilla, pero de la leche de camella, no. Eso se lo había dicho mi tatarabuela, que no sabía leer ni escribir, pero era de una inteligencia natural que llamaba la atención.

El proceso de batir las natas produce pequeños grumos que flotan, a eso le llamaba suero de mantequilla y me animaba a beberlo, por lo flaca que estaba. Y no sé para qué, pero le echaba cubitos de hielo antes de que yo empezara a batirlas con una cuchara de madera.   

Pues, esta tarta que parece tan rimbombante, mi madre la hacía con lo que hubiera en la nevera, por lo que la receta que ayer encontré entre sus cosas, no tenía ni mancha de grasa.  

 

Ingredientes

700 gramos de patatas

20 gramos de mantequilla

1 puerro

5 huevos pequeños

1 cebolla picada

200 gramos de beicon troceado

75 gramos de queso para gratinar

3 cucharadas de nata para cocinar

 

Paso a paso

Horno a precalentar. Hervimos las patatas con sal hasta que estén cocidas.

Cortamos el puerro y lo hervimos unos tres minutos. Freímos el beicon y cuando esté crujiente añadimos la cebolla hasta que se dore bien.

Mezclamos los huevos, el queso, la nata y la mantequilla, la sal, añadimos el beicon y la cebolla. Batimos bien.

Engrasamos un molde con mantequilla y aplastamos las patatas con un vaso hasta que quede una capa totalmente lisa. Agregamos la mezcla. Horneamos durante 20 minutos a 200 grados. Y ya está.



miércoles, 7 de enero de 2026

Enero frío y sereno...

 



 

El mes donde todo vuelve a comenzar

 

Es el primer mes del año en el calendario gregoriano.  El papa Gregorio XIII extendió esta medida a toda la cristiandad en 1582. Tiene treinta y un días. Toma su nombre del dios Jano, representado con dos caras, la mirada hacia el pasado y hacia el futuro.

Comienza con el día de Año Nuevo. Es un mes de invierno en el hemisferio norte y un mes de verano en el hemisferio sur.

Es el único mes del año que siempre tiene un «gemelo», es decir, un mes que comienza y termina el mismo día de la semana que él. En un año común, es octubre, y en un año bisiesto, julio.

Los signos del zodiaco para el mes de enero son Capricornio, hasta el 19 de enero; y Acuario, a partir del 20 de enero.

Sin embargo, enero no siempre ha sido el primer mes del año: el primitivo año de los romanos comenzaba con Martius, dedicado al dios Marte, marzo en español.

Los calendarios medievales seguían la costumbre romana. En Francia, enero pasó a ser el primer mes del año cuando el rey Carlos IX lo decidió, con el Edicto de Roussillon en 1564. Hasta 1752, el Reino Unido y sus colonias mantuvieron el 25 de marzo como primer día del año. En Rusia fue el zar Pedro I, en 1700, el que cambió la fecha por el uno de enero.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado al Niño Jesús. ​

 


Que tengas un gran año por delante

martes, 6 de enero de 2026

lunes, 5 de enero de 2026

Sol Cerrato Rubio: Las mejores Navidades

 



Las mejores Navidades

son celebración, tradiciones

y recordar a los que ya no están

presentes.


Las mejores Navidades

son cuando planeas un viaje

imposible.


Las mejores Navidades

son saber, que a pesar

de los días niebla

y los días luz, sigues a mi lado.


Las mejores Navidades

son estar con la familia

juntos, un día más.


Las mejores Navidades

son amigas y compañeros

brindando por todo lo bueno

que cabalgará por nuestras vidas.


No todos los hogares

tienen Las mejores Navidades.


Hablar de paz, de solidaridad

caminar junto a ellos

también forma parte de

Las mejores Navidades.

 

Sol Cerrato Rubio

 

sábado, 3 de enero de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Mi tía preferida

 



La tía Aleida sentía pasión por los perros, los gatos, los peces…, por todos los animales, sin excepción. Hasta los de dos patas como vosotros, nos decía.

Tenía una casa de edad indeterminada, dos siglos más o menos, porque con sus manos la había levantado el tatarabuelo, cuando decidió casarse con la chica más bonita de toda la comarca. Había cubos colocados de forma estratégica por todas las habitaciones, por si llovía. Quien la mirase con ojos críticos podría pensar que era vieja, destartalada, a punto de caer. Para nosotros: un palacio.

Con cuatro dormitorios, donde en vez de camas había dos literas en cada pared, en el dormitorio principal una sola cama enorme, la de nuestra tía; un aseo, una cocina, un patio con una ducha y a orillas del mar Mediterráneo a su paso por La Mata. ¡Qué más se podía pedir! ¡Ah!, y en la puerta restos de la barca del abuelo, donde navegábamos de forma imaginaria por los cinco continentes. Aquella casa tenía sabor a sal, a bocadillos de calamares, a limonada.

Allí nos reuníamos en julio y agosto los dieciséis sobrinos. A la vez, nada de uno en uno. Nunca fui tan feliz como en aquella época. Todo el día en la mar, en la arena, bailando las cometas, dando patadas a un balón, pescando…

Si ahora cierro los ojos veo y escucho a la tía Lello, como la llamaba la cuadrilla, con una bandera blanca para nosotros, un paño de cocina para ella, gritarnos desde la puerta:

¡Cabras! ¡Regresad al redil!

Y sabíamos que era la hora de desayunar, comer, merendar o de cenar.

 

© Marieta Alonso Más

viernes, 2 de enero de 2026

Amantes de mis cuentos: Pueblo mío

 


 

Con mis bártulos a cuestas dejé atrás el hogar de mi niñez. La noche había cerrado y no se veía un alma. Todo el mundo se había retirado a sus casas después del duro trabajo diario. Las tiendas y kioscos cerrados, no quedaban fruteros, ni confiteros, ni taberneros en sus locales. Solo se veían las luces iluminando las calles desiertas cada vez más lejos y alguna que otra persiana que se cerraba.

Nunca más regresé a ese pueblo que con el tiempo se hacía más bonito en mi memoria y ahora a punto de cumplir cien años no es momento de regresar. Tampoco tengo quien me lleve. Y me viene a la memoria el Bar de Víctor, donde había una vitrola a la que se le echaba monedas y no cesaba de sonar.

Hay momentos en la vida en que existe la magia y un vecino, el del quinto, tan viejo como yo, ha puesto música, no sé de dónde sacó a la orquesta Aragón tocando y cantando «El bodeguero» y debo haberme emocionado, porque de pronto, me encontré de pie, marcando el paso.

Menos mal que mi nieta vino corriendo y en vez de refunfuñar, o mandarme a sentar se puso a bailar conmigo.  ¡Qué rato más bueno he pasado! ¡Ay!, ¡qué tiempos aquellos!, en que la vejez estaba tan lejana.

 

© Marieta Alonso Más