martes, 3 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Éramos pocos y...

 


 

Desde que se ha levantado no ha parado ni un momento. Limpieza general en aquel piso de pequeñas dimensiones, abarrotado con muebles muy modernos, paredes con tonos que contrastan, libros por doquier, una leonera por habitación y dos maletas en la puerta. A todo correr está haciendo la comida para irse a trabajar. El malhumor la inunda. Y, encima, su marido le pidió anoche el divorcio.

—Din … don …

Se abre la puerta quedando una rendija sujeta con una cadena

—¿Quién es?

—Disculpe, ¿podría ayudarme? Busco a un profesor de literatura y no sé en cuál piso vive.

—No conozco a ningún profesor de literatura.

—Es ruso

—Como si fuera chino. Le digo que no le conozco.

—Es alto y delgado.

—Como si fuese enano y gordo. Lo siento. Se me quema el condumio y su búsqueda no es mi problema. Pregunte al conserje.

—¿Dónde vive el conserje?

Se oyó el golpe seco de la puerta al cerrarse y un grito. Cuatro dedos quedaron empotrados.

 

© Marieta Alonso Más

lunes, 2 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Don Eutiquio

 



 

El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en broma o en serio.

Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí. 

Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor, y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús y ocupé el puesto.

Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin tener que pisar a nadie.  Y, miren por donde..., hoy, me alegro.

Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen cuando se presentó ante el Señor.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 1 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Pionero

 



 

El 12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una órbita de la Tierra.

Lo mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.

Un mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo así como «pato salvaje», que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108 minutos.  A Gagarin, las autoridades soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo. Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de lo que era mío.

Pasaron siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.



© Marieta Alonso Más

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

Cristina Vázquez: El olor

 


El olor había sido lo que la decidió. Aunque cuando Eulalia miraba el despliegue de pescado y marisco en el mercado, muy pocas veces y siempre con mascarilla, sonreía satisfecha.

Su padre fue un pescador curtido en mares lejanos. Cuando ella era pequeña su vuelta era festejada con emoción y sincera alegría. Recordaba el momento de su entrada en la casa. Avisaban de la central del puerto que el Lalina estaba fondeando. Entonces, la madre los arreglaba a ella y a su hermano y se ponía un traje estampado, aunque fuera invierno. Después de tanto tiempo en el mar, al menos que cuando entrara en su casa viera alegría y color, afirmaba animosa.

Se sentaban alrededor de la mesa a esperar. Oían su silbido a lo lejos y se ponían nerviosos.

—¿Ya, mamá? —preguntaban los hermanos.

—Aún no, que él también recele un poco y crea que no estamos —sonreía—, así disfrutará más al veros.

Ahora, les decía cuando ya se oían los pasos por el pequeño jardín y su voz llamándoles: Mujer, Lalina, Juanito, nombres que volvía a repetir hasta llegar a la puerta. En ese momento daba tres golpes seguidos. Los chicos se escondían y al abrir, la madre decía con aire compungido que los niños no estaban en casa. Entonces empezaba la ruidosa búsqueda del padre hasta que los encontraba. Su abrazo era fuerte, querido, pero Eulalia no podía evitar que el olor a pescado que desprendía, le repugnara. Se juró que ella nunca olería así.

Y cumplió su juramento. Se fue a estudiar a la ciudad, pese al enfrentamiento que le supuso con la madre. Eran tiempos en los que la obligación de la mujer era estar en casa, encontrar un marido conveniente y, si acaso, echar una mano en la pescadería donde se vendía el pescado que traían en el Lalina. Por cierto, Manolo, el apuesto y amable hijo de los dueños, le miraba con ojos embelesados de futura novia.

—Pareces boba —le recriminaba la madre—, si fueras algún día a ayudar… El chico te mira con arrobo.

—Pero huele a pescado —era su inevitable contestación.

Menudos remangos de señoritinga le salen a la muchacha, se quejaba con el padre. Y a estudiar, se quería ir a estudiar a la ciudad y sola. El desconsuelo de la madre no se calmaba, aunque el padre aceptara que se fuera. El barco iba a ser para el hermano, concluía, y la chica tenía derecho a tener otra vida.

Eulalia se marchó una tarde de septiembre con una exigua maleta, la decisión y el temor a partes iguales en sus ojos y la esperanza instalada en su cabeza.

 Al cabo de unos años sacó una licenciatura en económicas y sus vueltas al pueblo la hacían sentirse cada vez más lejana y extraña con su familia y amigos. Los ojos recriminatorios de la madre se veían compensados por la mirada de orgullo del padre.

—Tienes que aprovechar el conocimiento para mejorar y salir de esta vida tan dura.

Si alguna duda se le cruzaba por la cabeza, volvía al mercado a recordar el olor que le repugnaba y comprender que no había jabón suficiente para quitar su rastro de las manos ni del cuerpo.

© Cristina Vázquez

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los avestruces

 



Son las aves más grandes del mundo. Pueden medir hasta 2,7 metros de altura y pesar más de 150 kilogramos. Posee una cabeza pequeña en relación con el cuerpo, sus grandes ojos, cinco centímetros de diámetro, le proporcionan una vista excelente. Cuello y patas están desprovistos de plumas. Mientras que la mayoría de las aves tienen cuatro dedos en cada pata, el avestruz presenta tan solo dos. Su longevidad está entre los treinta y cuarenta años. Se encuentra en África.

A pesar de su tamaño son sorprendentemente rápidos y pueden correr a velocidades de hasta 70 km/h, lo que los convierte en las aves más veloces en tierra.

No pueden volar. Sus alas son demasiado pequeñas en proporción al cuerpo, lo que les imposibilita el vuelo. Pero les sirven para ayudarse en su equilibrio y para mantenerse frescos abanicándose.

Ponen los huevos más grandes de todas las aves, con una cáscara dura y gruesa. Un solo huevo de avestruz puede ser equivalente en tamaño a dos docenas de huevos de gallina.

El pico del avestruz es muy poderoso y afilado. A menudo lo utilizan para defenderse, por eso pueden ser peligrosos en situaciones de amenaza.

Tienen un sistema digestivo especializado que les permite digerir alimentos duros y fibrosos como piedras monedas y metal. Esto les ayuda a procesar su dieta, que consiste principalmente en plantas y ocasionalmente insectos.




lunes, 23 de febrero de 2026

Julia de Castro: El libro negro de las horas de Eva García Saénz de Urturi

 



 

Vuelve Kraken, el inspector de la Ertzantza, Unai López de Ayala, en otra de sus investigaciones, esta vez en una carrera contrarreloj para encontrar lo que creía perdido desde hace muchos años.

Con esta nueva entrega, la autora prosigue con una saga que le está dando buenos resultados. Un género, el policiaco, que ha demostrado tener seguidores fieles y que suele producir novelas que enganchan y que no puedes dejar de leer.

En esta novela, Kraken ha dejado su puesto de inspector y se limita a trazar perfiles. Pero ante una intrigante llamada telefónica en la que le conminan a buscar un misterioso libro de horas a cambio de la vida de una madre que, creía muerta desde el nacimiento de su hermano Germán, todas las certezas en las que se sustentaba su existencia saltan por los aires.

Unai va a discurrir ahora, entre Vitoria y Madrid, por las librerías del barrio de Las Letras y las casetas de la Cuesta de Moyano, para bucear en el mundo de los libros antiguos, de las joyas por las que los coleccionistas pueden llegar a matar.

Estamos ante una historia entretenida, una aventura más de Kraken, un personaje y unas tramas que han funcionado muy bien en entregas anteriores y eso es, precisamente, lo que tanto gusta a los expertos en márquetin y a las editoriales. Ya sabes, si algo funciona no lo toques.

Tengo que decir que las primeras entregas del inspector Kraken y el resto de los personajes que le suelen acompañar me engancharon, no ha sido así con esta última. He tenido la sensación de que el protagonista caminaba forzado sobre las situaciones que la autora ha ido planteando.

Julia de Castro

Mi verano en libros

 Julio 2022

sábado, 21 de febrero de 2026

Blanca del Cerro: El dipuplast

 



            Todos ellos discutían sobre cómo salir de aquel entuerto. Saldrían, por supuesto, como ocurría siempre, muchas veces de forma ilegal, o antiética, o incluso amoral, pero eso era lo de menos. La ética, la moral, la verdad, la rectitud y la dignidad eran elementos de escasa importancia cuando se trataba de mantenerse arriba, siempre arriba. El poder lo merecía. Y ellos eran verdaderos dioses en tales menesteres. Ahora les acusaban de no acudir nunca a las sesiones parlamentarias, lo que, en el fondo, era una verdadera tortura y procuraban evitarlo siempre que les fuera posible; lo cierto es que su bancada en el Congreso de los Diputados, un día tras otro, estaba siempre vacía y habían empezado a correr rumores y comentarios no demasiado agradables al respecto. Y eso no podían permitirlo. Tendrían que buscar una solución. Y la buscaron y la encontraron porque eran mentes inteligentes y, de una u otra manera, siempre superaban los escollos.

            La idea surgió de uno de ellos, no con demasiadas luces, pero con genialidades de cuando en cuando sorprendentes. Colocamos, dijo, muñecos de plástico en los escaños, iguales o similares a las muñecas sexuales utilizadas por algunas personas para sus asuntos de cama, que llevarán nuestros rostros y tendrán un aspecto similar al nuestro. Los llamaríamos dipuplasts, que es la unión de las palabras diputados y plástico. De tal manera, podríamos simular estar en el Congreso y a la vez permanecer en cualquier lado a nuestro antojo, sin tener que soportar los insultos y barbaridades que profieren contra nosotros. Por supuesto, ordenaríamos a las televisiones que hicieran siempre tomas de lejos y, al igual que sucede con nuestros súbditos, se plegarán a nuestros deseos. Asimismo, convenceríamos al resto de los partidos a que actuaran de igual manera y todos seríamos iguales. Es evidente que siempre tendría que ir en persona alguno de nosotros o de nuestros rivales, pero eso sería un pequeño sacrificio. Las votaciones, claro está, se harían de forma telemática. Es como si estuviéramos, pero sin estar. Y con respecto a la posibilidad de ser descubiertos, no tendría la más mínima importancia porque sería cuestión de negarlo, insistir en que se trataba de un grandioso bulo y asistir en persona unas cuantas veces a las sesiones hasta que los ánimos se serenaran. El sacrificio sería pequeño y las ventajas, enormes. Con respecto a una posible pérdida de votos, no existe ningún problema porque los nuestros seguirán votándonos hagamos lo que hagamos, por muy deleznable que eso pueda ser y por muchas barbaridades que conlleve. Lo sabemos nosotros, lo saben ellos y lo sabe todo el mundo.

            ─ ¿Qué os parece? ─Preguntó.

Y una gran sonrisa de placer se les perdió a todos en sus bocas porque el futuro se presentaba mucho más brillante que hasta el momento.

            Fue a partir de ese día cuando nació la era del dipuplast.

           

 

© Blanca del Cerro