Nunca tuve problemas para aprender idiomas, pero el alemán…, no podía con él. Mi padre se empeñaba en que lo estudiara, «Alemania es la dueña de Europa en la actualidad, olvídate del inglés. Tienes que asimilar su lengua y lograr hablarlo como una nativa». Pero a mí, tantas consonantes seguidas se me atravesaban, me costaba hilvanar una palabra y más aún tejer una frase.
De nada sirvieron los emolumentos que mi familia gastó en las clases de Fräulein Katharina, ni los años en el Goethe-Institut. Seguía sin dar pié con bola. Pero yo sabía que papá no iba a cejar en su empeño.
Es un hombre hecho a sí mismo, para quien el trabajo, la voluntad y, sobre todo la disciplina, son la base para triunfar en la vida. Se le había metido entre ceja y ceja que yo fuera una economista internacional consolidada y para ello tenía que terminar esa carrera y hablar varios idiomas a la perfección.
¿He dicho que mi pasión era la historia del arte? Pues sí. Lo era, pero de nada me sirvió porque quien iba a pagar mis estudios había decidido un camino en otra dirección.
Así fue como terminé en Múnich en un curso intensivo. La belleza de la ciudad y lo agradable de su gente, tiró abajo mis prejuicios. En mi mente, influida por Hollywood, los alemanes en general iban vestidos con uniformes de Hugo Boss, marchando con el paso de la oca y la mano levantada. Nada más lejos de la realidad, eran tanto o más guapos que los de las películas y llevaban prendas tan desenfadadas como las mías.
El curso comenzó en septiembre. Me hice amiga de Francesca, una italiana del norte con tantas ganas de aprender el idioma como yo. Cuando terminábamos las clases íbamos a callejear por la ciudad. Así fue como nos enteramos de la proximidad de la Oktoberfest y, aunque la cerveza no es nuestra bebida preferida, decidimos hacer una excepción y aproximarnos al evento.
El primero en acercarse fue Otto. En España lo llamaríamos un macizo: alto, rubio y con un físico de gimnasio que quitaba el hipo. Le ofreció una jarra de cerveza a Francesca. Debió suponerla alemana ya que, como es de Trieste, tiene el pelo color del oro, imagino debido a algún ancestro austríaco. Cuando mi amiga le respondió en italiano, pude ver al teutón casi desmayarse de placer. Entonces, levantó la mano para llamar a sus amigos, a quienes nos presentó como Franz, Fritz, y Gerd. Uno más guapo que el otro.
Quizás fueran las clases de la Fräulein Katharina o los eternos años en el Goethe, pero de pronto, ante esos representantes de la raza germana, yo estaba hablando alemán. No sabía a cuál elegir, creo que me decanté por Franz por ser quien besaba mejor.
Amanecía cuando regresamos a casa. El trayecto me pareció interminable. Quizás no había tantas curvas, pero el efecto de las cervezas me hizo caminar en zigzag hasta la puerta.
A la mañana siguiente, creo que era domingo, el teléfono sonó sobre las diez. Miré entre sueños la pantalla del móvil. Era mi padre.
—No sé nada de ti desde hace días, hija. ¿Qué haces?
Aparté la cabeza de Franz (¿o era Fritz?) que descansaba entre mis pechos, antes de contestar:
—Lo que tú me aconsejaste, papi, aprender alemán.









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