CUENTOS de MARIETA
viernes, 20 de marzo de 2026
jueves, 19 de marzo de 2026
Liliana Delucchi: Sin lágrimas
Las mañanas de septiembre aún conservan la luz del verano, la calidez de esos días a veces interminables de julio y agosto. Alma y yo caminamos hacia su colegio bajo la sombra de los árboles. Ella, aunque ansiosa por llegar, intenta mantener el ritmo de mis pasos de anciano. Hoy es su primer día de clase, está ilusionada y deseosa de volver a ver a sus amigos. La acompaño por primera vez; mi hija me lo pidió, dado que tiene una reunión de trabajo a estas horas. Soy feliz, también mi nieta está muy contenta y lo demuestra con algunas cabriolas que la sueltan de mi mano.
Cuando llegamos a la puerta del edificio, veo una nube de niños con sus uniformes, maletas y balones. ¿Les dejarán llevar pelotas de fútbol? En mis tiempos no estaban autorizadas. De pronto, una imagen se superpone a la de esos escolares. Es una foto en blanco y negro en el fondo de mi memoria: un grupo de chavales de espalda, con sus mochilas y gorras, camino del campo de concentración que suponía para mí la escuela.
—Hagas lo que hagas, ni se te ocurra llorar —dijo mi madre, de cuya mano me cogía como si fuera una tabla de salvación—, es de débiles y de personas sin modales.
Estábamos los dos de pie a la puerta de nuestra casa esperando el bus escolar. El muy cretino llegó a su hora y en cuanto abrió la puerta, mamá, con un suave empujón, me dirigió a las fauces de ese monstruo que me trasladaría a un mundo desconocido.
Apenas pude responder con un susurro cuando el conductor me preguntó mi nombre. Una palabra más hubiera descubierto mi congoja. Las primeras lágrimas que contuve en mi vida.
El resto fue silencio. Un silencio cortado por llantos de otros niños, las palabras de consuelo de la celadora a nuestro cuidado y el ruido del motor. A través de la ventanilla podía ver hileras de niños que se dirigían a ese lugar al que nunca hubiese deseado ir. Yo estaba muy bien en casa, con mis padres, mi abuela y la niñera, ¿qué necesidad de sacarme de ese lugar tan cálido y confortable? Fue entonces cuando vi al grupo de niños de espaldas, esa foto en blanco y negro que hoy regresa desde el fondo de mi memoria.
Cuando descendimos del bus me quedé quieto, incapaz de dar un paso hacia el edificio blanco y enorme en el cual estaba destinado a pasar muchos años de mi vida. Seguía conteniendo las lágrimas, inmóvil debajo de un castaño. Alcé los ojos al cielo nublado. Llora tú que puedes, le dije al firmamento encapotado sin abrir la boca. Pero a él también le habrían dado las mismas instrucciones, porque no llovió. Fue entonces cuando sentí una mano en la mía. Pertenecía a un chico de mi edad, con el mismo uniforme y la misma gorra calada hasta las cejas.
—¿Vamos? Soy Alejandro.
No recuerdo si respondí con mi nombre, sólo que le di la mano y juntos entramos en el colegio. Desde ese día fuimos inseparables. Toda una vida compartiendo alegrías y sinsabores hasta que hace un par de años una horrible enfermedad se lo llevó para siempre.
Alma me deja, corre hacia el patio donde están sus compañeros. Cuando logro alcanzarla abraza a un niño de su misma edad. Le pregunto su nombre.
—Alejandro.
Esta vez no hay lágrimas que contener y el sol brilla en el cielo.
martes, 17 de marzo de 2026
Maldad: ausencia de bondad
Grupo escultórico de Caín y Abel en Bagnères-de-Luchon
Sócrates
identificaba el mal con la ignorancia. Para Platón el mal era aquello en lo que
no participaba la idea del Bien. El «problema del mal», según Epicuro: «Si Dios
puede, sabe y quiere acabar con el mal, ¿por qué existe el mal?».
A
lo que el teólogo del siglo V, Agustín de Hipona, dio varias respuestas: Dios
creó todo bueno. El mal no es una entidad positiva, luego no puede «ser», como
afirman los maniqueos, pues el mal es la ausencia o deficiencia de bien y no
una realidad en sí misma. Dijo que cuando se siente que no hay sentido en la
vida hay un vacío, y que el mal se da por decisiones propias. Argumenta que los
seres humanos son entidades racionales. La racionalidad consiste en la
capacidad de evaluar opciones por medio del razonamiento, por consiguiente,
Dios les tuvo que dar libertad por naturaleza, lo que incluye poder elegir
entre el bien y el mal. A esto se le conoce como la defensa del libre albedrío.
El teólogo del
siglo XIII, Tomás de Aquino sistematizó la concepción agustiniana
del mal, completándola con sus propias reflexiones en la Summa Theologica.
Maquiavelo
creía que el ser humano no era ni bueno ni malo, pero que podía llegar a ser lo
uno y lo otro. De manera que no resultaba aconsejable confiar en la buena
voluntad de los hombres.
Para
Thomas Hobbes el hombre es malo por naturaleza y a causa de un
egoísmo fundamental y por un primario instinto de supervivencia en la
guerra de todos contra todos, «es un lobo para el hombre».
Spinoza afirma
que lo bueno es todo lo que es útil para nosotros, mientras que el mal es «lo
que sin duda sabemos que nos impide poseer todo lo que es bueno».
Leibniz afirma
en su Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del
hombre y el origen del mal (1710), que el bien es más abundante en el
mundo que el mal, porque vivimos «en el mejor de los mundos posibles».
David
Hume, en su obra Diálogos sobre la religión natural (1755), vuelve a
formular el problema en los términos en los que ya lo había formulado el
griego Epicuro: «¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz?
Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería
malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces la maldad? ¿Es
que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?».
Rousseau afirmaba
que «el hombre es bueno por naturaleza» y es la sociedad la que lo corrompe;
asimismo, «no hacer el bien ya es un mal muy grande».
Voltaire,
en cambio, no distingue entre el mal de la naturaleza o físico y el mal moral o
perversidad y rechaza la doctrina del pecado original, pero sin embargo
proclama la existencia del dolor y su conciencia en el hombre y el beneficio de
la esperanza.
Edmund
Burke afirma que: «para que triunfe el mal, basta con que los hombres de
bien no hagan nada».
En Kant,
el ser humano tendría una propensión hacia el mal, a pesar de su disposición
original para el bien. La tarea del bondadoso sería, pues, según su imperativo
categórico, la de dar ejemplo como héroe o mártir.
Ya en
el siglo XIX, Arthur Schopenhauer sostuvo que el mal es algo real,
siendo este la norma más que la excepción y que el bien es la ausencia del
mal. Y concluyó que vivimos en el peor de los mundos posibles.
Nietzsche intentó
redefinir la ética en su Más allá del bien y el mal (1886), y afirma que
hay que superar la moral judeocristiana.
La RAE define «entender» como: tener idea clara de las cosas, saber a la perfección algo, conocer el ánimo o la intención de alguien, captar el sentido de algo, considerar, opinar.
A veces,
es difícil entender al ser humano, ¿verdad?
domingo, 15 de marzo de 2026
Nuevo Akelarre Literario nº 126: El medallón
Medallón bajorrelieve en terracota de Battista Sforza
Esta obra se realizó para conmemorar la muerte, el siete de julio de 1472, de la condesa de Urbino, Battista Sforza. Fue la segunda esposa de Federico de Montefeltro la cual no llegó a alcanzar el título de duquesa ya que él no lo obtuvo hasta 1474. Igual que en el famoso díptico de Piero della Francesca, ella también está de perfil, inspirados ambos en las monedas antiguas.
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Que os gusten nuestros cuentos
viernes, 13 de marzo de 2026
Malena Teigeiro: El estudiante
Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.
Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.
Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.
Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.
Y así fueron pasando los años.
Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.
Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.
Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.
Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.
Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.
Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.
Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.
miércoles, 11 de marzo de 2026
El David de Miguel Ángel
Es una de las obras maestras
del Renacimiento, de las esculturas más reconocidas y admiradas de Miguel Ángel
y símbolo de la ciudad de Florencia.
Está hecho en mármol blanco y
es la representación del adolescente David bíblico cuando todavía era pastor,
en el momento previo a enfrentarse con Goliat. Fue esculpido mediante cincel.
Miguel Ángel lo diseñó para que fuese admirado desde cualquier punto en
contraposición a la manera medieval que diseñaba las esculturas para ser vistas
exclusivamente de frente. Su cuerpo se encuentra girado con un ligero
contrapposto: la pierna izquierda se adelanta a la derecha, el brazo izquierdo
se eleva y se curva hasta que la mano casi toca el hombro, mientras que el
brazo derecho se deja caer hasta que la mano toca el muslo, el torso se curva
sutilmente, la cabeza mira hacia su izquierda, manteniendo los ojos fijos en su
objetivo, con las pupilas en forma de corazón y con el ceño fruncido.
Contrapposto es el término
italiano utilizado para describir una figura con la mayor parte de su peso
sobre un pie para que sus hombros y los brazos giren fuera del eje de las
caderas y las piernas. Esto da a la figura un aspecto más dinámico o relajada.
En escultura, se usa para dar sensación de movimiento.
Además, de su belleza y
perfección técnica el David de Miguel Ángel alberga algunas curiosidades
interesantes:
· Para representar a un adolescente tiene la
cabeza y las manos demasiado grandes y los brazos bastante largos. Es estrecho
de caderas y las piernas están muy separadas. Existe una aparente incoherencia,
ya que, a pesar de ser un personaje judío no está circuncidado.
· Miguel Ángel seleccionó personalmente el
bloque de mármol. Este había sido abandonado, debido a sus imperfecciones, en
los talleres del Duomo de Florencia por más de 40 años. El artista mandó
levantar un muro alrededor del bloque para protegerlo de los curiosos. Tardó
cuatro años en terminarlo.
· La escultura se presentó el 8 de agosto de
1504. Se necesitaron 40 hombres para trasladarla desde el taller a la Piazza de
la Signoria. Actualmente se encuentra en la Galería de la Academia de
Florencia.
lunes, 9 de marzo de 2026
La cocina a mi alcance: Tarta de manzana sin horno
La especie progenitora del
manzano fue domesticada unos cinco mil años antes de nuestra era. Originaria de
Asia Central, de los bosques de la cordillera Tian Shan, en la frontera entre
las actuales China, Kazajistán y Kirguistán, a través de la Ruta de la Seda,
llegó a Europa y a Asia Oriental. Luego a América.
En la
antigua Grecia lanzar una manzana a alguien era declarar el amor de uno; y de
manera similar, atraparlo era mostrar simbólicamente la aceptación de ese amor.
Un
epigrama que reivindica la autoría de Platón afirma:
«Te
tiro la manzana, y si estás dispuesta a amarme, tómala y comparte conmigo tu
niñez; pero si tus pensamientos son lo que ruego que no sean, tómala y
considera cuán efímera es la belleza».
Platón, Epigrama VII
Hay un proverbio inglés:
«An apple a day keeps the doctor away» que significa: Una manzana al día
mantiene alejado al médico. En español dicen así: Una manzana cada día, de
médico te ahorraría. A pesar del proverbio, no hay evidencia de que comer una
manzana diariamente tenga efectos significativos en la salud.
Pero, esta tarta de manzana,
sin horno, dice mi amiga Pilar, puede alejarte del médico para toda la vida.
Ingredientes
3 manzanas
75 gr de mantequilla
2/3 tazas de azúcar
Nueces cortadas
Zumo de ½ limón
1 cucharadita de canela
1 taza de harina de repostería
2 huevos
½ taza de leche desnatada
Almendras fileteadas
La
vamos a preparar en una sartén antiadherente.
Pelamos
y cortamos las manzanas en trocitos del mismo tamaño. Las ponemos en un
bol con el zumo de limón y reservamos.
Mientras tenemos
las manzanas macerándose, preparamos la masa. Tamizamos la harina, la mezclamos
con el azúcar y la mantequilla. Amasamos bien hasta tener la masa. Los huevos los iremos incorporando poco a poco. A
continuación, la leche.
En la
sartén, ponemos la manzana con el zumo. Dejemos que se caramelice con sus
propios jugos durante unos minutos. Podemos añadirle un poco de mantequilla
para que nos quede más suave la manzana. Pasados unos 10 minutos estará tierna.
En
ese punto vertemos la masa y tapamos. A fuego lento dejamos que se vaya
cocinando.
Esta
técnica nos permitirá crear un dulce sin horno. Tardará unos 35 minutos en estar lista la masa. Le
daremos la vuelta y decoramos con unas almendras fileteadas o nueces.
Espero
que sea todo un éxito. Ya me diréis.


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