lunes, 9 de marzo de 2026

La cocina a mi alcance: Tarta de manzana sin horno

 



La especie progenitora del manzano fue domesticada unos cinco mil años antes de nuestra era. Originaria de Asia Central, de los bosques de la cordillera Tian Shan, en la frontera entre las actuales China, Kazajistán y Kirguistán, a través de la Ruta de la Seda, llegó a Europa y a Asia Oriental. Luego a América.

En la antigua Grecia lanzar una manzana a alguien era declarar el amor de uno; y de manera similar, atraparlo era mostrar simbólicamente la aceptación de ese amor.

Un epigrama que reivindica la autoría de Platón afirma: ​

«Te tiro la manzana, y si estás dispuesta a amarme, tómala y comparte conmigo tu niñez; pero si tus pensamientos son lo que ruego que no sean, tómala y considera cuán efímera es la belleza».

Platón, Epigrama VII

 

Hay un proverbio inglés: «An apple a day keeps the doctor away» que significa: Una manzana al día mantiene alejado al médico. En español dicen así: Una manzana cada día, de médico te ahorraría. A pesar del proverbio, no hay evidencia de que comer una manzana diariamente tenga efectos significativos en la salud.

Pero, esta tarta de manzana, sin horno, dice mi amiga Pilar, puede alejarte del médico para toda la vida.  

 

Ingredientes

3 manzanas

75 gr de mantequilla

2/3 tazas de azúcar

Nueces cortadas

Zumo de ½ limón

1 cucharadita de canela

1 taza de harina de repostería

2 huevos

½ taza de leche desnatada

Almendras fileteadas

 

La vamos a preparar en una sartén antiadherente.

Pelamos y cortamos las manzanas en trocitos del mismo tamaño. Las ponemos en un bol con el zumo de limón y reservamos.

Mientras tenemos las manzanas macerándose, preparamos la masa. Tamizamos la harina, la mezclamos con el azúcar y la mantequilla. Amasamos bien hasta tener la masa. Los huevos los iremos incorporando poco a poco. A continuación, la leche. 

En la sartén, ponemos la manzana con el zumo. Dejemos que se caramelice con sus propios jugos durante unos minutos. Podemos añadirle un poco de mantequilla para que nos quede más suave la manzana. Pasados unos 10 minutos estará tierna.

En ese punto vertemos la masa y tapamos. A fuego lento dejamos que se vaya cocinando.

Esta técnica nos permitirá crear un dulce sin horno. Tardará unos 35 minutos en estar lista la masa. Le daremos la vuelta y decoramos con unas almendras fileteadas o nueces.

 

Espero que sea todo un éxito. Ya me diréis.

sábado, 7 de marzo de 2026

Marzo engañador, un día malo y otro...

 



Es el tercer mes del año y tiene 31 días. Su llegada da comienzo a la primavera en el hemisferio norte: América del Norte, Europa, Asia y parte de África. Y el otoño en el hemisferio sur: América del Sur, parte de África y Oceanía.

El nombre de marzo procede de Martius, el primer mes del antiguo calendario romano. Debe su nombre a Marte, dios romano de la guerra.

Una de sus piedras es la aguamarina, simboliza el coraje. Su flor es el narciso. ​ Los signos zodiacales son Piscis hasta el 20 de marzo y Aries desde el 21 de marzo en adelante.

Países con otros nombres para marzo:

En finés, se le llama maaliskuu, que se cree que tiene su origen en maallinen kuu. Significa mes terroso y puede referirse a la primera aparición de tierra bajo la nieve del invierno.​En ucraniano, checo, esloveno, el mes se llama berezen, březen, breznik que significa «el mes de los abedules». Aunque en esloveno, el nombre tradicional es sušec, que significa el mes en que la tierra se seca lo suficiente como para que sea posible cultivarla. La palabra Mart en turco viene del nombre del dios Marte.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado a San José de Nazaret.




jueves, 5 de marzo de 2026

Sol Cerrato Rubio: Avatar

 



 

Vivir día a día, momento a momento

con este avatar reseteándose

y cambiando de pixeles.

 

A veces camina confiado.

Otras, se cristaliza en un gran sueño.

 

Se rompe, se desploma y no comprende

la realidad de los fenómenos

que ha coprotagonizado.

 

Un marco con plantas liofilizadas.

Minerales precipitándose

en diamantes y esmeraldas.

 

Todo nace, brota, fluye y se diluye,

en un instante creativo

de esta bóveda que huye.

 

 

Sol Cerrato Rubio

 

martes, 3 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Éramos pocos y...

 


 

Desde que se ha levantado no ha parado ni un momento. Limpieza general en aquel piso de pequeñas dimensiones, abarrotado con muebles muy modernos, paredes con tonos que contrastan, libros por doquier, una leonera por habitación y dos maletas en la puerta. A todo correr está haciendo la comida para irse a trabajar. El malhumor la inunda. Y, encima, su marido le pidió anoche el divorcio.

—Din … don …

Se abre la puerta quedando una rendija sujeta con una cadena

—¿Quién es?

—Disculpe, ¿podría ayudarme? Busco a un profesor de literatura y no sé en cuál piso vive.

—No conozco a ningún profesor de literatura.

—Es ruso

—Como si fuera chino. Le digo que no le conozco.

—Es alto y delgado.

—Como si fuese enano y gordo. Lo siento. Se me quema el condumio y su búsqueda no es mi problema. Pregunte al conserje.

—¿Dónde vive el conserje?

Se oyó el golpe seco de la puerta al cerrarse y un grito. Cuatro dedos quedaron empotrados.

 

© Marieta Alonso Más

lunes, 2 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Don Eutiquio

 



 

El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en broma o en serio.

Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí. 

Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor, y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús y ocupé el puesto.

Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin tener que pisar a nadie.  Y, miren por donde..., hoy, me alegro.

Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen cuando se presentó ante el Señor.

 

© Marieta Alonso Más

domingo, 1 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Pionero

 



 

El 12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una órbita de la Tierra.

Lo mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.

Un mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo así como «pato salvaje», que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108 minutos.  A Gagarin, las autoridades soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo. Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de lo que era mío.

Pasaron siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.



© Marieta Alonso Más

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

Cristina Vázquez: El olor

 


El olor había sido lo que la decidió. Aunque cuando Eulalia miraba el despliegue de pescado y marisco en el mercado, muy pocas veces y siempre con mascarilla, sonreía satisfecha.

Su padre fue un pescador curtido en mares lejanos. Cuando ella era pequeña su vuelta era festejada con emoción y sincera alegría. Recordaba el momento de su entrada en la casa. Avisaban de la central del puerto que el Lalina estaba fondeando. Entonces, la madre los arreglaba a ella y a su hermano y se ponía un traje estampado, aunque fuera invierno. Después de tanto tiempo en el mar, al menos que cuando entrara en su casa viera alegría y color, afirmaba animosa.

Se sentaban alrededor de la mesa a esperar. Oían su silbido a lo lejos y se ponían nerviosos.

—¿Ya, mamá? —preguntaban los hermanos.

—Aún no, que él también recele un poco y crea que no estamos —sonreía—, así disfrutará más al veros.

Ahora, les decía cuando ya se oían los pasos por el pequeño jardín y su voz llamándoles: Mujer, Lalina, Juanito, nombres que volvía a repetir hasta llegar a la puerta. En ese momento daba tres golpes seguidos. Los chicos se escondían y al abrir, la madre decía con aire compungido que los niños no estaban en casa. Entonces empezaba la ruidosa búsqueda del padre hasta que los encontraba. Su abrazo era fuerte, querido, pero Eulalia no podía evitar que el olor a pescado que desprendía, le repugnara. Se juró que ella nunca olería así.

Y cumplió su juramento. Se fue a estudiar a la ciudad, pese al enfrentamiento que le supuso con la madre. Eran tiempos en los que la obligación de la mujer era estar en casa, encontrar un marido conveniente y, si acaso, echar una mano en la pescadería donde se vendía el pescado que traían en el Lalina. Por cierto, Manolo, el apuesto y amable hijo de los dueños, le miraba con ojos embelesados de futura novia.

—Pareces boba —le recriminaba la madre—, si fueras algún día a ayudar… El chico te mira con arrobo.

—Pero huele a pescado —era su inevitable contestación.

Menudos remangos de señoritinga le salen a la muchacha, se quejaba con el padre. Y a estudiar, se quería ir a estudiar a la ciudad y sola. El desconsuelo de la madre no se calmaba, aunque el padre aceptara que se fuera. El barco iba a ser para el hermano, concluía, y la chica tenía derecho a tener otra vida.

Eulalia se marchó una tarde de septiembre con una exigua maleta, la decisión y el temor a partes iguales en sus ojos y la esperanza instalada en su cabeza.

 Al cabo de unos años sacó una licenciatura en económicas y sus vueltas al pueblo la hacían sentirse cada vez más lejana y extraña con su familia y amigos. Los ojos recriminatorios de la madre se veían compensados por la mirada de orgullo del padre.

—Tienes que aprovechar el conocimiento para mejorar y salir de esta vida tan dura.

Si alguna duda se le cruzaba por la cabeza, volvía al mercado a recordar el olor que le repugnaba y comprender que no había jabón suficiente para quitar su rastro de las manos ni del cuerpo.

© Cristina Vázquez