martes, 21 de julio de 2026

Blanca del Cerro: El rey del mundo

 



        Voy a ser el rey del mundo, pensaba mientras descansaba en su cama tras la siesta, y voy a dominar a todos, tendré a todos ellos ─y ellas, claro─ a mis pies, bajo mi batuta, como hasta ahora, pero mucho mejor, con un dominio más a fondo, más entregados, más sumisos, más miserables. Empecé bien, no lo dudo ni lo he dudado nunca, porque en los comienzos me rodeé de aquellos ─y aquellas, claro─ que no servirían en absoluto en cualquier otro escenario pues, en el fondo no saben ni sabrán jamás nada de nada. Yo lo sé, aunque ellos lo ignoren, o si no lo ignoran lo disimulan bien porque poderoso caballero... Son idiotas que a los que hay que usar y, en su momento, tirar, que es lo que haré en el futuro, cuando salga de aquí, cuando finalice mi reposo. Por eso los nombré ministros ─y ministras, claro─; por eso quise revertir el lenguaje y usar uno más acorde a mi pensamiento (el único válido); por eso me rodeé de afirmaciones ─que posteriormente fueron mentiras, pero tal hecho carecía de importancia─; por eso escalé paso a paso, pisando y machacando a cualquiera; por eso creé el mundo maravilloso en el que yo estoy arriba y el resto abajo. Si supieran lo poco que me importan… Pero había que decir lo contrario, que ellos, mi pueblo, eran lo único, lo mejor, que siempre lucharía por mis vasallos, que buscaría su bienestar, y que todo lo que hiciera sería por su bien, (como si a mí me importaran) pero siempre, siempre, cubriéndome las espaldas, nombrando jueces a mi favor, políticos a mi favor, magistrados a mi favor, iguales a mi favor, súbditos a mi favor y lacayos a mi favor. La humanidad al completo a mi favor. Y sibilinamente, sin que se percataran, me fui deshaciendo de aquellos ─y aquellas, claro─ que no pensaban como yo, que no comulgaban con mis ideas, que no seguían la línea de mi pensamiento. Y cuando salga de aquí, ya dentro de poco, seré el emperador del universo y todos ─y todas, claro─ me adorarán.

        Yo seré el rey del mundo.

        El sonido de la puerta cercenó de cuajo sus pensamientos.

        ─Es la hora del paseo ─dijo el primero de los enfermeros mientras otros dos se acercaban a la cama, le sujetaban los brazos, le levantaban y le ponían una camisa de fuerza. Así era mucho más seguro.

Salieron tranquilamente de la celda mientras el sol se colaba por la ventana un poco antes de decir adiós al mundo.

 

© Blanca del Cerro

domingo, 19 de julio de 2026

Liliana Delucchi: Un epílogo italiano

 


Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

viernes, 17 de julio de 2026

La cabina telefónica

 



 

Fue inventada por William Gray en 1889, quien patentó su diseño en Hartford, Connecticut. La primera máquina que permitía realizar llamadas sin la intervención de un operador, cobrando el costo de la llamada directamente.

Estas cabinas telefónicas han dejado una huella imborrable en el paisaje urbano y en la cultura popular. Han sido representadas en películas y obras de arte, simbolizando una era de comunicación. El diseño más conocido son las rojas usadas en varias ciudades del mundo.

En España, la primera se instaló en 1928, en Madrid, en el Parque del Retiro, donde hoy está Florida Park. En aquel entonces se necesitaba una operadora para atender las llamadas.

Sin embargo, si nos referimos a las cabinas tal como las conocimos, con un cubículo destinado a albergar el teléfono público, hay que retroceder a 1963 cuando se instalaron las primeras cabinas telefónicas de este tipo en España.

Comenzaron a desplegarse en las vías públicas de nuestras ciudades, primero en Madrid y Barcelona, y posteriormente en otras ciudades. Estas primeras cabinas solo eran válidas para realizar llamadas urbanas. Los modelos estaban hechos de aluminio y vidrio, con un aparato de fichas y soportes especiales que contenían la «Guía telefónica urbana» de la propia población. 

En los años de 1970, llegaron las cabinas que aceptaban monedas, cuando Telefónica comenzó a sustituir los teléfonos antiguos por nuevos aparatos adaptados para las pesetas.

En su apogeo, 1990, España llegó a tener más de cuarenta y dos mil cabinas en funcionamiento.

Hoy, se encuentran en vías de desaparición por falta de rentabilidad a pesar de estar consideradas servicio universal en Derecho europeo, a pesar de haber representado un punto de conexión vital en la vida cotidiana de muchas personas antes de la llegada de los teléfonos móviles.

 

Adiós

Querida cabina

¡Cuántos recuerdos!

Adiós

 

miércoles, 15 de julio de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 130: Terrazas de verano



Las terrazas son para el verano. En pleno verano nos apetece acercarnos a una terraza para disfrutar del buen tiempo. El duro invierno nos mantuvo más encerrados de lo que hubiésemos querido, por eso ahora nos falta tiempo para coger el teléfono y quedar con amigos.

Pinchad en el link y disfrutad de nuestros cuentos.

lunes, 13 de julio de 2026

Malena Teigeiro: El juramento

 



Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.

Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.

Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.

Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.

Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.

 En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.

En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.

La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»

© Malena Teigeiro

sábado, 11 de julio de 2026

El mar Cantábrico

 

Foto: Por Emilio Gómez Fernández - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=148110596


Fue bautizado por los romanos en el siglo I a.C. como Cantabricus Oceanus en referencia a los pueblos cántabros.

Se trata de un mar de unos 800 kilómetros de longitud, que va desde el cabo Ortegal, situado en A Coruña, también llamada «Balcón del Atlántico» hasta la desembocadura del río Adur, cerca de Bayona, ciudad de gran importancia histórica, ya que cuando Martín Alonso Pinzón arribó a las costas de Bayona tras su viaje a América convirtió a esta villa en la primera que supo la noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo.

El fondo marino alterna entre roca, grava y fango. A pesar de no ser un mar demasiado extenso, sí que es profundo siendo la fosa de Carrandi, frente a la costa asturiana, donde alcanza su punto máximo, con 4750 metros.

El Cantábrico alberga alrededor de 500 especies de algas, clasificadas en verdes, pardas y rojas.

Cambio de mareas extremas:

Las diferencias entre marea alta y baja pueden superar los 4,5 metros, creando paisajes en constante cambio y oportunidades únicas para la observación de aves y vida marina. Se experimentan dos tipos de mareas: las vivas y las muertas. Durante la semana de mareas vivas, la bajamar ocurre por la mañana, mientras que la pleamar tiene lugar por la tarde. A la semana siguiente, en las mareas muertas es, al contrario, la bajamar se da por la tarde y la pleamar por la mañana.

Hogar de ballenas y delfines:

A pesar de su relativa proximidad a zonas urbanas, el Cantábrico alberga una gran diversidad de vida marina, incluyendo ballenas y delfines. Los amantes de la observación de cetáceos pueden disfrutar de avistamientos emocionantes.

Rica tradición pesquera:

La pesca ha sido una parte fundamental de la cultura en las comunidades costeras del Cantábrico durante siglos. Esta región es famosa por su deliciosa oferta de pescado y marisco fresco.

Paisajes escarpados y hermosos:

La costa del Cantábrico está adornada con acantilado impresionantes, playas de arena dorada y pintorescos pueblos pesqueros.