lunes, 5 de enero de 2026

Sol Cerrato Rubio: Las mejores Navidades

 



Las mejores Navidades

son celebración, tradiciones

y recordar a los que ya no están

presentes.


Las mejores Navidades

son cuando planeas un viaje

imposible.


Las mejores Navidades

son saber, que a pesar

de los días niebla

y los días luz, sigues a mi lado.


Las mejores Navidades

son estar con la familia

juntos, un día más.


Las mejores Navidades

son amigas y compañeros

brindando por todo lo bueno

que cabalgará por nuestras vidas.


No todos los hogares

tienen Las mejores Navidades.


Hablar de paz, de solidaridad

caminar junto a ellos

también forma parte de

Las mejores Navidades.

 

Sol Cerrato Rubio

 

sábado, 3 de enero de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Mi tía preferida

 



La tía Aleida sentía pasión por los perros, los gatos, los peces…, por todos los animales, sin excepción. Hasta los de dos patas como vosotros, nos decía.

Tenía una casa de edad indeterminada, dos siglos más o menos, porque con sus manos la había levantado el tatarabuelo, cuando decidió casarse con la chica más bonita de toda la comarca. Había cubos colocados de forma estratégica por todas las habitaciones, por si llovía. Quien la mirase con ojos críticos podría pensar que era vieja, destartalada, a punto de caer. Para nosotros: un palacio.

Con cuatro dormitorios, donde en vez de camas había dos literas en cada pared, en el dormitorio principal una sola cama enorme, la de nuestra tía; un aseo, una cocina, un patio con una ducha y a orillas del mar Mediterráneo a su paso por La Mata. ¡Qué más se podía pedir! ¡Ah!, y en la puerta restos de la barca del abuelo, donde navegábamos de forma imaginaria por los cinco continentes. Aquella casa tenía sabor a sal, a bocadillos de calamares, a limonada.

Allí nos reuníamos en julio y agosto los dieciséis sobrinos. A la vez, nada de uno en uno. Nunca fui tan feliz como en aquella época. Todo el día en la mar, en la arena, bailando las cometas, dando patadas a un balón, pescando…

Si ahora cierro los ojos veo y escucho a la tía Lello, como la llamaba la cuadrilla, con una bandera blanca para nosotros, un paño de cocina para ella, gritarnos desde la puerta:

¡Cabras! ¡Regresad al redil!

Y sabíamos que era la hora de desayunar, comer, merendar o de cenar.

 

© Marieta Alonso Más

viernes, 2 de enero de 2026

Amantes de mis cuentos: Pueblo mío

 


 

Con mis bártulos a cuestas dejé atrás el hogar de mi niñez. La noche había cerrado y no se veía un alma. Todo el mundo se había retirado a sus casas después del duro trabajo diario. Las tiendas y kioscos cerrados, no quedaban fruteros, ni confiteros, ni taberneros en sus locales. Solo se veían las luces iluminando las calles desiertas cada vez más lejos y alguna que otra persiana que se cerraba.

Nunca más regresé a ese pueblo que con el tiempo se hacía más bonito en mi memoria y ahora a punto de cumplir cien años no es momento de regresar. Tampoco tengo quien me lleve. Y me viene a la memoria el Bar de Víctor, donde había una vitrola a la que se le echaba monedas y no cesaba de sonar.

Hay momentos en la vida en que existe la magia y un vecino, el del quinto, tan viejo como yo, ha puesto música, no sé de dónde sacó a la orquesta Aragón tocando y cantando «El bodeguero» y debo haberme emocionado, porque de pronto, me encontré de pie, marcando el paso.

Menos mal que mi nieta vino corriendo y en vez de refunfuñar, o mandarme a sentar se puso a bailar conmigo.  ¡Qué rato más bueno he pasado! ¡Ay!, ¡qué tiempos aquellos!, en que la vejez estaba tan lejana.

 

© Marieta Alonso Más


jueves, 1 de enero de 2026

Amantes de mis cuentos: Andar el camino

 


Era una mañana nubosa, de esas que amenazan tormenta. Me sentía triste, con ganas de llorar. El camino solitario daba esa sensación de libertad que a veces se necesita para que las ataduras no aprieten tanto.

A lo lejos, una mujer venía andando despacio, apoyada en su bastón, atenta a todo lo que la rodeaba: los colores del cielo, la hierba rala, verde, los árboles frondosos, las estacas, algunas inclinadas como si se fueran a caer. Oyó mis pasos, miró de frente con extrañeza. No me conocía. Fue a saludarme y, justo en ese preciso instante, tropezó con una piedra.

Menos mal que mis reflejos actuaron a tiempo y no cayó. Me pagó con una sonrisa. Y continuamos juntas.

Noventa y cinco años cumplidos. Una prótesis en la rodilla y otra en la cadera. Venía de estar con su amiga, veintidós días más joven que ella, pero más achacosa. Cada mañana, desde que se quedaron viudas, se encontraban en el bar de Juan, el de la Eusebia, después de El Angelus. Se tomaban una cerveza, a veces dos, tiradas, no de botellín, junto con un bocadillo de calamares o de jamón o de chorizo. Lo que les apeteciera. Juan les obsequiaba con una ración de queso de cabra o de torreznos. Ellas se lo agradecían dejándole una pequeña propina, no mucha, para que no se acostumbrara mal. Este buen hombre había sido el mejor amigo de sus hijos antes del accidente.

Por las tardes no salía, en invierno la noche caía muy pronto y en verano el calor quitaba las ganas de pasear. Le gustaba tejer, a ganchillo y a dos agujas. Coser menos, pero si había que hacerlo, lo hacía.

Venía pensando que al llegar a casa haría unas torrijas, al estilo de su madre, con el pan duro que guardaba en la bolsa blanca bordada en rojo y con la palabra Bread. Su bisnieta, que estudiaba en Londres, se la había traído de regalo. Solo con pensar en las torrijas se le hacía la boca agua.

Por un resquicio de su charla me colé y pregunté si se las iba a comer en Semana Santa, faltaban dos días para el Viernes de Dolores.

—No, hija, esta misma noche para la cena me como una. Nada se debe dejar para mañana.

Una sonrisa pícara inundó su cara. Y tomando mi mano sugirió con ternura: Alegra esa mirada.

 

© Marieta Alonso Más

Feliz Año 2026

 


lunes, 29 de diciembre de 2025

Cristina Vázquez: Regalo inesperado

 


Las ausencias de su padre a veces eran largas. Cuando era pequeña Elisa no podía calcular el tiempo que duraban. La medida se la daba sobre todo la expresión de inquietud o alegría de Catalina, su madre.

—Ya vuelve, ya vuelve —comunicaba la mujer llena de ilusión.

Los tres hermanos se sentían inmersos en la bonanza y fiesta que precedía su llegada. Además, siempre regresaba con regalos para ellos, novedades y aventuras que había vivido. Todos sentados a su alrededor, como en una estampa clásica, el hombre contaba y contaba mientras los pequeños le urgían a preguntas. Despertaba en ellos unos sueños que les hacía más fácil el menguado vivir que tenían en ese piso del ensanche de una ciudad industrial. Y olvidaban la expresión de dureza o desaliento de la madre, que salía a trabajar desde muy temprano al puesto de envasadora que tenía en la fábrica de conservas.

Elisa era la mayor y se tenía que ocupar de los dos niños pequeños. Pasados muchos años recordaba con emoción el tacto áspero de la madre sobre su cara antes de irse.

—Ya es la hora —le susurraba para despertarla—. Todo está listo para los chicos y para ti.

Que se portaran bien, cuando volvieran del colegio les estaría esperando, y como un pequeño ensalmo de disculpa, le repetía que todo iba a ser más fácil cuando estuviera de vuelta su padre. Aunque la besara con rapidez, retenía como una especie de escudo protector, su olor a jabón fresco que se escapaba del pecho de esa mujer alegre y dispuesta.

Agustín, el padre, era artista. Trabajaba en una compañía de varietés. Nunca fueron a verlo porque nunca trabajó en esa ciudad, lo suyo era más el ir por los pueblos o ciudades pequeñas. Tampoco sabían muy bien cuál era su arte. Lo que demandara la compañía, afirmaba con su hablar fino y elaborado. A veces tenía un papel principal, sugería ufano. Otras, en cambio, tenía que adaptarse al papel demandado y al decirlo separaba las silabas con énfasis.

—Eso era pertenecer a una compañía —afirmaba rimbombante—. Estar dispuesto a lo que hiciera falta.

 La mirada de la madre era de embeleso. Iba bien trajeado y aunque viniera con ropa para lavar y planchar, a la mujer no parecía importarle el trabajo y ajetreo que provocaba su presencia. Siempre tenía una palabra de agradecimiento, una broma o piropo en la boca. Alguna vez aparecía a la hora de salida de la fábrica a recoger a su mujer, vestido de traje y corbata. La madre reventaba de orgullo de que vieran lo educado y elegante que era su marido.

Cuando volvía, arrastraba una elegante maleta de cuero que un empresario de tronío le había regalado, de la que salían los regalos. Era como un mago. La colocaba encima de la mesa, la abría, y todos se situaban enfrente sin poder ver el contenido. Él, con movimientos exagerados, hacía aparecer los objetos como si se los sacara de la manga. A veces los obligaba con un truco a mirar hacia arriba, mientras deslizaba por debajo de la mesa el tren deseado, el chal para la madre o los guantes para Elisa. Era una fiesta.

Esos días felices, el padre los esperaba a la salida del colegio para ir luego a merendar, alguna tarde al cine y la madre, aunque seguía madrugando para ir a trabajar desde bien temprano, parecía florecer bajo la sonrisa, la amabilidad y la gracia de ese marido que les entretenía con anécdotas e historias.

Cuando llegaba el momento de irse, la casa parecía llenarse de luto. Se despedía Agustín con auténtico dolor y dejaba un sobre con algunos billetes, aunque no siempre, según hubiera ido la temporada, se dolía. Y en sus vidas empezaba otra vez la rutina con un tono más amortiguado, más cansino, recordando lo que les había contado y con la ilusión de que en vacaciones se los llevaría a algún sitio cerca del mar. Iba a ser estupendo.

La última vez pasaron muchas semanas sin tener noticias de él. Entonces las comunicaciones no eran tan buenas. La madre empezó a inquietarse hasta que un día llegó un papel amarillo para que fuera a recoger un objeto a la consigna de la Estación del Este. El hombre que la atendió la hizo pasar a un pequeño almacén para que recogiese el bulto, que resultó ser la maleta. Menos mal que aquel señor la sostuvo por el codo, pues creyó que se iba a caer al suelo. Cogió la valija sin entender lo que estaba ocurriendo y pensó que algo horrible le había pasado a su marido. Después de reponerse, le chocó lo poco que pesaba. Al salir del almacén vio como una mujer, en la que apenas se había fijado, se acercaba a ella con paso rápido y una mirada encendida.

—Así que tú eres la otra —le espetó despectiva—. Menuda decepción.

E hizo el ademán, ante la sorpresa de Catalina, de quitarle la maleta.

—He venido todos los días para ver quién era la que recogía la maldita maleta que le regalé.

© Cristina Vázquez