jueves, 21 de mayo de 2026

Blanca del Cerro: Mi abuelo Jonás

 


 

            El lugar me producía escalofríos. Sentía como si el viento se apoderase de mi alma y la estrujara, haciéndola una bola chiquitita, muy pequeña, a la vez que se me pegaba a la lengua un extraño sabor a ceniza. Porque yo creo que los cementerios saben a ceniza.

            Allí estábamos todos, mis padres, mi abuela, mis tíos, mis primos, varios amigos, muy serios, pintados de negro a brochazos lentos, con el silencio agarrado a la piel y muchas lágrimas alrededor que formaban charcos en nuestras entrañas. Ellos rezaban una oración eterna e incomprensible, con los labios casi juntos, mientras yo pensaba qué iba a hacer sin él, sin mi abuelo, a partir de ese instante, adónde se habría marchado, a cuál de sus innumerables destinos habría llegado, en cuál de las preciosas playas que tantas veces nos explicara habría atracado al mando de su querido Alazán.

            Mi abuelo Jonás se había embarcado en su último viaje.

            Sentía que unos dedos enormes me apretaban por dentro y me ahogaban, dejándome el corazón convertido en astillas que se clavaban y se clavaban en algún pliegue oculto, y pinchaban. Y hacían daño.

            Ellos rezaban y yo me guardaba las palabras muy dentro y pensaba en las tardes de domingo junto a él. Recordaba su figura recia, su melena blanca, su barba que nos hacía cosquillas al besarnos, sus ojos atiborrados de nostalgias. Todos los domingos nos reuníamos en su casa a comer, la familia en pleno, y todos los domingos, mi abuela, mis padres y mis tíos, una vez finalizado el festín, se quedaban charlando en torno a la enorme mesa de caoba situada en el centro del comedor, y nosotros, mi abuelo, mis primos y yo nos escapábamos de puntillas a la sala de estar —montones y montones de cachivaches apiñados, montones de recuerdos, montones de sombras pululando por las paredes—, y él se sentaba en un grandioso sillón de cuero negro y desgastado, y nosotros a su alrededor, en el suelo, dispuestos a escuchar sus miles de aventuras, que nos narraba de una forma tan especial y subyugante que vivíamos cada uno de sus viajes y bebíamos cada una de sus palabras.

            Siempre que, una vez reunidos, nos colocábamos y aposentábamos dispuestos a no perder una sílaba de sus labios —unos labios que el tiempo había secado, pero de los que no había conseguido arrancar la sonrisa—, nos hacía prometer que nunca hablaríamos con nadie de sus aventuras, porque sería nuestro secreto. Así lo aseguraba y todos prometíamos silencio sin preguntarnos las razones de su extraña petición, porque no nos importaban en absoluto. Sólo deseábamos escucharle. Y él empezaba.

Mi abuelo Jonás tenía los ojos azules y contaba que, a lo largo de sus cientos de travesías, había ido absorbiendo lentamente el color del mar y el color del mar acabó confundiéndose con su mirada después de tanto cruzarlo.

Allí en medio, entre tantos nichos, tantas tumbas y tanta desolación, no quería imaginar que no volvería a escuchar su voz.

             Mi abuelo Jonás tenía la piel muy suave y explicaba que, a lo largo de cientos de noches surcando mares aletargados, cuando casi toda la tripulación dormía, él permanecía quieto en la cubierta de su barco y la luz de la luna lo acarició hasta tal punto que se hizo dueña absoluta de su cuerpo, quedando libre de surcos y asperezas.

            El corazón me daba puñetazos en el pecho al pensar que no volvería a disfrutar con su presencia, con su olor agridulce y con sus historias.

Mi abuelo Jonás tenía la voz muy ronca y aseguraba que la lluvia y las olas le habían abrazado tantas y tantas veces que habían revestido su garganta de oscuridades infinitas.

Al oír las paletadas de tierra sobre el ataúd, yo percibía que mi alma se partía en cachitos muy pequeños y casi no la sentía, como si hubiera escapado de mi cuerpo e iniciado una escalada hacia las alturas en busca de aquel hombre que acababa de dejarme sin decir adiós.

Una vez reunidos en aquella inmensa sala con olor a sueño antiguo, a sombras deslavazadas y a añoranza, formando todos los niños un semicírculo en torno a la butaca de cuero, mi abuelo Jonás apoyaba la cabeza en el respaldo, juntaba las manos sobre su regazo, nos miraba a todos como queriendo absorbernos uno a uno y comenzaba sus relatos. Mis primos y yo conteníamos la respiración y nos disponíamos a escuchar con la boca abierta.

Mi abuelo Jonás había sido marino y había recorrido el mundo entero a bordo de su barco, el Alazán, un buque inmenso del cual fue capitán durante muchos, muchísimos años, siempre acompañado de su tripulación, compuesta por veinte hombres rudos, recios y experimentados, quienes le respetaban y obedecían a ciegas.

Yo lo imaginaba sin ni siquiera cerrar los ojos, muchos años más joven, alto y curtido, blandiendo un trabuco, o una espada, o un sable, al mando de sus secuaces, recorriendo miles de millas y atracando en playas y puertos. Porque él hablaba de playas jamás exploradas y de puertos ocultos al ojo humano, y de ciudades lejanas alfombradas de oro y piedras preciosas, y de pueblos recogidos y rodeados de árboles tan altos como rascacielos, y de islas solitarias donde se refugiaban cientos de animales exóticos, y de países prácticamente desconocidos escondidos en archipiélagos inhóspitos y poblados por seres primitivos que jamás habían oído hablar de civilización.

Mi abuelo Jonás decía haberse enfrentado con monstruos marinos surgidos de torbellinos formados ante sus ojos, con tormentas que a punto estuvieron de hundir el Alazán en cientos de ocasiones, con piratas ladrones a los que él y sus tripulantes derrotaron sin dificultad y condujeron ante las autoridades del lugar más próximo, con tifones y huracanes, con miles de peligros de los que siempre salieron airosos.

Las aventuras, siempre nuevas, burbujeaban en sus labios.

Contaba haber rescatado a tripulaciones enteras atrapadas por los piratas que poblaban los mares, pues no podíamos imaginar cuántos malandrines iban haciendo de las suyas para conseguir un sustancioso botín; decía haber pasado hambre y frío ante la imposibilidad de llegar a un puerto seguro tras desviarse varias jornadas de su rumbo, algo que no había sucedido con excesiva frecuencia, pero sí en contadas ocasiones; aseguraba haber salvado a preciosas doncellas de sus captores, en una lucha sin cuartel contra crueles enemigos, siendo una de dichas doncellas mi propia abuela, prisionera de una tribu salvaje, a quien rescató de sus garras arriesgando su propia vida, de la que posteriormente se enamoró y con quien se desposó en el mismo Alazán, en presencia de toda la tripulación que festejó el enlace hasta el amanecer.

Mi imaginación corría y corría al galope, como un potro desenfrenado y desbocado.

Y tras la unión de mis abuelos, teniendo como testigo a un mar apretado y silencioso en el que se revolvía inquieto un arco iris bicolor de azules y blancos, ella permaneció en el pueblo y empezó a tener hijos, hasta siete —mis tíos y mi madre, la mayor de ellos— y él continuó con sus viajes y sus aventuras a lo largo y ancho del universo, yendo y viniendo de un lado a otro, incansable, inagotable, como si llevara la sed de mares y lunas grapada a la piel, y volviendo a ver a su esposa cada tres o cuatro meses.

Yo imaginaba fabulosos tesoros ocultos en cofres que aquellos hombres valientes sacaban de cuevas perdidas en el corazón de inmensas montañas; imaginaba al Alazán surcando los mares y a ellos, los tripulantes, tan audaces, luchando sin tregua contra los elementos; imaginaba innumerables países desconocidos, repletos de maravillas, con sus gentes extrañas aclamando a los recién llegados que arribaban al puerto entre vítores y aplausos, tras haber liberado a cientos de prisioneros; imaginaba la figura arrogante de mi abuelo, riendo y cantando al mando de sus hombres. Veía, sentía y vivía cada uno de sus viajes. Yo era ellos, yo era mi abuelo, yo navegaba y recorría los mares, yo salvaba doncellas, yo llegaba a los puertos, yo era aclamado, yo luchaba contra los enemigos: era yo y no él quien se movía en el increíble escenario de sus cientos de viajes.

La vida se me iba los domingos detrás de tantas y tantas aventuras.

Mi abuelo Jonás había recorrido el mundo entero de parte a parte. Y esos países lejanos, esas selvas, esos montes, esos mares, plagados de espejismos y sueños desbaratados, se introducían sin quererlo en mi mente, y yo iba con él y los tripulantes, sobre las aguas, a su lado en el Alazán, y conocí con la imaginación todo aquello que narraba y que nosotros escuchábamos embobados, sentados a su alrededor, sin otro deseo más que acompañarle en sus innumerables correrías.

Cada domingo suponía una nueva aventura.

Mis recuerdos quedaron repentinamente interrumpidos por el ruido de muchos pasos y muchos murmullos, como bisbiseos sedientos de eternidad. La comitiva del entierro empezaba a dispersarse. Las últimas palabras del sacerdote, que yo no escuché, se habían diluido en una lejanía color violeta. Mi madre, totalmente de luto y con los ojos ocultos tras unas gafas tan negras como nuestra pena, me agarró de la mano y nos encaminamos hacia la verja de salida.

Jamás a lo largo de mi corta vida había comentado con nadie una palabra de los relatos tantas veces escuchados en las tardes suaves de domingo. Lo había prometido y lo había cumplido hasta el momento. Pero me asaltó una duda, una duda que se me había quedado agarrada en todos los poros de la piel y nunca le había preguntado al abuelo. Creí que mi madre, al ser su hija, podría solucionármela. Y pregunté.

— Mamá —dije mientras caminábamos hacia la puerta del cementerio—, ¿por qué el abuelo dejó de navegar?

Mi madre continuó caminando sin dirigirme ni siquiera una mirada.

— ¿Qué pregunta es ésa, niño? —Respondió.

— Quería saber por qué razón el abuelo dejó de navegar —repetí.

— ¿Pero qué dices?

— Mamá, yo…

— ¿Navegar? ¿De dónde te has sacado eso?

— El abuelo era marino ¿no?

Mi madre se detuvo ante mí, me miró un instante tras sus gafas oscuras y en sus labios apareció una ligera mueca que parecía encerrar una enorme burla.

— ¿El abuelo marino? —En ese momento, su sonrisa estuvo a punto de transformarse en una carcajada que quedó temblando al borde de sus labios—. ¡Dios mío, papá! —Exclamó moviendo la cabeza de un lado a otro.

Bajé los ojos y plegué la boca.

— ¿No era marino? —Indagué sumido en una nube de confusiones.

— Por supuesto que no era marino.

Mis ojos se abrieron enormes como queriendo tragarme el aire.

— ¿No era marino? —Repetí angustiado—. ¿Estás… estás segura de lo que dices?

— ¿Como no voy a estar segura si era mi padre?

— Pero…

No era posible. Aquello no era posible. ¿Y los mares? ¿Y la luz de la luna por la noche en cubierta? ¿Y las aventuras?

— Tu abuelo, hijo, fue toda la vida labrador, un labrador rico, para qué vamos a negarlo, pero labrador, además de un soñador empedernido, eso tampoco vamos a negarlo. Y jamás salió del pueblo.

¿Y las playas? ¿Y los piratas? ¿Y el Alazán, su querido barco, amigo y compañero de viajes?

— ¿Y nunca navegó?

— Por supuesto que no. ¿Qué tonterías estás diciendo?

— ¿De verdad que jamás salió del pueblo? ¿Estás totalmente segura? —Pregunté estupefacto.

— Bueno, hizo algún viaje a la ciudad, pero eso fue todo. ¿A qué vienen ahora todas esas preguntas?

— ¿Y el mar…? —Mi duda permaneció allí temblando entre tumbas y cipreses.

No era posible. ¿Y los cientos de historias narradas las tardes de domingo a la luz del atardecer?

— Marino… ¡Qué ocurrencias! —Exclamó finalmente mi madre poniendo punto final a nuestra conversación.

Continuamos andando despacio hacia la salida de aquel lugar triste y siniestro.

No era posible.

            Quedé allí, derruido, desguazado, un poco roto por dentro. Mi corazón se transformó en un cúmulo de incógnitas repentinas.

            — Abuelo… —murmuré.

            Y fui caminando, caminando casi sin sentir los pasos, los míos, los que me precedían, un arrastrar pausado de sueños destrozados, mientras me revolcaba en mis propios pensamientos y observaba el cielo que se derretía suavemente confundiéndose con pedazos sueltos de noche. Los mares, los países, los montes, los archipiélagos, el Alazán, la tripulación, las doncellas rescatadas, mi abuela, las tribus salvajes, los prisioneros, las selvas…

            — Abuelo… —repetí en voz muy baja.

            La luna sobre la cubierta, las tempestades, los tifones, los huracanes, las olas, su piel suave, el azul de su mirada…

Poco a poco fue naciendo en mi interior una sonrisa que abarcaba el mundo. Continué caminando sumido en tantos pensamientos que pensé que terminarían arrollándome, una especie de aluvión imparable que acabó chocando contra las paredes de la comprensión. El silencio me arropó como una manta suave a medida que se ampliaba mi sonrisa. Abuelo, abuelo, abuelo… repetía con el alma. Llegamos a la verja y la comitiva empezó a dispersarse, lágrimas y adioses. Todos mantenían la cabeza agachada. Todos menos yo porque se me habían perdido los ojos entre las nubes. Y al contemplarlas, me pareció que dibujaban a lo lejos la silueta tibia y blanca del abuelo Jonás que me miraba con cara de complicidad mientras me guiñaba un ojo.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Liliana Delucchi: El concurso de tapas

 


A mis amigos de San Lorenzo

El coche avanza por el camino arbolado con una lentitud que permite a Elisa disfrutar de los colores del otoño. El verde que se desvanece, transformándose en amarillos y ocres, los charcos originados por la lluvia del día anterior y, a lo lejos, recortándose contra esa mágica naturaleza, la silueta de las casas del pueblo. Ama ese lugar en el que transcurrió buena parte de su vida, no así la «fiesta» que le espera.

No recuerda cuándo empezó la tradición ni de quién fue la idea, solo que teme la llegada del mes de noviembre. Cuando empieza la época de las setas, el grupo de amigos se vuelca en el recorrido por el bosque en busca de hongos. Ella saborea del paseo, del ruido silencioso de los árboles, de las risas y de alguna voz alegre que ha encontrado un buen ejemplar. Lo que detesta es el regreso a casa para prepararlos.

Hace tiempo a alguien se le ocurrió organizar un concurso de tapas. Todos los vecinos deben participar y preparar algo original, sabroso y con buena presentación. Un jurado dictamina quién es el ganador, al que se le entrega un cucharón de madera que va pasando de uno a otro, año tras año.

A Elisa no le gusta cocinar y detesta las competiciones. Ni siquiera practica deporte alguno y se aburre terriblemente cuando una conservación versa sobre ellos. Durante años hizo trampa: Virginia, su fiel cocinera, las creaba y ella las presentaba, pero la noble mujer se jubiló el pasado verano y ya no confía en nadie que no sólo las prepare, sino que mantenga la boca cerrada. Ese secreto ni se lo confió a Jesús, su marido.

Pobre Jesús, desde su retiro del banco parece distraído, ni siquiera se anima con la pintura que antes le gustaba tanto. Lo recuerda en la casa del pueblo, ataviado con un delantal y sombrero frente a un lienzo, captando los colores y las formas de ese paisaje maravilloso que se extiende frente a él. Ya no es el de antes.

Fue en ese mismo coche, cuando ella se dio cuenta de que empezaba una nueva etapa. Se habían detenido ante el hotel donde se celebraría la junta de accionistas, esa en la que su marido pasaría el testigo a otro en calidad de presidente. Lo vio descender con paso lento y pesado. Elisa cerró los ojos y se quedó en el vehículo unos minutos en tanto se enfundaba los guantes y arreglaba el pañuelo alrededor del cuello.

Mientras siguen adelante por el camino de los nogales, ella le aprieta la mano. Él sonríe. Ya han llegado a la casa y el hombre pregunta:

—¿Cuándo vamos a ir a recoger setas?

—Han quedado pasado mañana, nos levantaremos temprano.

No sabe cómo librarse del concurso posterior. ¿Me pongo enferma? ¿Tengo que volver a la ciudad por un tema importante? Nadie lo creería.

El día del concurso se levanta a las siete. De pronto, oye ruido en la cocina…, no puede ser la asistenta, es demasiado temprano. Incrédula, ve a Jesús enfundado en un mandil rodeado de setas, hortalizas, masa de hojaldre y un montón de cosas más.

Él se da la vuelta, con mirada pícara se acerca a su mujer y le dice:

—Hace años que lo sé. Descubrí a Virginia preparando tus tapas y no tuvo más remedio que contármelo. —Revuelve la cebolla para que no se queme, —y ahora, como tengo tiempo de sobra, investigo sobre cocina para liberarte de esto que sé que para ti es una tortura.

—Pensé que pasarías el día pintando —contesta ella abrazándolo por detrás.

—Eso más tarde. De momento tengo que mantener tu secreto —arregla un mechón de pelo de la mujer—. Ya eres demasiado perfecta, no necesitas también saber cocinar. Además, he leído en alguna parte que la familia es la esencia del deber ante Dios.

No ganaron el concurso, pero eso ¿a quién le importa?

© Liliana Delucchi

domingo, 17 de mayo de 2026

Ayllón: Villa medieval

 



Conjunto Histórico-Artístico desde 1973.

Situada en el nordeste de la provincia de Segovia, cerca de las provincias de Guadalajara y Soria, se alza a 976 metros sobre el nivel del mar. La ganadería fue durante siglos su principal riqueza, luego la agricultura y en los últimos tiempos se está desarrollando el turismo.

Pertenece a la asociación de los pueblos más bonitos de España desde 2013 y cuenta un número destacado de monumentos entre edificios civiles, iglesias y Palacios.

Existe una necrópolis visigoda y acoge museos como el centro de interpretación del yacimiento de la Peña de Estebanvela, a pocos kilómetros de la villa y el Museo de Arte contemporáneo en el centro del casco histórico.

La villa es originalmente celtíbera. Fue destruida por los romanos durante la conquista y después ocupada por los árabes en siglos posteriores.

En la plaza Mayor se sitúan el poder civil y el religioso. Frente al Ayuntamiento se localiza la iglesia de San Miguel, de traza románica y en el centro de la plaza se ubica una fuente de cuatro caños erigida en 1892, en conmemoración al IV centenario del descubrimiento de América.

El antiguo convento de San Francisco está situado a las afueras de la villa, junto a la carretera que conduce a Aranda de Duero. Fue fundado por san Francisco de Asís en el año 1214. La historia recoge que en él se reunieron don Fernando de Antequera, señor de Ayllón, la reina Catalina de Lancáster y el entonces rey niño Juan II, junto con fray Vicente Ferrer, poco antes de que el primero se convirtiera en rey de Aragón en 1411.

También pernoctó en su famosa hospedería, allá por 1581, la santa andariega Teresa de Jesús, procedente de Soria, donde acababa de fundar el convento de la Santísima Trinidad.

En 1601, el convento de San Francisco sufrió un aparatoso incendio, tras el cual fue sometido a una importante reforma.

Entre 1802 y 1813 los frailes hubieron de dispersarse, acosados por las tropas francesas que habían invadido la Península.

En 1845, el Estado se hizo cargo del complejo y, tras pasar por diversas vicisitudes, acabó siendo de propiedad privada. En la actualidad, funciona como establecimiento hostelero.

Sus dos antiguos y magníficos retablos acabaron encontrando acomodo en la iglesia parroquial de Santa María de Riaza y en la de Santa María la Mayor de Ayllón.

En lo alto de la villa se encuentra La Martina, torre albarrana que pertenecía al castillo. De origen árabe se ha convertido en la imagen más emblemática del pueblo.

 

Hay mucho que ver en Ayllón.

No se lo pierdan

 

viernes, 15 de mayo de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 128: La carroza




Las carrozas, entendidas como carruajes lujosos y decorados para el transporte de personas o en desfiles, tienen orígenes que se remontan a la antigüedad, evolucionando desde vehículos funcionales hasta símbolos de estatus social y celebración. Su origen etimológico proviene del italiano carrozza, derivado del latín carruca.

En muchos países europeos se conservan colecciones reales muy importantes.


Pinchad en el link y disfrutad con nuestros cuentos

https://www.nuevoakelarreliterario.com/la-carroza-real/ 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Malena Teigeiro: El bosque de los níscalos

 


En nuestro bosque nunca crecieron los níscalos. Nunca, decía Berta con el dedo en alto. Sin embargo, aquel año en medio de la hojarasca y sin la protección de árbol alguno, apareció una especie de ramillete de preciosas setas naranjas. Sí. Sólo uno. Y allí sigue. Fresco, altivo, como si la luna por la noche lo hiciera renacer. Llegaron a tener una altura rara, porque ¿era o no muy raro que unas setas crecieran algo más de medio metro? Y lo más curioso fue que no parecía que pensaran dejar de hacerlo. Y claro, la noticia comenzó a correr. Como nadie quería quedarse sin verlos, los vecinos se acercaban al bosque. Ante tantas visitas el alcalde tuvo que poner un guardia para que nadie arrancara aquellos altivos níscalos. Luego llegaron los comentarios, las preguntas, el interés por conocer el motivo de lo que estaba ocurriendo. ¿Es que nadie se acordaba de que hacía años había desaparecido la hija de… ¿De quién?, interrumpió Daniela a Berta. Sí. Sí, corroboró Julieta. Ahora lo recordaba. Había desaparecido una jovencita, casi una niña. Pero, ¿de qué familia era? El guardia la miró. Su voz sonó muy ronca, más bien aguardentosa cuando dijo que no fue una niña. Era una señorita. Y no era la hija de nadie del pueblo, al menos que él supiera.

Aquella tarde hubo junta en el Ayuntamiento. Si los níscalos seguían creciendo en aquella medida, pronto serían mucho más altos que los árboles, dijo el alcalde. El secretario lo miró y rascándose el cogote susurró que si eso sucedía tendrían un problema. O no, añadió el concejal de Agricultura. Dénse cuenta que seremos el único pueblo de España, que digo de España, de Europa, del mundo, con un bosque de níscalos gigantes. El alcalde lo miraba soñoliento. Esa noche no había podido dormir con el dichoso problema rondándole la cabeza.

Mientras tanto, en el bosque, el guardia seguía hablando de aquella señorita que nunca nadie vio y como nunca nadie la vio nadie supo quién era ni de donde había llegado. Pues si nadie la vio, ni se supo que hubiera llegado, ni nadie la echó en falta, gritó Outilio, no sé por qué hablamos de ella. Conchita lo miró de arriba abajo. Luego, añadió que si no recordaba que desde que aquella mujer, a la que nadie vio, anduvo por allí sucedían cosas raras. Cierto. Cierto, aseveró Maruja. Se acercó al guardia y con los brazos en jarra le gritó que la vaca de su sobrina por aquel entonces parió una ternera con dos cabezas, y que al hijo de la Ramona las gallinas le ponían los huevos con la yema verde. Por no hablar del marido de la Antonia, al que en vez de pelo le estaban creciendo algas por las orejas.

Y mientras sus munícipes en el salón de plenos del Ayuntamiento continuaban llenando imaginarias arcas con el dinero que iban a obtener mostrando el bosque de níscalos, los curiosos vecinos que se acercaban para verlos, se iban quedando encerrados en medio de sus tallos altos, dorados, fríos, húmedos.

Ya apenas conseguían traspasar los rayos de sol la frondosidad de setas, cuando Luis, mirando hacia arriba, gritó que lo que estaba ocurriendo era como consecuencia de la magia de la joven que nunca nadie vio. Cierto, susurró Ramón. Y esa magia nos va a llevar a la ruina. Y de pronto, Conchita, alzando los brazos al cielo, dijo que si ellos opinaban como ella, que el fenómeno de las setas era porque crecían sobre la tumba de la desaparecida que nunca nadie vio, ¿por qué no enterraban también junto a ella, allí mismo, entre los níscalos, y señalaba vehementemente el suelo, a la vaca envenenada? Los cansados vecinos que en ese momento se encontraban sentados en el suelo junto al guardia y rodeados por los altísimos tallos, la miraron sorprendidos. ¿De qué vaca envenenada hablaba? De la que traía consigo la joven que nunca nadie vio. ¡Ah, esa! ¿Pero quién dijo que la joven tiraba de una vaca envenenada? Porque si era así, volvió a decir Ramón, y nadie vio a la vaca ni a la muchacha, tendrían que comenzar a pensar que no era una joven ni una bruja, sino el espíritu de cualquier maldad.

Y sin más, se levantaron. Agarrados de la mano, fueron formando un corro que iba encerrando los troncos de las setas. Conchita comenzó a tararear una canción y como si estuvieran en la alameda la noche del santo patrón, todos comenzaron a bailar alrededor de los troncos abriendo entre la raíces de las setas agujeros negros, malolientes, hasta conseguir excavar un profundo y húmedo pozo. Cuando juzgaron que era lo suficientemente hondo, se pusieron de rodillas. Elevando las manos por encima de sus cabezas como si fueran coronas, hicieron un conjuro invocando a la vaca envenenada. Poco a poco, entre una nube de humo, se fue dibujando la figura de una vaca negra, alta, de gruesa barriga y ubres llenas de leche que, como si fueran surtidores, la derramaban. Y aquel líquido amarillo, casi verde, al mezclarse con la tierra se volvió azufre, que al acercarse a los troncos de las setas los convertía en negras lajas de carbón. Aterrados, algunos con quemaduras importantes, los vecinos, dirigidos por el guardia, treparon por las paredes del pozo hasta conseguir salir. Luego, perseguidos por el fuego, corrieron hasta dejar atrás al último árbol. Desde allí, vieron acercarse a la comitiva municipal que, precedida por la banda de trompetas y tambores, anunciaba que habían encontrado la manera de hacerse ricos con las visitas al bosque de níscalos, único de su especie en el mundo. La Corporación municipal iba pertrechada de sierras y hachas. En la última reunión de la Casa Consistorial, habían decidido talar todos los árboles para que pudiera crecer a gusto el nuevo bosque de Níscalos.

Los munícipes tan solo pudieron ver el fuego fatuo que quemaba los troncos que crecían sobre la tumba de la joven que nunca nadie vio así como escuchar entre el crepitar de las llamas el triste mugido de la vaca de la leche envenenada y que, al arder, las hojas de los antiguos castaños se iban convirtiendo en finas capas de negras lajas de pizarra, que poco a poco iban cubriendo la montaña, los campos, los bosques y los espíritus de los que habían habitado aquella aldea de la que nunca nadie supo ni tampoco nadie vio.

© Malena Teigeiro

lunes, 11 de mayo de 2026

Grandes inventoras: Amanda Jones y el envasado al vacío

 





 

Para conservar y almacenar la comida a lo largo de la historia se han utilizado muchos métodos: la sal, el frío, el secado, el ahumado…

En el siglo XVIII llegó la revolución de la lata de conserva y en el siglo XIX Amanda Teodosia Jones consiguió eliminar el aire de una lata, dando paso así al revolucionario envasado al vacío sin necesitar la cocción previa de los alimentos ni de aditivos químicos.

Representó un avance en términos de salud pública, ya que su sistema era limpio, seguro, accesible. Su invento fue patentado en 1873 bajo el nombre de «El proceso de Jones».

Rara vez se menciona su nombre. Sin embargo, hoy, la industria alimentaria se beneficia de los principios desarrollados por ella. Su legado vive en cada mujer. A lo largo de la historia ha habido grandes inventoras y, aunque no han ocupado las primeras páginas de los episodios importantes de la ciencia, el arte, la literatura…, dejaron huella en el progreso humano, al escribir, pintar, promover una ciencia con alma.

Hablar de Amanda Jones es un acto de justicia histórica. Esta mujer probó que el genio no tiene fronteras ni género.





domingo, 10 de mayo de 2026

Eva Barro: La huella de los Adioses de Marieta Alonso

 





Libros para leer y disfrutar:  


Magnífica inmersión en la historia de Cuba a través de las vicisitudes de una familia en la que cada uno de sus miembros cuenta el momento histórico que le tocó vivir.



La saga de los Landeiro comienza en 1868 con el primer emigrante español de la familia a Cuba. Las aventuras y desventuras de varias generaciones se van sucediendo y cada uno de los miembros de la familia se adapta a las circunstancias de guerra, de paz, de revolución, de fugas a Miami o de otra emigración, esta vez de retorno a España. En el marco de una documentación histórica rigurosa, cada protagonista refleja a través de su vida una época y, sobre todo, el amor a la tierra y el dolor de la partida.

 

© Eva Barro

#evabarro #evabarroescritora