lunes, 13 de abril de 2026

Malena Teigeiro: Los recuerdos de Belinda

 


Acalorada, se sentó en uno de los sillones de la terraza. Llevaba en la mano un par de botellas de cerveza. Con un pequeño tirón de la anilla, Belinda arrancó la tapa y bebió el botellín casi de un trago. Suspirando miró por encima de los pinos. El bosque estaba tranquilo y ella, después de lo bebido, también. Abrió la segunda botella. Le dio un pequeño sorbo y pensó que si la viera su madre beber así se enfadaría con ella. Cogió un vaso y muy despacio, la vertió. De nuevo en su asiento, miró el líquido al trasluz. ¿Por qué le gustaba tanto aquella bebida amarga? A lo mejor era porque aquella amargura cubría otras más intensas. Humedeció los labios en la espuma. Era suave, fría. Se pasó la lengua intentando saborearla otro poquito. Era como un beso. La imagen de Marcos le llenaba la mente y con el corazón encogido bebió con ansia unos sorbos. Ya un poco mareada, recordó su timidez ante el abrazo de Marcos, y como se desembarazó de él. ¡Qué tonta era entonces! Aunque Marcos no lo percibiera, mientras corría por el bosque escapándose, por el rabillo del ojo lo miraba. De pie, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la boca entreabierta, el joven la miraba correr sin llamarla. ¿Por qué no lo hizo?

Al ir a beber otro trago, percibió que la cerveza estaba caliente, sin espuma. Tiró lo que le quedaba sobre un macizo de margaritas y volvió a la cocina a coger otro botellín bien frío. También recogió otro vaso. Así se podría hacer a la idea de que alguien la había acompañado sentado en otro de los silloncitos.

Ya de nuevo acomodada delante de la inmensidad del valle, sintió calor. Se desabotonó el cuello de la blusa y se pasó la mano por la garganta, por el escote, como si fuera una caricia. Sus dedos se convirtieron en las manos de Marcos. A su madre Marcos no le gustaba, bueno ni él ni nadie. Porque desde que se había quedado viuda solo pensaba en retenerla a su lado. Pero ellos se amaban. Volvió a sentir el amargor de la cerveza. Recordó la tarde que él le pasó el brazo por el hombro y le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho. Al rozar con los labios su piel sintió el mismo sabor amargo que ahora. Marcos le besó el cabello. Luego, le acercó una jarra, inmensa, de barro gris, que bebió con gusto y lo hizo por el mismo sitio que él había bebido.

Vio unos pájaros volando a lo lejos. Envidió sus alas anchas, grandes, que les daban una libertad que Belinda nunca tuvo. Sería bonito ser un ave y poder volar entre las nubes. Bebió otro trago.

Mirando hacia la lejanía recordó lo bonitas que eran las fiestas de la cerveza. Sobre todo la del Oktoberfest que se celebraba en la plaza del castillo. ¡Qué alegría! ¡Qué risas, cuántos cantos! Y luego, la vuelta a casa atravesando el bosque, ese mismo bosque que ahora estaba a sus pies. Menos mal que su madre nunca se enteró de que su hija y sus amigas cruzaban entre los árboles tan solo iluminadas por la luz de la luna. Aquellos troncos oscuros, casi negros, en los que las chicas se apoyaban y ellos las abrazaban. Recordó a... ¿Cómo se llamaba? Daba igual decidió bebiendo otro poco. Ésa siempre se internaba entre los árboles hasta que nadie la podía ver. Cierto era que tuvo que casarse de prisa y corriendo. Aunque la boda fue muy divertida y bonita, eso hasta su madre tuvo que reconocerlo.

¡Hacía tantos años ya de aquello!, meditó mientras ya sin ansia, tomaba otro trago. ¡Qué rica! Qué más daba que su madre hubiera conocido que ella cruzaba por aquel bosque. ¿O nunca lo hizo? Ahora lo recordaba bien. Nunca cruzó por el bosque y tampoco dejó que la besara Marcos ni ningún otro hombre.

Su madre siempre se sintió orgullosa de su Belinda. Aunque quizá no tanto de su soltería.

© Malena Teigeiro

sábado, 11 de abril de 2026

Cataratas Victoria (Zambia y Zimbabue)

 



 

El río Zambeze, en la frontera entre Zambia y Zimbabue, es conocido por sus espectaculares cataratas Victoria, consideradas una de las siete maravillas naturales del mundo.

El tamaño de las cataratas Victoria es casi el doble que las cataratas del Niágara, y más de dos veces el tamaño de las Horseshoe. Solo rivalizan con las del Iguazú y con los Saltos del Moconá, ambas en la frontera de Argentina y Brasil.

David Livingstone, misionero y explorador escocés, las descubrió en 1855, bautizándolas con el nombre de la reina Victoria. Su nombre local, Mosi-oa-Tunya, significa: «el humo que truena». Forman parte de dos parques nacionales, siendo declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1989.

Solo en la estación seca, de finales de abril a principios de noviembre, es posible contemplar el fondo de las cataratas. En los primeros meses del año, el gran caudal del Zambeze genera una nube de vapor que se mezcla con las columnas de agua y sube como lluvia invertida. Así los paseos a lo largo del acantilado pueden convertirse en una deliciosa ducha refrescante.

 

jueves, 9 de abril de 2026

La cocina a mi alcance: Fufú de plátano macho

 



Se dice que el fufú es un aperitivo originario de Ghana, donde se le considera un alimento básico. Hay numerosas variantes, desde que llegó al continente americano traído por los esclavos africanos.

Esta receta es la que hacía mi madre en Cuba. Es ideal como acompañamiento de platos principales.


Ingredientes:

4 plátanos verdes y 1 plátano maduro

1 cebolla mediana, bien picadita

3 cucharadas soperas de aceite

3 o 4 dientes de ajo bien picaditos

1 pizca de sal y el jugo de un limón

 

Preparación:

Se pelan los plátanos y se trocean en rodajas. En un recipiente, cubierto de agua, con la sal y el jugo de limón se cuecen las rodajas de plátano, hasta que estén blandas

Hay que picar la cebolla y los dientes de ajo muy finos. En una sartén al fuego el aceite, cuando esté caliente sofreír.

Escurre las rodajas de plátano, pero no tires el caldo de cocción, lo vas a necesitar. Pon las rodajas en la sartén junto con la cebolla y los dientes de ajo y sofríe dos minutos removiendo de vez en cuando.

Retira del fuego, añade unas diez cucharadas del agua de cocción y tritura. Posiblemente necesitarás añadirle más agua de la cocción para que el fufú no quede seco, si lo quieres como un puré. Lo puedes servir así, tal cual, o hacer bolitas rellenas con picadillo o trocitos de jamón. ¡Rico, rico!

¡Ah, si te sobra de la comida, a la cena lo puedes calentar en el microondas!




martes, 7 de abril de 2026

Abril, aguas mil…

 


Abril es el cuarto mes de nuestro actual calendario, el gregoriano. Pero en sus orígenes era el segundo, ya que para los antiguos romanos el calendario se abría con la primavera, en el mes de marzo, cuando la naturaleza después del invierno, despierta, revive.

A través de los siglos y por influencia del latín, el nombre de este mes, aprilis, se asentó en la lengua de muchos pueblos y casi con la misma escritura. En italiano es aprile; en inglés, April; en francés, abril; y en castellano y portugués, abril.

El refrán «en abril aguas mil», evoca la principal característica climática de este mes lluvioso, propicio y beneficioso para los cultivos. Después de los meses de invierno, abril trae consigo la necesaria humedad que permite la germinación de semillas y el crecimiento de las plantas.

Este mes se asocia, también, con la llegada de la primavera. Después de los meses fríos y oscuros del invierno, abril anuncia el despertar de la naturaleza. Los días se alargan, las flores comienzan a brotar y los árboles recuperan su verdor. Las lluvias de abril contribuyen a este renacimiento, nutriendo la tierra y creando un ambiente adecuado para el florecimiento de la vida.

Para la Iglesia católica este mes está dedicado a la Eucaristía, al Espíritu Santo, a la Divina Misericordia.



domingo, 5 de abril de 2026

Sol Cerrato Rubio: Melaza




Me sumergiría en tus abrazos

un día grisdos mil años bisiestos,

tres millones de eones afrutados.


Extraña sucesión pausada

jaqueando las vetas de los ópalos murciélagos.


Este enamoramiento repentino.

Esta enfermedad de los sentidos.

Esta levedad en las piedras del camino.


Música suave afinando tus párpados

y mis oídos.


¿Cuánto durarán estos sensuales sostenidos?

¿Y cuánta melaza derramará sobre mis instintos?



Sol Cerrato Rubio 

viernes, 3 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: La familia que me inspira

 



La prima Cecilia era muy especial. Organizaba los cumpleaños de toda la chiquillería de la familia y del barrio. 

Hacía con sus manos piñatas, nunca repetía modelo, que eran las delicias de todos. La mía, aquel año, era de Spiderman, mi héroe.

Repleta de chuches, sí, pero también de sorpresas: canicas, silbatos, lápices de colores, monedas de un centavo y de cinco. Y cuando yo saltaba gritando que tenía mucho dinero con cinco monedas de un centavo, me hacía ver que mi hermana con una sola de cinco tenía la misma cantidad que yo. Eso me costaba creerlo. En mi mano había más monedas.  

La prima Cecilia tenía los ojos tan grandes, que despedían una luz azulada como la de los cocuyos, como las luciérnagas, y cuando se lo decía me explicaba que no me confundiera que estos bichos no estaban emparentados, que no eran familia. Y yo que sí, y ella que no.

Siempre sabía lo que yo estaba pensando y me contestaba sin que hubiera hecho la pregunta. Con mucho misterio declaraba que ella era una bruja buena o mala según la ocasión, una lechuza, una arpía, un basilisco… Pero, yo dándole un beso, la llamada mi hada madrina.

 

© Marieta Alonso Más

jueves, 2 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Desafortunado aniversario

 



Ayer, el tío Joaquín y la tía Cecilia cumplieron sesenta años de casados, sus bodas de diamante. Como era martes dejaron la celebración para el domingo y ella pudo asistir a su cita con el dentista.

Por lo visto se le estaba desgastando la dentadura, chirriaba los dientes de noche, apretaba la mandíbula y el dentista le recomendó una férula dental. Tuvo la suerte que en la consulta tenía una que le iba al pelo, perdón a la boca y a un precio muy asequible. El único problema era el color rojo cereza madura. Las transparentes costaban mucho más, sí, y total ella solo la tenía que utilizar en la noche. Tan acomodaticia como siempre, la tía Cecilia, aceptó.

Cenaron, vieron un rato la televisión, y llegó la hora de irse a dormir. Esa noche, la luna llena incidía en el espejo del dormitorio mostrando luces y sombras. La tía Cecilia, como siempre, se lavó los dientes, se embadurnó de cremas, se colocó los bigudíes, estrenó el nuevo artefacto bucal, comprobó que luces, puertas y ventanas estaban como debían estar y se acostó. El tío Joaquín, se acurrucó a su lado y le dijo algo al oído, ella se dio la vuelta riendo.

¡Ayyyyyy! 


El grito del marido se oyó a dos kilómetros de distancia. Fue lo último que dijo e hizo el pobre hombre que nunca había estado enfermo.

 

© Marieta Alonso Más