jueves, 13 de febrero de 2020

Malena Teigeiro: El atún de Aleta azul



Sabe bien que esa forma de pescar ya la hacía su abuelo y el abuelo de su abuelo, pero a él, ahora que es mayor y la conoce bien, no le gusta el arte de la almadraba. Todo ocurrió el día que los vio atravesar el Estrecho, buscando el agua caliente. Eran listos los condenados. Nadaban agrupados por tamaños, por especies, como las camisas en los estantes de la mercería de la Lola. Iban en inmensos cardúmenes, sin comer, sin dormir, solo arrastrados por el río de agua que los empujaba, con la mente fija en llegar pronto a unas aguas más calientes que las del océano que dejaban atrás. Los vio caer en la trampa de la almadraba y le dieron lástima aquellos hermosos peces con barrigas de plata, tiesos como jureles gigantes, golpeándose unos a otros en el vano intento de escapar de las redes que los cercaban. ¡Inocentes! Pero lo que ya no pudo soportar era aquella figura del Antonio, ése sí que hacía bien aquel trabajo maldito, joven, fuerte, con las mangas de la blanca camisa, ahora manchada de sangre, remangadas sobre los codos. Todavía se despertaba viendo cómo, con una puntería mortal, los enganchaba en el ojo y ellos, arrasados de dolor, daban tal salto que subían solos al barco. Movió ligeramente la cabeza, había que ser joven y fuerte, y él ya no lo era.
Y desde el día en que tomó la decisión de no volver a echar la almadraba, cuando aún alumbra la luna, Paco sale solo en su barca, en la Rocío, a pescar los atunes. Lo que haces es peligroso, le decían en la aldea, cualquier día de estos te arrastrarán hasta el fondo del mar. Pero él, al que esos comentarios le dan lo mismo, rellena con calma su cachaba, luego con ella entre los dientes, coloca los cebos en la línea, y espera. A veces, hasta se queda dormido, pero cuando comienza a sentir el calor del sol, y un tirón de la línea lo despierta, entonces coloca los pies, todavía fuertes, apoyados en la borda, se echa hacia atrás, y le da caña, y como si fuera un matador en el coso, siente que mide su fuerza con la del animal. ¡A ver quién de los dos gana!
Esa mañana lo despertaron los fuertes tirones de su caña. Vio salir la cabeza del agua, sus ojos grandes, redondos, como los de una joven Manga japonesa, lo miraron amenazadores. Nunca había visto un atún tan grande. El pez, intentando desprenderse del anzuelo que llevaba en la boca, a veces da saltos que levantan las aguas formando olas grandes como las de las tormentas; otras, tira de la línea hacia el fondo y al ver capotar a su débil barca, Paco siente en su alma el deseo de seguirlo para descansar entre las algas del fondo del mar. Otras, lo ve correr hacia el infinito arrastrando su barquita como si en vez de un pez fuera una mula. Era tan bravo y tan grande que temió que aquel fuera su último día, pero su Rocío, sin miedo, alegre, convencida de salir airosa, lo seguía dando botes en el agua, y aunque le crujieran las maderas, igual que le sonaban a él lo huesos, aguantó las embestidas. Cuando ya agotado el pez se rindió, y comenzó a subirlo enganchado en la pequeña grúa, tan grande y pesado era que la barca se escoró, se escoró tanto que hasta llegó a entrarle agua. Virgencita del Carmen, había rezado, ayúdame a conservar el pan para el invierno. Y el pez, quizá porque lo cegó el sol, quizá porque no entendía lo que le pasaba, quizá porque la Señora había atendido a su ruego, se quedó quieto, momento que aprovechó para bajarlo y cubrirlo con la lona. Miedo le daba que saltara otra vez a la mar. Entró en la cabina y sacándose la gorra, acarició la imagen de la estampa de la Señora con los dedos. Gracias, farfulló santiguándose. Se volvió a calar su visera azul, arrancó el motor y puso rumbo de vuelta al puerto con la barca casi hundida por el peso del grandísimo atún, que de vez en cuando todavía coleaba. Sudoroso, lo miraba con tristeza, y no porque el pez, todavía vivo, hubiera fijado sus orgullosos y retadores ojos en él, sino porque el hermoso animal de aleta azul le dijo que se había hecho viejo. Aunque se pasó la mano por la frente en el intento de olvidar sus últimas horas, sabía que lo había arrastrado durante varias millas sin que él pudiera hacer nada y lo había hecho con tanta fuerza, que casi lo tira al mar, pero él, pescador viejo y avezado, aguantó el envite y le dio caña hasta que su hermoso enemigo no pudo más. Hasta que se cansó. El atún, como si reconociera sus pensamientos, cimbreó el lomo y golpeó con fuerza el suelo de la barca. Con la pipa ya sin fuego en una mano, no dejaba de contemplarlo. Le daba lástima, él solo había abandonado los océanos para ansioso, anhelante, ir en busca de una novia sobre la que desovar, igual que hacía él cuando ponía rumbo al puerto desde que, hacía ya muchos años, se llevó a su casa a la más bonita moza de la aldea, a la Rocío.


No hay comentarios:

Publicar un comentario