viernes, 19 de noviembre de 2021

Liliana Delucchi: Eternidad

 


Al ver la bruma roja dibujarse en el horizonte supo que era cuestión de horas que llegara a la playa y lo envolviera todo. Por eso abrió la ventana del faro y se dispuso a esperar. Dejaría de ser Pedro Altúnez y una mano invisible le iba a informar a través de un escrito su nuevo nombre, su nueva identidad.

Todo comenzó hace más de dos mil años, cuando una vez retirado del ejército lo destinaron a ese lugar del fin del mundo. A controlar el faro, le dijeron. A los cincuenta años ya tenía que retirarse de la Legión. La XIII, a la que había pertenecido desde que se hizo soldado para defender a Roma. Entonces se llamaba Tito Cornelius. Caminó, construyó y luchó en los confines del Imperio, y al llegar la hora de su licencia le dieron unas tierras allí donde acababa el mundo con el encargo de custodiar el faro. Al principio le supuso un buen descanso para un guerrero, pero transcurrido un tiempo la soledad y la búsqueda en su memoria de algún momento de fama, de reconocimiento por su labor, lo llevó a fantasear con un pasado que no había tenido y deseó volver atrás, recuperar su juventud.

Allí arriba, mientras miraba a esos hombres uniformados dando órdenes en la playa, descubrió el sentimiento de fracaso. Un ex legionario que nadie recordará, se dijo mientras saludaba con la mano a quienes partían una vez más hacia la metrópoli.

—Lo único que quiero es volver atrás, tener veinticinco años y la posibilidad de hacer algo grande —gritó a la ventana abierta al mar, mientras apuraba la última copa de vino antes de desplomar su borrachera sobre la mesa.

El aire fresco lo hizo recuperarse. Fue entonces cuando la vio por primera vez: La bruma roja que avanzaba hacia el faro y, dibujada entre algo que parecían nubes, la figura de una mujer. ¡Venus! Si no era Venus sería otra diosa, porque le habló, le dijo que le otorgaba el deseo, que regresaría a su juventud pero con la condición de que no abandonara el faro, pues simplemente desaparecería.

—¿Qué acto de grandeza puedo hacer aquí? —preguntó mientras se arrodillaba ante la imagen.

—No lo sé. Eso es cosa tuya. Yo solo te concedo la inmortalidad —respondió la diosa antes de desaparecer.

Veinticinco años pasaron y el día que volvió a cumplir los cincuenta la bruma roja retornó a la deidad. Esta vez no habló, solo le dejó un papel con su nuevo nombre. Esto se repetiría siglo tras siglo.

El Imperio Romano cayó, otros pueblos se hicieron con el lugar, pero el faro se mantiene hasta hoy.

El antiguo legionario cambió de fisonomía y de nombre muchas veces, de la misma manera que cambiaron los barcos y los paisajes, sus jefes y sus lenguas, sin embargo no logró llevar a cabo la acción gloriosa por la que pidió volver a la juventud.

Hoy torna la bruma, hoy se inicia un nuevo periodo. Pedro Altúnez baja las escaleras del faro. Duda frente a la puerta, sin embargo, la abre. Un paso, dos. Se encamina hacia las piedras, pero no llega a la orilla.

Ahora todo es silencio.

© Liliana Delucchi

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