lunes, 29 de enero de 2024

Cristina Vázquez: El capitán

 



—Magnifico el bodegón —rugió Aurelio.

A María Elvira las visitas de ese gigante con aire de bravucón, barba pelirroja y manos que resultaban finas para haber estado embarcado, le empezaban a incomodar.

Era un antiguo compañero de su marido, pescador de los mares del Norte. Pregonaba que venía a confortar a las semiviudas que dejaba la tripulación del Nemo en la ciudad. Por problemas inexplicables de salud —no daban con ello—, no podía embarcarse. Poner un pie en el barco, y zas, se caía al suelo como una pelota, contaba avergonzado tapándose los ojos de tupidas cejas, también rojizas. Para Aurelio era una amargura saber que su tripulación estaba faenando por imperiosos mares, otra de sus frases, y él en tierra como un muñeco inútil. En ese momento se producía un silencio estudiado y María Elvira lo consolaba.

—Por Dios, ya volverás a la mar —afirmaba animosa—. La salud es lo primero.

Sus visitas se justificaban por traer noticias de los maridos. Una vez a la semana recibía nuevas de ellos y mensajes personales para sus mujeres que les entregaba por escrito y de palabra. Lo único que pedía a cambio a todas las que visitaba, era un poco de fruta o verdura. En ese momento con los ojos cerrados daba un suspiro de ballenato que apiadaba a las mujeres.

—El escorbuto, querida, sigue siendo un espantoso recuerdo —remataba abatido.

Mientras María Elvira leía el mensaje, él, como música de fondo, hablaba de la soledad de los mares, la tristeza de los grises amaneceres, de las furiosas olas y sobre todo, confesaba apenado, la falta de frutas y verdura. Ella se ruborizaba con lo que leía, pues nunca el marido le había dicho esas ternezas ni descrito con tanta poesía intimidades de su cuerpo.

Por eso preparaba esos bodegones con la pretensión de que algo de esa frescura pudiera llegar al lejano esposo que a lo mejor sufría en ese momento la terrible dolencia. Aurelio lo agradecía con auténtica devoción.

Su marido la echaba de menos, María Elvira. La extrañaba mucho, repetía cada vez, y luego, casi siempre lo animaba con un mensaje subido de tono. Al decirlo se mesaba la barba con la desidia de un pachá.

—Sí, así me dijo textual. Perdóname —se retorcía la punta del bigote—, dice que cuenta los días para clavarte en el colchón.

Ese día abrió los brazos como disculpa y se golpeó la panza satisfecho. Otra vez le contó el deseo inapelable del marido por abrazarla desnuda en la pileta o que deseaba que el día de su llegada no se pusiera ropa interior. Tantos meses sin mujer eran muy duros para los muchachos. Siempre se producía un silencio después de estos comentarios. A María Elvira le producían una mezcla de excitación y vergüenza, tanto tiempo sola tampoco era bueno para ella, se dijo sin levantar la cabeza. Luego recordó que no tenía pileta.

Aurelio se deshacía en alabanzas al arte que tenía en preparar esos deliciosos cestos cuajados de frescas bendiciones. Comprendía que su marido estuviera deseando volver. Con esas manos sus caricias debían ser dulce bendito. Antes de marcharse, cogía con agilidad de perista el contenido del cesto, disculpándose por la osadía. Tanta había sido su necesidad de fruta fresca a lo largo de su vida de marino, rezongaba, que nunca se saciaba. Ella era un ángel y se iba entre reverencias y besos al aire.

En cuanto comunicara con la tripulación, le daría noticias de ella y de su bondad, afirmaba con aire marcial. Para esos valerosos hombres era la felicidad saber que sus mujeres estaban atendidas por él y que les esperaban llenas de deseo.

Cuando salía por la puerta habiendo dejado el bodegón vacío, María Elvira miraba el mensaje con una enorme desazón. Qué pena que fuera imposible hablar con ellos cuando estaban en alta mar. Y empezaba a pensar cómo prepararía el bodegón, así lo llamaba Aurelio, para la siguiente semana con la curiosidad de cuál sería el mensaje sabroso del marido.

Una mañana se encontró en el mercado a Rita, otra de las semiviudas que era visitada por el hombretón, comprando en la frutería. Al charlar, comprobaron que el numerito de Aurelio se repetía con todas, casi quince mujeres, con asiduidad semanal. Repetía las mismas terroríficas historias, lamentos del escorbuto y picantes mensajes de los esposos. ¿También lo de la pileta y clavada en el colchón? Eran idiotas o qué, se preguntaron las dos. Por qué aceptaban entregarle esas delicias, solo a cambio de la promesa de que hablaría con sus maridos y darles noticias de ellos. No se confesaron el ambiguo placer de escuchar aquellos lamentos de deseo que nunca habían oído en boca de ellos.

Localizaron a las otras y se pusieron de acuerdo en no darle más fruta ni tiempo de sus días. Parecía que las hubiera hechizado con su charlatanería y aspecto de capitán de película. Algunas miraron hacia abajo sonrojadas, lo que hizo pensar a las otras que a lo mejor le habían entregado algo más que verdura. Cuando se acercaba la vuelta de la tripulación, Aurelio desapareció. Vieron que uno de los locales cercanos al mercado estaba en alquiler. De su vidriera colgaba un pequeño cartel ladeado: Frutas y Verduras Aurelio. Los maridos afirmaron que no conocían a ese hombre y ellas hicieron un pacto de silencio. ¿Quién sería ese que las había timado? Una cierta tristeza pareció embargarlas.

© Cristina Vázquez

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