sábado, 27 de enero de 2024

MJ Pérez: La charla

 


Llevaba dos días sin salir de la cama. Algo me dijo que había llegado el momento de contarle a alguien cómo me encontraba e hice el esfuerzo incluso de vestirme y maquillarme para que alguno de los trabajadores de la casa me llevase hasta allí. Nadie me puso objeción, como era habitual, mucho menos la persona a la que necesitaba ver. Siempre había sido amable conmigo y me había ayudado con todos mis problemas.

 

Con el gorro bien calado y las manos en los bolsillos del chaquetón azulado bajé del coche, di las gracias y entré en la cafetería donde habíamos quedado. Él, con su escaso cabello canoso y sus ojos ocultos por gafas de media luna, ya estaba esperándome con un café para cada uno y la sonrisa de siempre. Nos saludamos con la cordialidad habitual y nos pusimos al día brevemente. Tampoco había demasiado más que aclarar antes de ir a la raíz de todo, que era lo que me había llegado hasta allí. Me animó con un gesto y me observó mientras le explicaba.

 

        — Últimamente tengo sentimientos encontrados en prácticamente todo lo que emprendo. Por un lado, me da la sensación que no hago nada y por otro, es que no tengo ganas de hacer ni una sola cosa. Supongo que a todos nos pasa en algún momento. Sin embargo, es un círculo del que, ahora mismo, no me veo capaz de salir. Estoy exhausta y todos mis esfuerzos se basan en salir de la cama de tanto en tanto.

 

Las palabras salieron de mi boca como disparadas y él las recibió con el mismo estoicismo al que me tenía acostumbrada, o eso quise pensar porque él no dijo nada durante un momento. Rodeó el café con las manos y luego se tocó la barbilla. Pero por alguna razón, y varios intentos infructuosos, siguió callado. Quizás se había percatado de algo que yo no había tenido presente, ¿era posible que sufriese de alguna dolencia más allá de mi habitual ansiedad?

 

        — Puedes decírmelo, podré con ello.

        — Quizás seamos los demás los que no podamos.

        — ¿A qué te refieres?

        — A que eres la diosa del amor y la fertilidad. Si tú no puedes hacer lo que habitualmente haces, la humanidad no tiene futuro posible.

 

Alcé las cejas y asentí. Él me tomó la mano y asintió, afectuoso como solía ser. Yo di cuenta que había quedado como una tonta, una que no tenía muy claro qué decir.

       

— También soy…

        — … la diosa de la guerra — terminó él y yo volví a asentir. Estar tanto tiempo rodeada de seres humanos había acabado por hacer que me creyese uno de ellos. Axel[1] siempre sabía dónde debía tener la cabeza y por eso era mi mejor amigo desde hacía años. Era una pena que él fuera mortal y no pudiera ser el hacha donde apoyarme para siempre.

 

Apreté su mano un poco más y le di un afectuoso cachete en la mejilla. Sus ojos azules se encendieron y me levanté.

 

Al parecer la diosa Freyja no se podía permitir ciertas licencias.

 

© MJ Pérez

  

[1] Axel es un nombre nórdico de origen escandinavo, significa «hacha de guerra».

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