La temperatura era cálida para esas horas de la mañana. Sin duda, el sol apretaría según transcurriera la jornada, pero de momento, la suave brisa del mar pegaba el vestido floreado a sus piernas. Eloísa disfrutó con el contacto del algodón contra su piel; caminaba despacio, gozando de ese momento de soledad amenizado por las voces de los pescadores, el vuelo de las gaviotas y el roce de los lánguidos pliegues de la ropa. Se detuvo a contemplar el horizonte, respirar a pleno pulmón el aire marino, disfrutar de ese retiro de un mundo que se le estaba haciendo pesado. Por un momento, frente al paisaje que aparecía ante sus ojos, dudó sobre sus planes. No eran fáciles de consumar, pero la situación la había llevado al límite de sus fuerzas y recurrió a las pocas que le quedaban para desarrollarlo…, al menos en su mente.
Siguió camino del mercado. Un golpe de aire le arrebató el sombrero que un afable caballero le devolvió con una sonrisa. ¡Qué bella sonrisa! ¡Cuánto hacía que nadie le ofrecía una! Hasta llegó a pensar que no las merecía… No es cierto, no tengo que ser desagradecida, Augusta me ofrece una cada vez que me acerco a su puesto. El suyo era uno de los primeros de la lonja, con marisco siempre fresco, delantal impoluto y su eterna amabilidad.
—¿Qué, te has decidido? —preguntó la pescadera con un mohín cómplice.
—¿Te refieres a las zamburiñas o a las nécoras? Llevaré ambas…, y de todo lo demás también —contestó guiñando un ojo—. Será una comida de celebración.
—Ni que lo digas… ¿Ya ha llegado?
—Anoche, con una maleta para dos meses junto con toda su verborrea.
—Para lo que le va a durar—. Sentenció Augusta mientras cerraba la bolsa que contenía el marisco—. El frasquito que me dio la anciana está en el fondo —agregó pasándole el paquete con todo el pedido—. ¡Y buena suerte!
Eloísa desanduvo el camino hasta su casa todavía en silencio, ni su marido ni la hermana de éste se habían levantado. Metió la compra en la nevera y se puso a hacer café. Con una taza caliente y algunas galletas sobre la bandeja, se dirigió al patio, a respirar el aroma de las gardenias que tan bien se le daban. Acarició las flores con la mirada, como despidiéndose de ellas, de ellas y de todas las demás que había cultivado desde hacía años.
La voz de su cuñada la sacó de la ensoñación. Bien, se dijo, manos a la obra. Tras ofrecer un desayuno a su invitada y después de un largo rato de asentir con la cabeza a la catarata de palabras que salían de la boca de esa mujer insufrible, se escabulló con la excusa de preparar el almuerzo. Pedro, su marido, también se había levantado y unido a su querida hermana.
Desde la cocina, Eloísa escuchaba voces solapándose unas a otras, como si todo el tiempo del mundo fuera insuficiente para lo que se tenían que contar. Incontinencia verbal, pensó, padecen de incontinencia verbal. «Quizás los libros de medicina deberían incluir la nueva dolencia que acabo de descubrir», murmuró para sí, mientras preparaba la comida que los hermanos le habían pedido.
Cuando la mesa estuvo terminada: mantel de hilo blanco, adornado con los colores de los mariscos y un jarrón con gardenias, se acercó para decirles que todo estaba listo.
Frotándose las manos, como si hubieran pasado una hambruna, y sin una palabra de agradecimiento o de elogio se sentaron en el comedor, fresco a pesar de la hora. Como dos náufragos que llegan a una isla después de meses sin probar bocado, engulleron las maravillas que había comprado en el puesto de Augusta.
Eloísa no se unió a la comilona, los contemplaba a través de la ventana y cuando vio que, una a una, sus cabezas caían inertes sobre los platos, cogió la maleta que tenía preparada desde el día anterior, y escribió una nota que dejó clavada en la puerta de entrada.
«Señores policías, no prueben el marisco.»

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