Era
un hombre de una sensibilidad rayana en la cursilería, como si fuera de otra
época. Cuando hablaba con una mujer se quitaba el sombrero. No se sentaba en el
coche sin antes no abrir y cerrar la puerta de la acompañante. Y ayudaba a
colocar el cinturón de seguridad.
Un
día se enamoró de una mujer que aparentaba ser de alta cuna, pero en el fondo, si
se la lijaba un poco, no mucho, era chabacana, soez, zafia...
No
tardó en sacar a flote su verdadera naturaleza y por la bonita boca comenzó a
brotar todo el vocabulario del arrabal de donde provenía. Las palabrotas, los
insultos, las amenazas no se hicieron esperar.
Aquel
infeliz se ponía rojo como la grana hasta que un día, en su desesperación, musitó:
—Te
quiero, pero me veo forzado abrir las puertas de mi casa para que te marches.
Ella
muy ofendida le gritó tales cosas que los vecinos asomaron la cabeza.
Dos
lágrimas manaron de los ojos de aquel caballero y susurrándole rogó:
—Por
favor no me fuerces a enviarte allí donde se depositan las heces fecales.
©
Marieta Alonso Más

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