En el juzgado número 15, de la capital de un país lejano, se enfrentaban jueces, fiscales y abogados defensores ante la acusada.
No era una mujer, ni un
hombre, ni un adolescente, ni un perro, ni un gato, era una palabra que luchaba
por tener los mismos derechos que los demás.
Pobre palabra procesada. Por
no tener, ni siquiera tenía, la presunción de inocencia.
© Marieta Alonso Más

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