domingo, 1 de febrero de 2026

Amantes de mis cuentos: Aluvión de sueños

 



Tengo dieciocho años y mi desayuno preferido desde niño es: arroz blanco, huevos fritos y plátano maduro, pasado por la misma freidora y el mismo aceite, hasta que se torne dorado.

Esta mañana, entre cuchicheos, oía el crepitante sonido de la sartén donde se freían esos dos huevos, que en vez de amarillos eran rojizos, debido a que las gallinas de mi madre comían las cerezas que caían en el patio.

Hoy no es un día cualquiera. Es mi primer día de clase en la universidad de Alcalá de Henares. Voy a ser Arquitecto Técnico, mi madre lo llama Aparejador. Le he prometido hacerle un gallinero en condiciones: de madera, bajo un árbol frondoso para evitar el sol y las temperaturas altas del verano, con buena ventilación, perchas, nidos, cama de virutas, comederos…

Me he enterado de que cien gallinas ponedoras, las Leghorn blanca, originarias de Livorno, en Italia, pueden poner hasta ochenta y tres huevos. Se dice que esta ponedora es el resultado del cruce entre la gallina italiana con las andaluzas.

Figúrate, mamá, han perdido totalmente su instinto maternal y nunca se ponen cluecas. Viven entre seis u ocho años.

También le he dicho que tiene que establecer una rutina de limpieza, es importante que las gallinas estén a gusto y con higiene.

De pronto, he pensado: si hago un gallinero para las Leghorn, debería hacer otro para las Brown, que son muy populares para el consumo. Se adaptan tanto a sistemas de jaula como al suelo.

Me estoy dando un buen atracón para desayunar. Mi madre es partidaria de alimentar bien el cuerpo para que funcione mejor la mente. Voy a ser el primero en la familia en ir a una Universidad. La veo secar una lágrima clandestina con la punta del delantal y, estoica como siempre, dice que si eso de ser Aparejador fuera mucho para mí, que no sufra, ya que podría trabajar en esa granja avícola que les pienso montar.


  © Marieta Alonso Más

sábado, 31 de enero de 2026

Rudyard Kipling: Cuando vayan mal las cosas

 



 

Cuando vayan mal las cosas,

 como a veces suelen ir,

cuando ofrezca tu camino

solo cuestas que subir,

 cuando tengas poco haber,

pero mucho que pagar,

 y precises sonreír

aun teniendo que llorar,

 cuando el dolor te agobie

y no puedas ya sufrir,

 descansar acaso debes…

¡pero nunca desistir!

 

Tras las sombras de la duda,

ya plateadas, ya sombrías,

 puede bien surgir el triunfo,

no el fracaso que temías,

 y no es dable a tu ignorancia,

figurarse cuán cercano,

 puede estar el bien que anhelas

y que juzgas tan lejano.

Lucha, pues, por más que tengas

en la brega tengas que sufrir.

 

¡Cuando todo esté peor, más debemos de insistir!

 

 Si en la lucha el destino te derriba,

 si todo en tu camino es cuesta arriba,

si tu sonrisa es ansia satisfecha,

 si hay faena excesiva y vil cosecha,

 si a tu caudal se contraponen diques,

 date una tregua, ¡pero no claudiques!

 

Porque en esta vida nada es definitivo,

 ten en cuenta que: todo pasa, todo llega y todo vuelve.

 

 

 

Poema sobre la importancia de la Perseverancia y la Fortaleza, dos de las virtudes cardinales, a no rendirse jamás ante la adversidad, y a no sumirse en la derrota. Hay tres figuras literarias notables y recurrentes: la anáfora, la metáfora y la antítesis subyacente. Anímate y búscalas.

Joseph Rudyard Kipling, autor de relatos, cuentos infantiles, novelista y poeta nació en Bombay un 30 de diciembre de 1865 y murió en Londres, un 18 de enero de 1936.

Se le ofreció el premio nacional de poesía Poet Laureateship en 1895; la Order of Merit y el título de Sir de la Order of the British Empire en tres ocasiones, honores que rechazó.

Sin embargo, aceptó el Premio Nobel de Literatura de 1907 y fue el ganador del premio Nobel de Literatura más joven hasta la fecha, y el primer escritor británico en recibir este galardón.

 


jueves, 29 de enero de 2026

Cristina Vázquez: La vuelta

 





Todas las tardes del mes de julio, la oronda mujer se sentaba a la mesa que tenía reservada.

—¿Lo de siempre?, doña Antonia —se afanaba cortés el camarero, conocedor de las buenas propinas que solía dejar.

—Hoy voy a tomar champán —subió la mirada ribeteada de verde—. Es una fecha especial.

Con los ojos cerrados, suspiró con teatralidad e hizo un ligero movimiento de despido al camarero con su enjoyada mano. Enjoyada y regordeta como era toda ella. Tenía el pelo teñido de rojo, sujeto en un alborotado moño, las manos de uñas largas también rojas como los labios que fruncía con desdén o mimo, según la circunstancia.

Al dar las ocho de la tarde la mujer aparecía en el local y se sentaba en la terraza a mirar el puerto. Exigía que le reservaran la misma mesa y ahí se quedaba un buen rato en una contemplación silenciosa.

Había llegado a ese pueblo el verano anterior y se comentó la exorbitante suma pagada por la mejor casa del promontorio. Esta formaba parte del conjunto histórico que se había mantenido casi intacto y que desde el bar Las Olas, donde iba cada tarde, se apreciaba perfectamente.

Llegaba en un Mercedes color guinda, el chófer le abría la puerta y avanzaba hacia su mesa despertando a su alrededor un aura de riqueza y poderío subrayado por las muchas joyas y el traje diferente que lucía cada tarde. El aire de diva en retirada obligaba a todo el mundo a fijarse en ella, aunque fuera una mujer rechoncha, enfajada y con un aire de vulgaridad inapelable. También cierto aire de misterio que elevaba las murmuraciones sobre quién sería esa dama, bueno, esa mujer matizaba Carmelita, la del guardarropa. Las buenas propinas pulían y a la vez exaltaban los comentarios y la curiosidad sobre su persona.

Al hablar tenía un ligero ceceo. Si se tomaba la tercera copa entonces la voz se hacía más aguda y pronunciaba las erres de manera gutural, como si fuera francesa. Ella había vivido en todo el mundo, tout le monde, concedía soñadora, y los ojos verdosos se le iluminaban con un destello de dudosa alegría.

Los camareros y el público se quedaron sorprendidos cuando Manen, el anciano mendigo que rondaba por los locales a lo largo del malecón, se sentó a la mesa de doña Antonia con su aquiescencia. Cuando el camarero fue a echarle, la señora dijo que le trajeran a Manen lo que quisiera. La severidad de su mirada obligó a detener cualquier posible protesta. Charlaban amistosamente y al acabar la comida, se levantaron a la vez y vieron cómo el mendigo se subía al asiento junto al chófer.

—Esa mujer está loca —advirtió el jefe—. Que no se le ocurra volver a sentar a ese tipejo en mi bar.

Al día siguiente, a la hora de siempre, volvió a aparecer doña Antonia acompañada por un hombre menudo que desprendía una elegancia innata, pese a que le quedaran largas las mangas de la chaqueta y su andar fuera un poco encorvado. Después de atenderles, el camarero volvió a la cocina con cara de estupor.

—¡No os lo vais a creer! El que está sentado con la doña es el Manen vestido de señorito.

Se iban turnando para llevar las copas que pedían y alguna croquetita o algo de picar, exigió Manen con desparpajo. Se fueron juntos en el coche igual que la tarde anterior y repitieron esta ceremonia hasta que terminó el mes de julio. Doña Antonia se despidió con una espléndida propina y la orden de que a don Manen se le sirviera lo que él quisiera.

—A final de mes pasará mi chófer —señaló vagamente hacia el coche—, a pagar la cuenta.

Cada tarde, Manen aparecía bien vestido, y se pasaba un buen rato tomando su aperitivo y a veces hasta la cena. Uno de los días, antes de que el local se cerrara por fin de temporada, se acercaron para que Manen les aclarara quienes eran, en verdad, él y la señora. El hombre se resistió un poco, pero al final confesó que antes era un chico rico y señaló una casa al otro lado del puerto.

—Esa era mi casa —apreció con nostalgia—. Ahora es de Antonia y bien ganada la tiene.

Él la ayudó a marcharse en un barco carguero, hacía mucho tiempo de eso, hizo un gesto con la mano como si alejara algo. A la pobre chica, miró a su alrededor, la violaron. Luego supo que su padre fue uno de ellos y nunca le perdonó que le ayudara escapar.

El silencio a su alrededor era total. Nadie se movía. La ausencia de clientes y el devenir de la noche iba creando un ambiente de confidencia. Trabajó sin descanso, era una buena cocinera, siguió, y tuvo uno de los restaurantes más famosos de Francia. Había ganado mucho dinero, se frotó los dedos. Ahora que estaba viuda y que ya nadie se acordaría de ella, volvió al pueblo y compró la casa de su familia.

—Mientras esté fuera voy a vivir en ella y cuidarla —una sonrisa dulcificó sus facciones—. Es una buena mujer que no olvida.

martes, 27 de enero de 2026

La Ley Sálica

 



En sus orígenes, fue el Código legal de los francos salios, de ahí su nombre, compilado y publicado en latín en el siglo V, comienzos de la Alta Edad Media, bajo el reinado de Clodoveo I.

Se la conoce, sobre todo, por la regulación que hace de la sucesión monárquica a favor de los varones, pero se ocupaba también de otros muchos asuntos, como herencias, crímenes, lesiones, robos, hechicerías y maleficios.

Fue uno de los códigos legales que más influyeron en la tradición legal medieval europea y en el desarrollo posterior del derecho consuetudinario. También tuvo un impacto significativo en la sucesión al trono en diversas monarquías europeas.

A lo largo de la historia la Ley Sálica se convirtió en una fuente de controversia y conflicto en la sucesión al trono de diferentes reinos europeos.

Hoy en día esta ley ha sido abolida o modificada en las monarquías europeas y las mujeres tienen igualdad de derecho en la sucesión al trono.

Sin embargo, la Monarquía Española y el Principado de Mónaco constituyen dos excepciones: en ambos países se aplica actualmente la llamada ley «agnaticia», diferente de la ley sálica, que para la sucesión al trono sitúa a las mujeres por detrás de sus hermanos varones, aunque estos sean de menor edad.

En la imagen un manuscrito de 794 que hace mención de la ley.

domingo, 25 de enero de 2026

Saltos del Moconá (Argentina y Brasil)

 



En la provincia de Misiones hay dos grandes atractivos turísticos: las cataratas de Yguazú y los Saltos del Moconá.

A diferencia de las demás cataratas, no son transversales al curso de las aguas, lo curioso es que son longitudinales y que la falla geológica que origina la caída del agua se encuentra paralela al río, a la costa. Oscilan entre cinco y diez metros de altura, durante unos tres kilómetros en el curso del río Uruguay en la frontera entre Brasil y Argentina.

Se encuentran casi completamente del lado argentino, dentro de la Reserva de la Biosfera Yabotí, (tortuga en guaraní), en el noreste de Argentina. A excepción del extremo norte, que dan al lado brasileño y se le llama salto del Yucumá, y se encuentran en el Parque del Turvo.

En guaraní Moconá significa: «que todo lo traga».

Si la flora y la fauna nos atrae, allí descubriremos cómo conviven: árboles, arbustos, lianas, enredaderas, plantas epífitas junto a las aves, mamíferos, reptiles, peces y anfibios en un equilibrio natural, pudiendo realizar diversas actividades como senderismo, paseos en kayak, travesías 4x4, degustación de comidas típicas, el encuentro con las comunidades de pueblos originarios y también un centro de interpretación.

No todas las épocas son adecuadas para ver los saltos, depende del caudal del río, solo cuando está bajo pueden verse. En época de crecidas están bajo el agua.

La reserva Moconá fue creada en 1967, cuando Juan Alberto Harriet, propietario del terreno, donó las novecientas noventa y nueve hectáreas donde se encuentran los saltos.

 

¡No te los pierdas!


viernes, 23 de enero de 2026

Julia de Castro: Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina

 



El relato que hoy os traigo me ha sorprendido y me ha enganchado. Muchas veces oí hablar de las deportaciones forzosas a Siberia llevadas a cabo por el régimen estalinista, pero la historia que Guzel Yájina presenta en este libro nos pone delante de los ojos una realidad poco aireada.

La política de colectivización agraria marcó la vida de campesinos (kulaks) que fueron arrestados, deportados a la taiga siberiana, una especie de nada con la que luchar para arrancar a la naturaleza lo mínimo imprescindible para la supervivencia y el pago de su supuesta deuda con el estado en aplicación del sistema GULAG dirigido por el NKDV (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos). Los deportados vieron confiscadas sus tierras y sus bienes, apresados y, en ocasiones, asesinados sin derecho a alzar la voz.

Zuleijá, casada siendo una niña con un hombre treinta años mayor, trabajando día y noche, maltratada por su marido y su suegra que, nunca la consideró suficiente, y pariendo hijas que morían inmediatamente, se ve arrancada de todo lo que conoce y trasladada en un viaje interminable e infernal en el que descubre que nuevamente está embarazada, hasta un lugar inhóspito y olvidado del mundo donde tendrá que criar a su hijo entre desconocidos, trabajos extenuantes, frío y hambre.

Aquellos primeros deportados: kulaks, intelectuales y cualquier supuesto sospechoso de ser enemigo del régimen, levantaron con sus propias manos un triste asentamiento que, poco a poco, fue creciendo con la llegada de nuevos trabajadores forzados.

La menuda y silenciosa Zuleijá tuvo que aprender a vivir de nuevo dejando olvidado todo lo que había constituido su existencia y en lo que creía para renacer a una vida totalmente distinta en la que conocerá el hambre, el miedo, el frío, la maternidad plena o el amor y participará activamente en la construcción de un koljos a orillas del río Angará

Zuleijá compartirá esta historia con otros colonos de muy diversas procedencias, todos ellos van a enredar sus vidas con hilos invisibles: Kárlovich, Ikonnikov, Gorelov, Isabella, Lukka y, es especial, Yusuf, su hijo, y el comandante del campo Ignatov.

Esta es una obra que deja poso tras su lectura. Las imágenes tan espléndidamente retratadas, los personajes, las relaciones establecidas, los hechos históricos que relata y la denuncia implícita que se vislumbra, se quedan en la retina y en la mente dando vueltas a otra de tantas atrocidades de la humanidad.

En definitiva, esta primera novela de Guzel Yájina es una lectura totalmente recomendable si no tienes miedo a zambullirte en historias con cierta profundidad.

Julia de Castro

Mi primavera en libros

Junio 2023

miércoles, 21 de enero de 2026

Blanca del Cerro: La exquisita educación

 



            El día me recibió con caricias y una brisa suave llena de consuelo. Salgo diariamente a la calle y paseo por todo Madrid porque me gusta, me calma y estoy en contacto con seres desconocidos, aunque no por eso, menos interesantes. Soy una anciana de setenta y nueve años, al borde de ser octogenaria, y me gusta la vida, por lo que la disfruto en la medida de mis posibilidades. Me quedé viuda con tan solo sesenta y dos debido a ese maldito cáncer que se lleva a muchos y deja a otros tantos en la miseria moral. Mi querido Adolfo desapareció en un suspiro.

            Casi siempre voy en autobús, aunque a veces, cuando hay ascensores, bajo hasta el metro, un transporte que me agrada porque es rápido, cómodo, seguro y no tiene atascos. Hoy he decidido ir en suburbano hasta Ópera y pasear por la calle Arenal. En realidad, el lugar elegido se denomina la Plaza de Isabel II, aunque nadie le da su nombre real. Al abrirse la puerta del ascensor, entran en tromba tres jovenzuelos, por supuesto, ellos antes que nadie, yo espero pacientemente y paso la última. Al salir, ocurre exactamente igual. Ni buenos días, ni un saludo, ni una palabra y, por supuesto, nada de ceder el paso. La exquisita educación de determinados seres me tiene admirada y anonadada.

Durante el trayecto, en el vagón permanezco de pie mientras contemplo a varios hombres, no demasiado mayores, sentados, al igual que un par de niños con sus madres, y tres o cuatro chicas veinteañeras enfrascadas en sus móviles. La exquisita educación de determinados seres me admira y me subyuga. Un hombre, posiblemente sudamericano, me cede su asiento. ¡Cielos! ¿Estaré soñando? ¿Será realidad lo que ha ocurrido o seré víctima de una alucinación? Le doy las gracias. Los restantes pasajeros ni se inmutan.

            Ya en la calle Arenal, camino de la Puerta del Sol, voy a entrar a una tienda, pasan primero dos chavales y ni siquiera sujetan la puerta, que no acaba de caerme encima porque lo impido con la mano. La exquisita educación de determinados seres me produce asombro y pasmo al mismo tiempo. La dependienta me hace esperar hasta que no queda nadie en el local, momento en el cual me atiende, porque no le queda otro remedio, no con demasiado entusiasmo. Le pido lo que quiero por favor, y ni siquiera me da las gracias. La exquisita educación de determinados seres me sorprende y fascina a partes iguales.

            Me encanta la Puerta del Sol, plagada de edificios con solera y las estatuas que se levantan, llenas de murmullos y tiempo. Bajo por la Carrera de San Jerónimo hasta el Paseo del Prado y decido coger un autobús, en lugar de volver en el metro. El autobús va bastante lleno y, gracias a la exquisita educación de determinados seres allí presentes, nadie me cede su asiento. Llego hasta el fondo del vehículo y milagrosamente encuentro un sitio, que consigue ocupar antes que yo un hombre cuarentón y calvo, que tiene la delicadeza de sonreír antes de quitarme el sitio. La exquisita educación de determinados seres no deja de maravillarme e impactarme. Permanezco de pie durante todo el trayecto, cuestión que importa poco a quienes me rodean.

            Unos días antes, la semana pasada creo recordar, cuando me quejé ante un grupo de jóvenes sobre determinadas actitudes relacionadas con la exquisita educación existente hoy en día, uno de ellos me increpó diciendo: “¿No queríais igualdad? Pues ahí la tenéis.” Yo le respondí que nada tenía que ver la igualdad con la educación, la cortesía, el detalle, el respeto, la urbanidad, la galantería o la delicadeza, pero salió corriendo y ni siquiera escuchó mi respuesta. Supongo que no tendría ni idea del significado de tales términos y debería buscar dichas palabras en el diccionario, o mejor en Internet, ya que también desconocería lo que es un diccionario, pero, a estas alturas de la vida, no me voy a preocupar demasiado por esa exquisita educación existente en la actualidad la cual, pese a todo, me pasma, admira, alucina y desconcierta.

            ¡Qué le vamos a hacer!

 

© Blanca del Cerro