martes, 13 de octubre de 2026

Malena Teigeiro: El café oriental

 


Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.

Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...

Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!

También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.

Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.

¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:

—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.

—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.

—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.

Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.

Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.

Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.

A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.

© Malena Teigeiro

domingo, 11 de octubre de 2026

Un tesoro: Perístera (Grecia)

 



Perístera es una isla griega en el mar Egeo. A simple vista, parece una de las muchas islas pintorescas de Grecia, pero esconde un secreto bajo sus aguas.

En sus profundidades yace uno de los naufragios más antiguos del mundo, datado en el siglo V a.C. Este barco mercante, cargado de ánforas de vino, es testimonio de la intensa actividad comercial de la época.

Descubierto en la década de los noventa, el naufragio de Perístera ha atraído la atención de arqueólogos y buceadores de todo el mundo. Los estudios han revelado detalles fascinantes sobre la construcción naval antigua y el comercio en el mar Egeo. Las ánforas encontradas, perfectamente conservadas, ofrecen pistas sobre las rutas comerciales y las conexiones culturales de la antigua Grecia.

Perístera no es sólo un tesoro arqueológico, sino también un paraíso natural. Sus aguas cristalinas y sus paisajes serenos la convierten en un destino perfecto para aquellos que buscan combinar la historia con la belleza natural.

Así, Perístera sigue fascinando a quienes descubren su legado, sumergido en las profundidades del mar.

viernes, 9 de octubre de 2026

La cocina a mi alcance: Sopa de cebolla clara

 



Se dice que los alimentos calientes llenan más que los fríos. A mí me entonan el estómago. Me encantan las sopas. Las frías y las calientes.

Según mi amiga Chelo cuando se decida a ponerse a dieta, cosa que pospone cada día, se tomará tazones y tazones de sopa, mientras tanto a ella le gusta lo sólido.

Aunque sea algo obvio, me dice muy seria, que la sopa se ingiere con cuchara. ¡Dios mío! Lo que me faltaba. ¡Cómo si se pudiera tomar con tenedor! Y otra cosa —no para de dar consejos—, que se sirve generalmente al inicio de cada comida.

Al parecer los humanos la tomaban desde el Paleolítico Superior. Y se podría decir, sin faltar a la verdad, que las sopas de pan quizás fuera un alimento básico de la gastronomía mediterránea y europea.

 

Ingredientes

2 cebollas cortadas en rodajas finas

1 litro de caldo

1 cucharada sopera de perejil picado

100 gramos de queso parmesano rallado

Sal

Aceite de oliva

 

Preparación

Se fríe la cebolla en rodajas en el aceite de oliva. Se añade el caldo. Se deja cocer unos 20 minutos. Se retira del fuego, se añade el perejil. Y ya en el plato se echa por encima el queso parmesano.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Hacia la Virgen del Pilar, comienza el tiempo a cambiar

 


Décimo y antepenúltimo mes del año. Tiene 31 días.

Su nombre deriva de haber sido el octavo mes del calendario romano. La palabra octubre proviene del latín, idioma en el que significa: ocho meses. En la antigua Roma era considerado un mes de transición hacia el invierno.

En el hemisferio norte es sinónimo de otoño; las hojas cambian de color, el clima se enfría y los días se acortan. En el sur, en cambio, marca la primavera, un período de florecimiento y vitalidad.

Esta dualidad convierte el mes en un símbolo de transformación y nuevos ciclos.

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llega al continente americano, protagonizando uno de los mayores hitos de la Historia.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado al Santo Rosario.​




lunes, 5 de octubre de 2026

Sol Cerrato Rubio: Café

 



Sorbo infinito que masajea

mis piernas, mi mente

y mis hipérboles.


Sin ti mis mañana son

más tenues,

mis sobremesas soñolientas

y mis noches esperan tranquilas.


Amargor de la la última vez

que quedó sin mezcolanza.

Dulzor de la anterior

por exceso de panela.


Adicta a tu esencia

quedan mis días

para recoger tu grano rojo.



Sol Cerrato Rubio

sábado, 3 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Deuda de honor

 





Me llamo Pepín y tengo siete años. Ayer murió mi padre, estamos en abril, comienzo de la primavera y mi madre no deja de llorar. Dice que ahora es viuda, que me he quedado huérfano y que mi padre se llevó a la tumba la llave de la despensa. Eso no lo he entendido muy bien porque nuestra despensa no tiene cerradura. Le ha dicho a sus mejores amigas que corran la voz de que ahora en adelante se dedicará a lavar y planchar ropas ajenas. Visto y no visto, ya en el velorio había conseguido a seis clientas.


Hoy, después del entierro se ha sentado a escribir en una hoja en blanco. Ha doblado el pliego y me ha pedido que se lo entregue en mano al señor Rodríguez, el dueño de la tienda de víveres de la esquina. Le fiaba a mi familia todo lo que comprábamos durante el año. Y cuando terminaba la zafra, a finales de mayo, iba de la mano de mi padre a pagar nuestra deuda. Era muy habitual comprar de esa manera.


Salí de casa a todo correr, a cumplir con el recado. Al llegar un dependiente me saludó preguntándome:


—Hola, Pepín, ¿qué vienes a buscar?


—Quiero hablar con el señor Rodríguez


No hubo necesidad de llamarlo. Apareció y me invitó a pasar a la trastienda, donde estaba su escritorio. Me pidió que me sentara en su sillón y él lo hizo en un taburete.


Le entregué el papel que había escrito mi madre. Lo leyó despacio.

Movió la cabeza de arriba a abajo y me dijo que hablaríamos de hombre a hombre.


—Sí, señor.


—Necesito que me hagas una promesa.


—Sí, señor.


—A partir de este momento, tú eres el deudor.


—Sí, señor. Pero, ¿eso qué es?


Me lo explicó.


—¡Ah!, y dile a tu madre que no se preocupe. La deuda anterior queda cancelada. Borrón y cuenta nueva. Y recuerda tu promesa. No me falles.


—No, señor.


Sellamos el contrato con un apretón de manos.


Pasaron los años. Cada primero de abril mi mamá me daba un sobre con el dinero y yo se lo entregaba en mano al señor Rodríguez, que decía en voz alta: se renueva el contrato entre José Pérez García y esta Sociedad Anónima.


Pude estudiar gracias a las becas que conseguía por las buenas notas que sacaba. Al terminar mi carrera, obtuve un buen trabajo. Y no había pasado ni seis meses cuando me presenté, esta vez con mi madre, delante del señor Rodríguez, a pagar nuestra deuda y cancelar el contrato, prometiendo a ese hombre que tanto nos ayudó, que de ahora en adelante, compraríamos al contado.


© Marieta Alonso Más





viernes, 2 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Técnicas para enamorar

 




Aquel verano de mis dieciséis años tomé la decisión de enamorarme. Todos mis amigos tenían novia y yo estaba más solo que la una. Mi afición era leer, leer y leer.


Me gustaba la poesía, las novelas, los comics, los periódicos, los anuncios... Debía encontrar a la chica de mis sueños para no llegar a ser un solterón empedernido, como diría la abuela.


Hice un repaso de las chicas que conocía. Y me desanimé. Todas ellas estaban rodeadas de moscones, salvo una que me dije: Esa es tan rara como yo. Siempre está sola.


Un día la vi paseando por el camino que lleva al Castillo y como alguien caído del cielo me acerqué. Ni cuenta se dio. Tuve la intención de decirle muchas cosas, pero me había vuelto mudo. No arrancaba a hablar. Se me olvidaron las palabras.


Menos mal que me acordé de Benedetti y tomé carrerilla. Como si no existiera pasé por su lado como un loco trovador, repitiendo más o menos:


Mi táctica es mirarte

aprender como eres,

quererte como eres


Para mi asombro escuché una voz melodiosa:


Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras un puente.



Me paré en seco. Tartamudeando continué:


Mi táctica es quedarme en tu recuerdo.

No sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme contigo.



Y, anda que no me quedé. Llevo con ella más de sesenta años.

Cuando discutimos por nimiedades, ella recita al uruguayo y se acaba el problema. Gracias a ese hombre que nunca tuvimos el placer de conocer, encontramos la solución perfecta para nuestras desavenencias. Es como si fuera de la familia, porque recitándolo tuvimos doce hijos. Al primero lo bautizamos con su nombre.


© Marieta Alonso Más