martes, 3 de noviembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Nacida en primavera

 






Aquel domingo amaneció sonriente, eso le contaron a Carmencita, mucho tiempo después. No lo recordaba, estaba algo confusa por encontrarse en la Casa de Salud de Santa Cristina en Madrid y unida a su madre por el cordón umbilical. Sintió un corte y nada volvió a ser igual.


Lo que nunca había pasado, la pusieron boca abajo, agarrada por los pies y sin venir a cuento le propinaron dos buenas nalgadas, no sabe cómo pudo lanzar un berrido, pero dejaron de pegarle. No contentos con tanta violencia la lanzaron por los aires y cayó en brazos de una mujer vestida de blanco, que sin tener la voz de su madre, la metió en un barreño de agua tibia y la frotó. Ya limpia, según dijo, la peinó alabando su pelo lacio y negro como el charol y la envolvió con una tela suave que la adormiló.


Casi un mes estuvieron en aquel lugar. Su madre estuvo entre la vida y la muerte. Cuando les dieron el alta, se fueron a su pueblo. Allí no salieron de casa, la cuarentena había que cumplirla, según comentaban. Eso sí, venían las vecinas y las amigas con pijamitas, arrullos, pañales de tela, ropita que ya no usaban sus hijas para la niña y mucha sopa de pollo para la recién parida.


No podía amamantarla, su mamá, por lo que formó parte de la «generación del Pelargón», una leche enriquecida que para poderla tomar tuvo que aprender a succionar una tetilla que salía de un frasco llamado biberón.

Así aprendió que la vida no iba a ser fácil. Ya se lo decía la abuela gallega:



«Un mar tranquilo nunca hizo a un buen marinero».





© Marieta Alonso Más

lunes, 2 de noviembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Testigo de un atraco

 



Sentada en el banco del parque cerca de mi casa, vi a una pareja caminar calle abajo hacia la sucursal bancaria, entraron y me concentré en el libro que tenía entre en mis manos.

Un cuarto de hora más tarde los volví a ver, esta vez con dos sacas de cuero que parecían pesar lo suyo, corriendo hacia una furgoneta aparcada con el motor en marcha…

Soy una detective nata, con solo echar un vistazo, lo vi todo: matrícula, color de la ropa, estatura de ella y la de él, hasta un tatuaje, como el mío, que los dos llevaban en el brazo izquierdo.

Si esto fuera una novela, no me sentiría tan nerviosa.



© Marieta Alonso Más

domingo, 1 de noviembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Un café parisino

 



Aquella mañana del mes de agosto salí de casa. Me ahogaba. Después de dos horas andando por la ciudad, extenuada, me senté en la terraza de la cafetería que estaba a los pies del río.

Me percaté de que muy cerca, sentado en el suelo, se encontraba un estrafalario anciano. Vestía unos pantalones con una pata de cuadros verdes y la otra de rojos. La casaca era de rayas azules y blancas. En la nariz llevaba una cáscara de huevo pintada de rojo y a su lado un sombrero hongo le servía de limosnero.

De niña nunca me gustaron esos personajes que lloran para hacer reír. Para una buena llantina me bastaba con dar repaso a mi vida. Ya sé, ya sé, que existe la tristeza y la alegría, el odio y el amor, los traidores y los aliados. Todo tiene su complemento, aunque a veces lo malo, viene junto. Como cuando la lavadora se rompe y a las pocas horas se descompone el frigorífico y, no contento con ello, la lámpara del salón, esa que parece hecha de lágrimas, se cae sobre la mesa de cristal y las dos se hacen añicos. Mi abuela, en esos días aciagos, repetía: «Bien vienes mal si vienes solo.»

Intentaba entretenerme con los transeúntes o con los que se sentaban en otras mesas, pero mi vista siempre se iba a aquel anciano con pinta de haber trabajado en un circo.

El camarero se acercó y pedí un refresco de limón y un sándwich mixto. Me sonrió al tiempo que cantaba: Marchando la comanda. Tenía unos ojos azules tan bonitos como aquel actor de cine, cuyo nombre no recuerdo y que tanto me gustaba.

Cuando regresó traía dos refrescos de limón y dos sándwiches. Lo mío lo dejó en mi mesa y el duplicado se lo llevó al anciano de la nariz con la cáscara de huevo. Gracias, le oí susurrar al recibir unas palmaditas en el hombro. Tenía los mismos ojos azules del camarero.

Quizás lo mío era mucho menos grave, que lo de aquel payaso y lo del camarero… Inhalé fuerte y solté despacio. Mejor no saber sus historias. Y obedecí a lo dicho por aquel estadista inglés: «Si pasas por una tormenta, sigue caminando.»



© Marieta Alonso Más

sábado, 31 de octubre de 2026

El caballo de Troya

 



Hacía muchos años que los griegos bajo el mando del rey Ulises, sitiaban la ciudad de Troya sin lograr conquistarla.

Ulises tuvo una gran idea: construir un caballo gigante de madera para engañar a sus enemigos. De noche, se metieron en el caballo los más valientes guerreros griegos. Y los demás, a la mañana siguiente, embarcaron en sus naves como si se marcharan.

Los troyanos se pusieron muy contentos al ver la retirada de sus enemigos. Salieron de la ciudad y se quedaron con todo lo que habían dejado los griegos. Aquel enorme caballo les llamó poderosamente la atención y decidieron llevarlo dentro de sus murallas, como si fuera un botín conquistado al enemigo.

Los troyanos celebraron durante toda la noche lo que creían que era una victoria. Pero mientras dormían, Ulises y sus soldados salieron del caballo y sigilosamente abrieron las puertas de Troya para que pudieran entrar el resto de las tropas griegas, que habían regresado aprovechando la oscuridad de la noche.

Y así, gracias a la astucia de Ulises, en muy pocas horas conquistaron lo que no habían podido conseguir en muchos años.




jueves, 29 de octubre de 2026

Cristina Vázquez: Otros tiempos

 


Para mi amiga Oriente, la memoria que queda

El mes de abril era uno de los preferidos de Ángela porque la acercaba al verano. Esa era su estación preferida. La luz infinita alejaba la noche, los límites a su libertad disminuían y los besos robados de Andrés le chispeaban como un audaz recuerdo.

Durante el año, sólo le había vuelto a ver en un par de ocasiones en las que sus familias se reunieron para un cumpleaños y una paella en el jardín de los padres de Andrés. Ellos se miraban con el recelo de su secreto veraniego y Ángela no podía evitar que le irritara la falta de decisión de ese chico tan rubio y alto, tan guapo y soso, la verdad. No hizo ninguna alusión o guiño a su aventura veraniega, ni tampoco una llamada. Eso le partía el corazón, pero como su familia se enterara que había salido con él, le esperaba un castigo eterno.

—No tienes edad.

Le recriminaba siempre su padre ante cualquier intento de libertad que él llamaba subversión.

—Voy a cumplir dieciséis —le gritó la última vez, lo que le valió un mes encerrada en casa.

Maldito ogro, comentaba con Beatriz, su amiga íntima que también disfrutaba de un padre autoritario, aunque superar al suyo era imposible, confesaba entre lágrimas e ira contenida. ¡Imposible!

Al llegar el mes de abril, se produjo el milagro. Andrés la llamó y quedaron para verse ese sábado. Su amiga iría con Iñigo, otro amor secreto. Demasiado jóvenes para esas tonterías. Demasiado jóvenes para todo, se lamentaban ellas.

Por fin se reunieron con el nerviosismo y la ilusión del momento largamente deseado. No sabían qué hacer y decidieron ir a un cine. La película era Candilejas y la gruesa cortina que separaba la sala de cine de la entrada, le dio en el ojo a Ángela y se le cayó una lentilla, pero no dijo nada, no la iba a encontrar y además jamás confesaría su astigmatismo. La película, que Angela vio desenfocada, les aburrió y decidieron ir a merendar, siempre mirando el reloj, pues las nueve era la hora de vuelta. Al salir caía una manta de agua que no les desanimó a recorrer el camino de vuelta para acercarse lo más posible a casa de Beatriz, donde la iban a recoger.

Llegaron calados a la cafetería y mientras esperaban que se quedara una mesa libre ellas dos fueron al cuarto de baño a intentar secarse sus largas, jóvenes, brillantes melenas en el radiador. ¡Bella a toda costa! Ángela se veía a medias en el espejo por la falta de la lentilla que decidió quitarse. Pese a la nebulosa en la que se quedó, todo menos ponerse las gafas, pudo comprobar el decepcionante resultado de su pelo: húmedo, lacio, sin pizca de volumen.

El transcurrir de la tarde no dio cabida a que hubiera un poco de intimidad, algún momento de recuerdos tiernos, un reconocimiento de los prolongados anocheceres y besos de agosto. Andrés era tímido, no conseguía soltarse y el ruido abrumador de la cafetería no hacía fácil la conversación.

Tras la última ojeada al reloj, salieron a toda prisa otra vez a la lluvia, ahora menos furiosa, y se acercaron con paso ligero a la casa de Beatriz. Al entrar al amplio zaguán vieron que los padres de ellas charlaban amigablemente. No les dio tiempo a que los chicos se fueran, eran épocas en que acompañaban hasta el portal, y se quedaron los cuatro como estatuas.

—Mira quienes vienen —dijo su padre con cierta sorna.

—Nuestras hijas muy bien acompañadas —contestó el de Beatriz con irritación contenida.

Iñigo y Andrés, después de saludar educadamente, desaparecieron como almas que lleva el diablo. Castigadas dos meses sin salir, por desobedientes y mentirosas. Las dos chicas se miraron con la desesperación y el desgarro propio de la juventud y el temor a la severa reprimenda que les iba a caer.

Andrés no volvió a llamar nunca y veinte años después Angela lo reconoció de lejos en un concierto, pero no se saludaron.

Menos mal que esos tiempos habían pasado.

© Cristina Vázquez

martes, 27 de octubre de 2026

Coturnos

 



Son un tipo de calzado de suela muy gruesa que se ataban con tiras de cuero hasta la pantorrilla. Se utilizaba en la antigüedad grecorromana, por los actores clásicos, y así aumentar su estatura en el escenario, dependiendo de la importancia del personaje para darle visibilidad sobre el escenario.

Después se extendió su uso entre las mujeres de Roma. En el siglo XIV reaparecen como kabkabs, unos pequeños zancos para proteger los pies en el imperio otomano. Y un siglo después, comienzan a usarse en España con la suela de corcho. Se llamaban chapines y lo usaban las mujeres.

Catalina de Medici popularizó su uso entre las damas de la nobleza italiana para parecer más altas en el siglo XV. Algunos modelos llegaban a los 75 cm de altura, lo que obligaba a usar bastones o apoyarse en las sirvientas para no caer al suelo.

Las cuñas como la conocemos ya en el siglo XX, pero con mucha altura, las inventó Salvatore Ferragamo en los años 30. Y a partir de los 90 fueron perdiendo centímetros para resultar más prácticas, pero se incorporaron a todo tipo de calzado, incluso el deportivo.

domingo, 25 de octubre de 2026

Cabo San Vicente

 



En el extremo suroeste de Portugal, donde la tierra parece terminar y el océano Atlántico se extiende hasta el infinito, encontramos el cabo de San Vicente. Por su ubicación se le llama también el Finisterre de Portugal.

Al borde de los acantilados de doscientos metros encontramos una fortaleza levantada en el siglo XVI donde había un convento franciscano medieval que, según cuenta la leyenda, había custodiado los restos mortales de san Vicente y donde acudían numerosos peregrinos.

Historia, naturaleza y leyenda se entrelazan en este lugar de gran belleza y misticismo.

Se cuenta que, en el siglo IV el emperador Dioclesiano torturó a muerte al cristiano Vicente de Zaragoza por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos.

Con la invasión musulmana, sus restos fueron depositados en una barca la deriva en el mar, que llegaría a esta costa.

En el siglo XII, Alfonso Enríquez prometió recuperar los huesos del mártir san Vicente si reconquistaba Lisboa. Lo hizo en 1173 y se cuenta que dos cuervos protegieron la nave durante su viaje de regreso a la ciudad.

San Vicente se convirtió en el patrón de Lisboa, que por ello tiene como símbolos los cuervos y el barco.