domingo, 3 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: Educación ante todo

 


 

Era un hombre de una sensibilidad rayana en la cursilería, como si fuera de otra época. Cuando hablaba con una mujer se quitaba el sombrero. No se sentaba en el coche sin antes no abrir y cerrar la puerta de la acompañante. Y ayudaba a colocar el cinturón de seguridad.  

Un día se enamoró de una mujer que aparentaba ser de alta cuna, pero en el fondo, si se la lijaba un poco, no mucho, era chabacana, soez, zafia...

No tardó en sacar a flote su verdadera naturaleza y por la bonita boca comenzó a brotar todo el vocabulario del arrabal de donde provenía. Las palabrotas, los insultos, las amenazas no se hicieron esperar.

Aquel infeliz se ponía rojo como la grana hasta que un día, en su desesperación, musitó:

—Te quiero, pero me veo forzado abrir las puertas de mi casa para que te marches.

Ella muy ofendida le gritó tales cosas que los vecinos asomaron la cabeza.

Dos lágrimas manaron de los ojos de aquel caballero y susurrándole rogó:

—Por favor no me fuerces a enviarte allí donde se depositan las heces fecales.

  

© Marieta Alonso Más

sábado, 2 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: A veces, ocurren cosas muy raras

 



Ayer, estuvo nevando toda la tarde y no pude salir a dar los cinco mil pasos que me recomendó el doctor. Por lo que, me puse a bordar a punto de cruz, una taza de café, platillo y cuchara en un paño de cocina, frente a la ventana.

De pronto, llegó la tía Ofelia, que a los veinte años murió en extrañas circunstancias y se sentó a mi lado. Por aquel entonces yo tenía doce, ahora voy camino de los cien.

Venía dispuesta a merendar y a contarme su vida y muerte. Yo encantada. Pero, se alargó tanto, que dio lugar a que la chica que me cuida de noche hiciera acto de presencia. Por lo que le pedí a mi querida tía que volviera al día siguiente para poder escuchar el final de la historia. Me dijo que sí.

Hoy, a la misma hora de ayer, me senté a esperarla, frente a la ventana, con el mismo bordado, todo igual, salvo que no nevaba. No apareció. Quise darle todo tipo de facilidades, abrí la ventana, preparé una mesa para merendar: Torrijas. Ni siquiera salí a dar mi caminata diaria. Pero, no volvió.

Y fue cuando me di cuenta que, la hermana de mi madre, se me había aparecido como si fuera joven y llevaba muerta unos ochenta y siete años. ¡Lástima! No pude reanudar tan interesante conversación.

Y aquí estoy…, sin saber quién fue su asesino.

 

© Marieta Alonso Más

viernes, 1 de mayo de 2026

Amantes de mis cuentos: La ilusión de mi vida


 

De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada...  Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.

También quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un cierto aire. «La dolce vita» quedó grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe cómo decirlo.»

Otro de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el extraterrestre» cuando dijo: «mi casa», y las aventuras que corrí con todas las pelis de «Indiana Jones».

Nunca visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi pueblo.

Creo que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.

 

© Marieta Alonso Más

miércoles, 29 de abril de 2026

Cristina Vázquez: Romántica confusión

 


Llevaba meses sumida en una desagradable apatía, casi tristeza, después del inesperado abandono de Gerardo. Fue muy feo, muy poco señor, como dijo mi madre. “Mejor que haya sido ahora que si no, hija, días de gloria te hubiera dado el sinvergonzón ese”. Yo la miraba tratando de convencerme del futuro horrendo que me esperaba si, por fin, hubiera oído la marcha nupcial agarrada del brazo del sinvergüenza ese. Ponía cara de convencida mientras recordaba su risa, las caricias apasionadas y los proyectos que compartimos.

Para consolarme, mis padres nos invitaron a mi amiga Margarita y a mí a un crucero por el Mediterráneo. Nos subimos a ese paquebote lujosísimo, llenas de excitación y ganas de divertirnos. Bajo la premisa de que las penas con pan son menos, que nosotras redujimos a las penas con alcohol son menos, nos bebimos con disciplina y alegría parte de la bodega. Estaba todo incluido, nos decíamos en una justificación engañosa.

En el barco viajaban unos alemanes estupendos, un par de vikingazos, para entendernos. En el que yo me fijé era alto, rubio, fuerte y con ese cierto aire militar en sus gestos que a mí me arrebató desde el primer momento. Su español era mediocre, artificioso, pero suficiente para entendernos y ganar el concurso de baile que organizó el crucero justo en la mitad del viaje. Era sorprendente la agilidad de Wilhem Frederick, que así se llamaba, aunque algo mecánico dirigía sus pasos. Había hecho un curso de baile en Múnich, su ciudad natal, y agradecía sobremanera, me confesó con dulzura en la noche de nuestro triunfo, el aprovechamiento de sus clases.

—Así como el curso de español que me permite decirte lindezas a la luz de la luna —remató su romántico discurso.

Margarita trataba de bajar un poco mi entusiasmo. Ella me aclaraba que estos germanotes estaban muy bien para pasar el rato, pero que no le encontraba a Willy, ya le llamábamos así, mucho salero y aguantarle esos parlamentos supuestamente románticos, resultaba un poco ridículo. Que me fijara en las manos, insistía mi amiga, las tenía un poco bastas.

—Ya se te está poniendo cara de besugo enamorado. Calma —me recriminaba cada poco.

Me daba igual, después del abandono de Gerardo, volver a sentir unas manos masculinas, un poco callosas, pero fuertes y amables, me llenó de esperanza en el género humano. Willy me contó las maravillas de la Oktoberfest, el momento más glorioso, precioso y animoso de su bella ciudad, y me miraba expectante para que yo reconociera su sabiduría y amplio vocabulario en español.

—Muy bien, muy bien —aplaudía yo, después de chocar nuestras copas llenas de cerveza.

Él era un cervecero tradicional que amaba su país y su fiesta. Me dio un largo discurso sobre la elaboración y cómo lo hacían en su fábrica. Fue muy detallado en todos los pasos, las diferencias de maduración y tipo de lúpulos que utilizaban.

—Mi fábrica, la mejor del mundo —sus ojos refulgían de orgullo.

Convencí a Margarita de que además de guapo era dueño de una fábrica y amaba lo que hacía. ¿No era ejemplar? Un propietario con ese interés por su producto. Yo empezaba a utilizar términos precisos: alcohol por volumen, bock, enfriador de mosto…

Antes de que terminara el crucero quedamos que iría a la fiesta, él se ocuparía de mí. Y así fue. Fui a Múnich y me situé donde me indicó para verle desfilar. Y le vi, aunque me costó reconocerlo con el traje típico y el sombrerito ayudando a los caballos que arrastraban el carro lleno de barriles. Sentí que mi entusiasmo se resquebrajaba un poco, era difícil encajar al guapo vikingo del lujoso crucero con este personaje insignificante en el desfile.

Cuando después nos reunimos con sus amigos, a los que encontré ruidosos y un tanto vulgares, me dije que no tenía criterio para valorarlos y que era una estirada. Y aunque amablemente se dirigieron a mí en inglés, al cabo del rato y de varias cervezas terminaron hablando alemán. Hicieron un brindis especial por España y la novia española que había conocido en el crucero que le regaló la empresa por ser el mejor empleado.

¿Empleado? ¿Pero no era el dueño?

© Cristina Vázquez

lunes, 27 de abril de 2026

Julia de Castro: Cielos de Carbón II. Los límites del abismo de Gonzalo Arjona

 



 

Carlos, profesor universitario, ha vivido en un precario equilibro los últimos tres años desde aquel impactante viaje a París, donde un violento reencuentro con su pasado supuso tal perturbación en su existencia que terminó con la ruptura de su matrimonio con Susana.

Desde aquel viaje no puede dejar de pensar en Ruth, su amor de juventud y la persona que desató el vendaval que experimentó y que estuvo a punto de costarle la vida; aquellos hechos que pusieron patas arriba todo su universo.

Una oferta de trabajo del departamento de inteligencia estatal para luchar contra el terrorismo islámico llega para alterar ese estado de vacío y letargo por el que transita desde hace ya tiempo.

Esta nueva tarea va a llevar a Carlos a recorrer Beirut, Londres, Cali, Orán o el Sáhara en una búsqueda frenética y peligrosa contra unas amenazas muy reales y tangibles.

Al igual que en Cielos de Carbón I Cruce de sombras, Gonzalo Arjona nos introduce en una carrera trepidante por evitar lo tantas veces inevitable, mientras nos convierte en testigos directos de la lucha interior del protagonista de la novela.

Una historia que atrapa desde las primeras páginas y mantiene al lector en tensión mientras recorre esos enclaves que tan bien describe y tan bien conoce Gonzalo.

Un imprescindible la lectura de esta historia que puede leerse después de la primera parte o por separado, pues ambas tienen entidad propia. Yo recomiendo seguir el hilo que su autor ha marcado y leer las dos obras una tras de otra para entender todos esos mensajes que nos lanza desde las páginas de sus dos novelas.

 

Julia de Castro

Mi verano en libros

Julio 2022

sábado, 25 de abril de 2026

Cosméticos

 





El término se creó en el siglo XVII a partir de la palabra griega Kosmetikós que significa: «relativo a la ornamentación». Su uso se remonta a la antigüedad.

Hace 6000 años en el antiguo Egipto ya se usaba el maquillaje. Hombres, mujeres y niños, con independencia de su clase social, recurrían a la cosmética para embellecer su cuerpo, con fines religiosos y medicinales.


En la antigua Roma se daba mucha importancia a la estética y el cuidado personal. Popea, esposa de Nerón, inventó una pasta de miga de pan mojada en leche de burra, con la que se cubría toda la cara antes de acostarse.

La leche de burra se usaba para dar frescura a la piel. En el libro XXVIII de su Historia natural, Plinio el Viejo menciona la leche de burra como excelente cosmético.

Para realzar la belleza y cuidar la piel se utilizaban polvos de arroz, aceites perfumados, cremas para el rostro y ungüentos para el cuerpo. Además, aplicaban máscaras faciales y utilizaban tintes para el cabello. Los perfumes elaborados a partir de flores y especias también eran muy populares.

Los ingredientes naturales han sido la base de los productos de belleza: aceite de oliva, miel, arcilla, aceite de coco y leche de burra.

Un buen maquillaje muestra la piel suave, más juvenil. Las sombras, los delineadores resaltan los ojos y la mirada se hace más profunda, el lápiz de labios los hace ver más gruesos, oculta imperfecciones…

Un buen maquillaje puede lograr que un joven parezca viejo o viceversa, algo muy necesario para los actores.

Un buen maquillaje hasta puede lograr un despertar sexual o resaltar esa timidez propia de las mejillas sonrojadas.

jueves, 23 de abril de 2026

Mujeres protagonistas

 



A lo largo de la historia de la humanidad, hay multitud de ejemplos del talento, la valentía y el poder de las mujeres, aunque no siempre se ha reconocido.

A pesar de las barreras y desigualdades que sufrieron, estas mujeres dejaron una importante huella y hoy continúan siendo una fuente de inspiración.

En el siglo X la astrónoma y matemática árabe Fátima al-Fihri fundó la Universidad de Al-Qarawiyyin en Marruecos, la más antigua del mundo en funcionamiento.

En el siglo XVII, la astrónoma y matemática italiana María Gaetana Agnesi fue la primera mujer en escribir un libro de matemáticas, rompiendo barreras y contribuyendo al avance del conocimiento científico.

Hedy Lamarr, además de una exitosa actriz de Hollywood en la década de 1940, fue una inventora brillante. Lamarr y el compositor George Antheil desarrollaron un sistema de comunicaciones inalámbricas que sentó las bases de la tecnología Wifi y el Bluetooth.

En el campo de la literatura, la británica Mary Shelley escribió con 18 años, Frankenstein, considerada la primera novela de ciencia ficción moderna, dando lugar a un nuevo género.

Marie Curie fue la primera mujer en ganar dos premios Nobel en distintas especialidades científicas. Emmeline Parkhurst, logró el derecho al voto para las mujeres en Gran Bretaña. Ada Lovelace, primera programadora de la historia. Rosalind Franklin, química y cristalógrafa británica que contribuyó al descubrimiento de la estructura del ADN. Florence Nightingale, considerada precursora de la enfermería moderna y matemática.

Y muchas más. Si ellas pudieron…

Tú puedes