lunes, 19 de octubre de 2026

Liliana Delucchi: Quinto mandamiento

 


Ese martes Juan no llevaba paraguas. Hubiera querido ser más previsor, pero no lo fue. Sin embargo, se disculpó ante sí mismo: ya lo había sido el día anterior. Al menos eso creía, cuando bajo una lluvia similar hundiera su calzado en el barro para llegar hasta el fondo de la hondonada y regresara a la carretera después de haber limpiado sus huellas.

El camino hasta el tanatorio le resultaba largo; se sacudió el cansancio y respiró profundamente. Antes de abrir la puerta pudo escuchar los murmullos de los rezos y sentir el olor de las flores. ¡Malditas viejas!

¿Dónde estaban cuando la querida Sara se marchitaba junto al que en ese momento yacía en el ataúd?

Su pequeña y dulce Sara. La llamaba su pequeña aunque eran mellizos, seguramente porque en el mundo de esa aldea en que se había criado, por ser el hombre se creía más fuerte. ¿Lo era? Posiblemente no.

Rodeada de mujeres de luto y el bisbiseo de los rezos, su hermana contemplaba el féretro con los ojos secos y las manos cruzadas sobre la falda. Una luz apareció en su mirada cuando Juan cruzó la sala en dirección a ella, una luz de amor…, con un destello de rabia. ¿Lo sabría? Ella era capaz de intuirlo.

La historia comenzó años atrás, en el instituto. Vicente, un ser anodino a quien en esos momentos las comadres del pueblo destinaban sus plegarias, llegó a la comarca con su hablar arrastrado y un tic nervioso en el párpado izquierdo, y al muy estúpido no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de Sara. A la chica le dio lástima que fuera tan limitado y lo ayudaba con sus estudios, algo que el tonto confundió con amor, sin darse cuenta de que el corazón de la adolescente se derretía por otro, quien, al parecer, le correspondía.

Sara no era muy guapa, pero sí inteligente y rebosaba donaire. Tenía esa elegancia espontánea en las maneras que seducía a quien se acercara a ella, ya fueran profesores, padres o compañeros.

Llovía el día que, bajo los tilos, Vicente se le declaró y la joven confesó sus sentimientos por otro chico. Entonces, el rechazado cogió su bicicleta y se lanzó camino abajo, lloroso y hundido, sin percatarse de que pendiente más aguacero, más velocidad terminarían en lo que terminó: un accidente que lo dejó cuatro meses en coma. Cuatro meses durante los cuales Sara prácticamente no se separó de su cama, cuatro meses de culpa y plegarias que dieron como resultado que el enfermo despertara, aunque con una dicción peor de la que tenía antes de aquel percance, cojo y con una mano prácticamente inútil.

La carga que supuso para la mujer el resultado de su rechazo la llevó a aceptar casarse con él. Esa unión significó el comienzo de su deterioro. Desaparecieron la luz de sus ojos, su risa y aquel donaire que la caracterizaba.

Juan, incapaz de soportar dicho quebranto, dejó el pueblo y se marchó a la ciudad. Fue un tiempo de liberación para él. Sin embargo, distanciarse de la mediocridad en la que había crecido, no lo alejaba de la necesidad de rescatar a aquella con quien lo compartiera todo.

En sus espaciadas visitas para navidades o cumpleaños veía cómo su melliza se iba marchitando sin remedio, ante un marido dependiente y al que ella trataba como a un niño indefenso. Quizás lo fuera. El pelo sedoso de Sara perdió su brillo, sus uñas necesitaban una manicura y los hombros se le caían con la pesadumbre del desconsuelo.

Juan tenía que tomar cartas en el asunto. A pesar de lo difícil que se le hacía mantener una conversación con su cuñado, lo instó a abandonar su butaca junto a la chimenea y salir a dar un paseo. Semanas después lo convenció para que perdiera el miedo a las bicicletas y fueran juntos a dar una vuelta, y así fue como Vicente volvió a montar en ellas y hasta salir solo. Sara lo veía alejarse a través de la ventana y respiraba profundamente, como si el aire pudiera purificar tanto abatimiento.

Cuando el servicio de emergencias y los paramédicos descubrieron el cadáver de Vicente caído en el barranco, no se percataron de que los frenos habían sido manipulados.

Amparados bajo un paraguas, los hermanos se alejan del cementerio con paso lento. Ella aprieta el brazo de Juan y, por primera vez en mucho tiempo, sonríe.

—Estás empapada. ¿Te llevo a tu casa?

—No. A la peluquería.

© Liliana Delucchi

sábado, 17 de octubre de 2026

El gozo de viajar por España: Región de Murcia

 



Tiene un variado paisaje que incluye una costa de 170 km en el mar Mediterráneo y montañas que alcanzan hasta 2000 metros de altura, como el macizo de Revolcadores.

Los caballos del vino son un festejo que tiene lugar en Caravaca de la Cruz. Este festejo se lleva a cabo durante las fiestas en honor de la Santísima y Vera Cruz, celebradas del 1 al 5 de mayo. Cada año atrae a la ciudad a más de cien mil visitantes.

Murcia es conocida como la «Huerta de Europa» por su extensa producción agrícola, gracias a su fértiles tierras y avanzados sistemas de riego.

Cuenta con viñedos importantes en los municipios de Jumilla, Bullas y Yecla, que producen vinos con denominación de origen.

Murcia alberga el Mar Menor, la laguna salada más grande de Europa, separada del Mediterráneo por una estrecha franja de tierra llamada la Manga del Mar Menor.

El monte Arabí, en Yecla, es conocido por sus extraordinarias formaciones rocosas y el arte rupestre prehistórico de sus paredes. Ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.

jueves, 15 de octubre de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 133: Taormina




Taormina es una localidad ubicada en lo alto de un monte, en la costa este de Sicilia. Se encuentra cerca del Etna, un volcán activo con senderos que conducen a la cima. El municipio es conocido por el Teatro Antico, un antiguo anfiteatro grecorromano que aún se utiliza. Cerca del mismo hay acantilados que forman calas con playas. Un estrecho tramo de arena conecta con Isola Bella, una isla diminuta y reserva natural.


Pincha en el link y disfrutarás de nuestros cuentos

https://www.nuevoakelarreliterario.com/las-ruinas-de-taormina/ 

martes, 13 de octubre de 2026

Malena Teigeiro: El café oriental

 


Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.

Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...

Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!

También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.

Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.

¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:

—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.

—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.

—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.

Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.

Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.

Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.

A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.

© Malena Teigeiro

domingo, 11 de octubre de 2026

Un tesoro: Perístera (Grecia)

 



Perístera es una isla griega en el mar Egeo. A simple vista, parece una de las muchas islas pintorescas de Grecia, pero esconde un secreto bajo sus aguas.

En sus profundidades yace uno de los naufragios más antiguos del mundo, datado en el siglo V a.C. Este barco mercante, cargado de ánforas de vino, es testimonio de la intensa actividad comercial de la época.

Descubierto en la década de los noventa, el naufragio de Perístera ha atraído la atención de arqueólogos y buceadores de todo el mundo. Los estudios han revelado detalles fascinantes sobre la construcción naval antigua y el comercio en el mar Egeo. Las ánforas encontradas, perfectamente conservadas, ofrecen pistas sobre las rutas comerciales y las conexiones culturales de la antigua Grecia.

Perístera no es sólo un tesoro arqueológico, sino también un paraíso natural. Sus aguas cristalinas y sus paisajes serenos la convierten en un destino perfecto para aquellos que buscan combinar la historia con la belleza natural.

Así, Perístera sigue fascinando a quienes descubren su legado, sumergido en las profundidades del mar.

viernes, 9 de octubre de 2026

La cocina a mi alcance: Sopa de cebolla clara

 



Se dice que los alimentos calientes llenan más que los fríos. A mí me entonan el estómago. Me encantan las sopas. Las frías y las calientes.

Según mi amiga Chelo cuando se decida a ponerse a dieta, cosa que pospone cada día, se tomará tazones y tazones de sopa, mientras tanto a ella le gusta lo sólido.

Aunque sea algo obvio, me dice muy seria, que la sopa se ingiere con cuchara. ¡Dios mío! Lo que me faltaba. ¡Cómo si se pudiera tomar con tenedor! Y otra cosa —no para de dar consejos—, que se sirve generalmente al inicio de cada comida.

Al parecer los humanos la tomaban desde el Paleolítico Superior. Y se podría decir, sin faltar a la verdad, que las sopas de pan quizás fuera un alimento básico de la gastronomía mediterránea y europea.

 

Ingredientes

2 cebollas cortadas en rodajas finas

1 litro de caldo

1 cucharada sopera de perejil picado

100 gramos de queso parmesano rallado

Sal

Aceite de oliva

 

Preparación

Se fríe la cebolla en rodajas en el aceite de oliva. Se añade el caldo. Se deja cocer unos 20 minutos. Se retira del fuego, se añade el perejil. Y ya en el plato se echa por encima el queso parmesano.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Hacia la Virgen del Pilar, comienza el tiempo a cambiar

 


Décimo y antepenúltimo mes del año. Tiene 31 días.

Su nombre deriva de haber sido el octavo mes del calendario romano. La palabra octubre proviene del latín, idioma en el que significa: ocho meses. En la antigua Roma era considerado un mes de transición hacia el invierno.

En el hemisferio norte es sinónimo de otoño; las hojas cambian de color, el clima se enfría y los días se acortan. En el sur, en cambio, marca la primavera, un período de florecimiento y vitalidad.

Esta dualidad convierte el mes en un símbolo de transformación y nuevos ciclos.

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llega al continente americano, protagonizando uno de los mayores hitos de la Historia.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado al Santo Rosario.​