Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.
Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.
Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.
Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.
—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.
Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.
Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.
En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.
El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.
Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.
Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.
Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.







