sábado, 21 de marzo de 2026

Blanca del Cerro: Un suceso extraordinario

 



            El día había amanecido impreciso, como si no supiera qué hacer o dónde meterse, como si le diera un poco de apuro arrancar por falta de plenitud. Parecía que iba a llover, pero las nubes no se mostraban dispuestas a descargar, mientras el sol, con su innata timidez a cuestas, pese a ser el astro rey y dominar la totalidad del entorno, lo que deseaba en realidad era abrirse paso a zarpazos lentos entre colores grises, dorados y malvas, y no se atrevía a hacerlo. Un poco cobarde el sol.

Allí abajo, donde la humanidad habitualmente se desgranaba en una lucha constante, ya fuera cruenta o incruenta —eso, en realidad, era lo de menos—, una multitud, formada en principio por unas decenas de personas, avanzaba por calles y plazas, camino del parque, el único existente en aquella pequeña ciudad de provincias. El parque, en consonancia con el entorno, también era pequeño; se extendía a lo largo de un par de kilómetros, contaba con una fuente, algunos bancos de madera, veredas diminutas que lo atravesaban de lado a lado, rocas diseminadas por doquier, parterres de flores y árboles que se desperezaban por las mañanas y ronroneaban por las noches con el cántico del ocaso. Y allí, en ese parque de hadas y gnomos, decían que estaba ocurriendo el suceso extraordinario que tenía atónita y expectante a media humanidad.

Decían… a saber cuál era la verdad.

Al comienzo fueron pocos a los que atrajeron los murmullos que corrían de boca en boca, los comentarios, explicaciones, aclaraciones, apostillas y opiniones, que iban incrementándose minuto a minuto, y a continuación se fueron uniendo a la masa multitud de cotillas, de curiosos, de observadores y de fisgones, porque nadie podía creerse lo que se había escuchado, lo que se decía y comentaba, lo que corría de boca en boca, porque los rumores aumentaron y aumentaron, crecieron y se dispersaron, formaron una bola enorme que de inmediato se extendió, aunque suponían que aquello que se oía no podía ser posible. ¿Cómo iba a serlo? Sí lo había sido allá en épocas pasadas, cuando todo era diferente, cuando primaba el pensamiento por encima de la miseria, cuando la luz de la razón iluminaba al mundo, cuando el ser humano dominaba, pero en aquellos tiempos modernos y tecnológicos donde casi todo lo anteriormente improbable era factible y hasta la propia inteligencia había llegado a transformarse en artificial, resultaba bastante difícil, por no decir casi imposible, que sucediera aquello que se rumoreaba. ¿Cómo iba a serlo? ¡Cielo santo, a estas alturas de la vida!

            Y la multitud fue aumentando a medida que recorría las calles. La noticia saltaba de un lado a otro, de esquina en esquina, de rincón en rincón, subía y bajaba por los vericuetos existentes entre la realidad y la irrealidad, palabras que no podían ser ciertas por inverosímiles, frases que se acumulaban, que se espiaban unas a otras, que se aturullaban, y habían llegado a oídos de todos aquellos que habían emprendido su camino hacia el pequeño parque, quienes se miraban asombrados, alucinados y extasiados. No es posible, eso ya no sucede, nadie podía creerlo…

A ellos, a los ya centenares de curiosos incrédulos se fueron uniendo y reuniendo personas de mayor importancia y categoría, algunos periodistas, varios locutores, directores de agencias de noticias, un concejal del Ayuntamiento, una subdirectora de asuntos sociales, incluso algún político que curiosamente se sentía atraído por la cultura; tres cadenas de televisión, dos emisoras de radio, algunos medios independientes, cámaras, teléfonos móviles, vídeos, sin olvidar a ciertos influencers, a los que pareció asombroso lo que estaba ocurriendo… o lo que decían que estaba ocurriendo. Estos últimos lo comentarían en sus canales, suponiendo que fuese cierto, algo que dudaban porque ellos sabían, más que nadie, que corrían cientos de bulos, de noticias falsas, de embustes, mentiras y patrañas y que la mayoría se limitaban a ser… eso: simples patrañas inventadas para atraer mayor atención, obtener más seguidores o conseguir más adoradores, lo cual, en aquellos maravillosos tiempos, tenía su importancia. ¡Si tuviéramos que creer todo lo que se dice…! Por esa razón estaban allí, para contemplar lo increíble, para ser testigos de lo inverosímil, para dar fe de aquello que se comentaba que estaba sucediendo y nadie podía creer.

            Cada vez eran más y más, e iban aumentando, llenando calles y plazas. En un período de tiempo muy breve, en lo que tardaban en recorrer un par de manzanas, los cientos de seres humanos pasaron a ser miles, el número se incrementaba, la multitud crecía y crecía, y todos caminaban decididos hacia una meta definida.

            Antes de terminar la mañana, la pugna entre los astros quedó resuelta y, finalmente, venció el sol, que se abrió paso entre las nubes y triunfó por encima de cualquier obstáculo. Salió enarbolando su bandera de sonrisas y quedó implantado, especialmente para contemplar el curioso espectáculo que se desarrollaba allí abajo, a sus pies.

Entre la multitud, ya formada por varios miles de personas que en ocasiones se pisaban, intercambiaban palabras subidas de tono e incluso se insultaban, se produjeron altercados, que no pasaron a más gracias a la intervención de la policía. Un grupo de agentes a caballo se había unido a la masa justo antes de llegar a la Plaza Principal, ya a pocos centenares de metros del parque, y cuatro coches patrulla acompañaron a la gran multitud que ya se había formado, inundando calles y plazas. Y la masa, cada vez más apretada, cada vez más numerosa, fue caminando y caminando, y llegó finalmente a su destino. Todos se detuvieron. Por las pieles de aquellos seres nerviosos y abigarrados se extendió un suspiro infinito.

Frente a ellos estaba el parque.

            Las puertas de aquel recinto chiquito y coqueto permanecían abiertas, como solía ser habitual, pues solo se cerraban de noche, a partir de las nueve y media, cuando la oscuridad podía poner en peligro la inocencia, un hecho que nadie deseaba. Por el parque, todo teñido de esmeralda y amatista, siempre paseaban parejas, familias, mujeres acompañadas de niños, algún ente solitario, poetas, pintores, fotógrafos, creadores de sueños, inventores de fantasías y seres de lo más variopinto, porque hacía un día espléndido y el sol acariciaba con un encanto especial, como solo sabe acariciar el sol, y resultaba una verdadera delicia abandonarse al calor y permanecer allí, tranquilos, quietos, en brazos de sus rayos repletos de vida.

            El recinto palpitó como nunca ante la presencia de cientos de miles de personas que, en realidad, ignoraban lo que iban a encontrar, pero se sentían increíblemente atraídas por el misterio, la intriga y la incógnita que representaba toda aquella aventura. Porque para ellas sería una verdadera aventura tener delante la visión de algo casi desaparecido.

            La multitud atravesó las verjas de hierro y caminó lentamente por las veredas ocupando gran parte del espacio, porque eran muchos, y cada vez más y más a medida que avanzaban. Los parterres se llenaron, el césped quedó vilmente pisoteado, los árboles, la fuente e incluso los pájaros recibieron asombrados a tan increíble horda de seres humanos, pues no recordaban haber visto a tanto público reunido en toda su existencia. La masa se extendía por la totalidad del parque e incluso más allá. Todos caminaban, todos comentaban, todos deseaban ver lo que parecía imposible, todos continuaron andando, casi pisándose unos a otros, hasta llegar a un claro. Era evidente que la totalidad del público asistente no tendría visibilidad, pero los de las primeras filas comentarían, tomarían fotos y grabarían lo que allí estaba sucediendo, y la realidad, si es que existía tal realidad, correría de boca en boca y de teléfono en teléfono, y todos ellos podrían ver con claridad aquello que unos cuantos elegidos tenían delante.

Se detuvieron al unísono y allí estaba ella, sí, era cierto, lo que decían era cierto: la contemplaron y admiraron; suspiraron, abrieron los ojos, sin palabras, con gestos de sorpresa, de incredulidad y de escepticismo. Muchos ohhhh, ahhhh, ehhhh salieron de sus bocas pasmadas. Increíble, imposible, no puede ser, era verdad, no era un bulo, no era mentira, ha ocurrido, está ocurriendo en este instante, mirad, observad, contemplad, admirad, quedaos pasmados, lo estamos viendo con nuestros propios ojos, la realidad no miente, la realidad está ahí, no hay la más mínima duda. Y todos observaban como un verdadero espectáculo aquel suceso extraordinario y único en aquella época, mientras, atónitos y asombrados, abrían ojos y bocas al mismo tiempo.

El sol sonrió colgado del firmamento.

            Allí, en el pequeño parque vestido de verde, sentada sobre una piedra con restos de moho, rodeada de naturaleza, ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, sin importarle los murmullos, los sonidos o las palabras que alborotaban el aire y sin hacer el mínimo caso al entorno o a cualquier distracción, había una joven rubia y muy bella. La joven rubia, bella y con la paz y la tranquilidad retozando por su cuerpo, no debía superar los veinte años. Tenía la piel pálida, los ojos bajos y los labios apretados, y estaba muy concentrada en desempeñar una fantástica labor que, ¡oh, maravilla de las maravillas! ¡oh, suceso de entre los sucesos!, ¡oh, fantasía de las fantasías!, ya había quedado casi olvidada entre las simas de la tecnología y la incongruencia: estaba leyendo un libro cuyo título permanecía oculto tras sus manos blancas.

 

© Blanca del Cerro

jueves, 19 de marzo de 2026

Liliana Delucchi: Sin lágrimas



 Las mañanas de septiembre aún conservan la luz del verano, la calidez de esos días a veces interminables de julio y agosto.  Alma y yo caminamos hacia su colegio bajo la sombra de los árboles.  Ella, aunque ansiosa por llegar, intenta mantener el ritmo de mis pasos de anciano. Hoy es su primer día de clase, está ilusionada y deseosa de volver a ver a sus amigos. La acompaño por primera vez; mi hija me lo pidió, dado que tiene una reunión de trabajo a estas horas. Soy feliz, también mi nieta está muy contenta y lo demuestra con algunas cabriolas que la sueltan de mi mano.

Cuando llegamos a la puerta del edificio, veo una nube de niños con sus uniformes, maletas y balones. ¿Les dejarán llevar pelotas de fútbol? En mis tiempos no estaban autorizadas. De pronto, una imagen se superpone a la de esos escolares. Es una foto en blanco y negro en el fondo de mi memoria: un grupo de chavales de espalda, con sus mochilas y gorras, camino del campo de concentración que suponía para mí la escuela.

—Hagas lo que hagas, ni se te ocurra llorar —dijo mi madre, de cuya mano me cogía como si fuera una tabla de salvación—, es de débiles y de personas sin modales.

Estábamos los dos de pie a la puerta de nuestra casa esperando el bus escolar. El muy cretino llegó a su hora y en cuanto abrió la puerta, mamá, con un suave empujón, me dirigió a las fauces de ese monstruo que me trasladaría a un mundo desconocido.

Apenas pude responder con un susurro cuando el conductor me  preguntó mi nombre. Una palabra más hubiera descubierto mi congoja. Las primeras lágrimas que contuve en mi vida.

El resto fue silencio. Un silencio cortado por llantos de otros niños, las palabras de consuelo de la celadora a nuestro cuidado y el ruido del motor. A través de la ventanilla podía ver hileras de niños que se dirigían a ese lugar al que nunca hubiese deseado ir. Yo estaba muy bien en casa, con mis padres, mi abuela y la niñera, ¿qué necesidad de sacarme de ese lugar tan cálido y confortable? Fue entonces cuando vi al grupo de niños de espaldas, esa foto en blanco y negro que hoy regresa desde el fondo de mi memoria.

Cuando descendimos del bus me quedé quieto, incapaz de dar un paso hacia el edificio blanco y enorme en el cual estaba destinado a  pasar muchos años de mi vida. Seguía conteniendo las lágrimas, inmóvil debajo de un castaño. Alcé los ojos al cielo nublado. Llora tú que puedes, le dije al firmamento encapotado sin abrir la boca. Pero a él también le habrían dado las mismas instrucciones, porque no llovió. Fue entonces cuando sentí una mano en la mía. Pertenecía a un chico de mi edad, con el mismo uniforme y la misma gorra calada hasta las cejas.

—¿Vamos? Soy Alejandro.

No recuerdo si respondí con mi nombre, sólo que le di la mano y juntos entramos en el colegio. Desde ese día fuimos inseparables. Toda una vida compartiendo alegrías y sinsabores hasta que hace un par de años una horrible enfermedad se lo llevó para siempre.

Alma me deja, corre hacia el patio donde están sus compañeros. Cuando logro alcanzarla abraza a un niño de su misma edad. Le pregunto su nombre.

—Alejandro.

Esta vez no hay lágrimas que contener y el sol brilla en el cielo.

© Liliana Delucchi

martes, 17 de marzo de 2026

Maldad: ausencia de bondad

 


Grupo escultórico de Caín y Abel en Bagnères-de-Luchon


Sócrates identificaba el mal con la ignorancia. Para Platón el mal era aquello en lo que no participaba la idea del Bien. El «problema del mal», según Epicuro: «Si Dios puede, sabe y quiere acabar con el mal, ¿por qué existe el mal?».

A lo que el teólogo del siglo V, Agustín de Hipona, dio varias respuestas: Dios creó todo bueno. El mal no es una entidad positiva, luego no puede «ser», como afirman los maniqueos, pues el mal es la ausencia o deficiencia de bien y no una realidad en sí misma. Dijo que cuando se siente que no hay sentido en la vida hay un vacío, y que el mal se da por decisiones propias. Argumenta que los seres humanos son entidades racionales. La racionalidad consiste en la capacidad de evaluar opciones por medio del razonamiento, por consiguiente, Dios les tuvo que dar libertad por naturaleza, lo que incluye poder elegir entre el bien y el mal. A esto se le conoce como la defensa del libre albedrío. El teólogo del siglo XIII, Tomás de Aquino sistematizó la concepción agustiniana del mal, completándola con sus propias reflexiones en la Summa Theologica.

Maquiavelo creía que el ser humano no era ni bueno ni malo, pero que podía llegar a ser lo uno y lo otro. De manera que no resultaba aconsejable confiar en la buena voluntad de los hombres.

Para Thomas Hobbes el hombre es malo por naturaleza y a causa de un egoísmo fundamental y por un primario instinto de supervivencia en la guerra de todos contra todos, «es un lobo para el hombre».

Spinoza afirma que lo bueno es todo lo que es útil para nosotros, mientras que el mal es «lo que sin duda sabemos que nos impide poseer todo lo que es bueno».

Leibniz afirma en su Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710), que el bien es más abundante en el mundo que el mal, porque vivimos «en el mejor de los mundos posibles». 

David Hume, en su obra Diálogos sobre la religión natural (1755), vuelve a formular el problema en los términos en los que ya lo había formulado el griego Epicuro: «¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?».

Rousseau afirmaba que «el hombre es bueno por naturaleza» y es la sociedad la que lo corrompe; asimismo, «no hacer el bien ya es un mal muy grande».

Voltaire, en cambio, no distingue entre el mal de la naturaleza o físico y el mal moral o perversidad y rechaza la doctrina del pecado original, pero sin embargo proclama la existencia del dolor y su conciencia en el hombre y el beneficio de la esperanza.

Edmund Burke afirma que: «para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada».

En Kant, el ser humano tendría una propensión hacia el mal, a pesar de su disposición original para el bien. La tarea del bondadoso sería, pues, según su imperativo categórico, la de dar ejemplo como héroe o mártir.

Ya en el siglo XIX, Arthur Schopenhauer sostuvo que el mal es algo real, siendo este la norma más que la excepción y que el bien es la ausencia del mal.​ Y concluyó que vivimos en el peor de los mundos posibles.

Nietzsche intentó redefinir la ética en su Más allá del bien y el mal (1886), y afirma que hay que superar la moral judeocristiana.

La RAE define «entender» como: tener idea clara de las cosas, saber a la perfección algo, conocer el ánimo o la intención de alguien, captar el sentido de algo, considerar, opinar.

 

A veces,

es difícil entender al ser humano, ¿verdad?

domingo, 15 de marzo de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 126: El medallón

 


Medallón bajorrelieve en terracota de Battista Sforza

Esta obra se realizó para conmemorar la muerte, el siete de julio de 1472, de la condesa de Urbino, Battista Sforza. Fue la segunda esposa de Federico de Montefeltro la cual no llegó a alcanzar el título de duquesa ya que él no lo obtuvo hasta 1474. Igual que en el famoso díptico de Piero della Francesca, ella también está de perfil, inspirados ambos en las monedas antiguas.

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Que os gusten nuestros cuentos

https://www.nuevoakelarreliterario.com/el-medallon/

viernes, 13 de marzo de 2026

Malena Teigeiro: El estudiante

 


Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

miércoles, 11 de marzo de 2026

El David de Miguel Ángel

 



Es una de las obras maestras del Renacimiento, de las esculturas más reconocidas y admiradas de Miguel Ángel y símbolo de la ciudad de Florencia.

Está hecho en mármol blanco y es la representación del adolescente David bíblico cuando todavía era pastor, en el momento previo a enfrentarse con Goliat. Fue esculpido mediante cincel. Miguel Ángel lo diseñó para que fuese admirado desde cualquier punto en contraposición a la manera medieval que diseñaba las esculturas para ser vistas exclusivamente de frente. Su cuerpo se encuentra girado con un ligero contrapposto: la pierna izquierda se adelanta a la derecha, el brazo izquierdo se eleva y se curva hasta que la mano casi toca el hombro, mientras que el brazo derecho se deja caer hasta que la mano toca el muslo, el torso se curva sutilmente, la cabeza mira hacia su izquierda, manteniendo los ojos fijos en su objetivo, con las pupilas en forma de corazón y con el ceño fruncido.

Contrapposto es el término italiano utilizado para describir una figura con la mayor parte de su peso sobre un pie para que sus hombros y los brazos giren fuera del eje de las caderas y las piernas. Esto da a la figura un aspecto más dinámico o relajada. En escultura, se usa para dar sensación de movimiento.

Además, de su belleza y perfección técnica el David de Miguel Ángel alberga algunas curiosidades interesantes:

·   Para representar a un adolescente tiene la cabeza y las manos demasiado grandes y los brazos bastante largos. Es estrecho de caderas y las piernas están muy separadas. Existe una aparente incoherencia, ya que, a pesar de ser un personaje judío no está circuncidado.

 

·    Miguel Ángel seleccionó personalmente el bloque de mármol. Este había sido abandonado, debido a sus imperfecciones, en los talleres del Duomo de Florencia por más de 40 años. El artista mandó levantar un muro alrededor del bloque para protegerlo de los curiosos. Tardó cuatro años en terminarlo.

 

·     La escultura se presentó el 8 de agosto de 1504. Se necesitaron 40 hombres para trasladarla desde el taller a la Piazza de la Signoria. Actualmente se encuentra en la Galería de la Academia de Florencia.