miércoles, 29 de julio de 2026

Cristina Vázquez: Y se cayó la luna

 


A mi amigo Juan, por siempre la música.

Yo vivía cerca del Teatro Real. Madrid era entonces una ciudad más bien pequeña y los chicos jugábamos en la Plaza de Oriente o en las orillas del Manzanares. Casi no había coches y todos los del barrio nos conocíamos.

El señor Anselmo trabajaba de tramoyista en el teatro y como sabía que me gustaba mucho la ópera, cuando no estaba el jefe y tenía ocasión, me avisaba para que fuera a los ensayos. Sobre todo, cuando venía algún tenor conocido como Gayarre o una diva como la Patti. Me acurrucaba tras el escenario desde un sitio en el que podía observar el ir y venir de los del coro, de las bailarinas, de los que ponían el decorado. No llamaba la atención porque como no abultaba mucho, casi podía quedarme disimulado entre los bártulos y las cuerdas con las que subían y bajaban objetos al escenario. Verlos descender volando daba un poco de miedo.

—Cierra la boca, Manuel, que se te van a saltar las muelas —me decía el señor Anselmo cuando pasaba cerca de mí.

Lo que me hacía más feliz era cuando llegaban los artistas. Verlos de cerca, oír sus pruebas de voz antes de entrar en el escenario, observar sus nervios, cómo se transformaban con los trajes, las pelucas, las caras pintadas, los focos del último ensayo… Así iba a ser el estreno, pero con el patio lleno de gente en vez de esa oscuridad que recordaba a una cueva oscura en la que rebotaban sus voces con un eco estremecedor. Esos personajes, para mí inalcanzables, se transformaban en seres humanos con sus manías, a veces discusiones, celos y malos humores.

Volvía a mi casa tarareando algún aria que ya conocía. Iba por la calle alelado, como caminando a varios centímetros del suelo. Si me cruzaba con mi pandilla, me tomaban el pelo. “Ahí viene el angelito cantante, cursi, eres una nena, juega más a la peonza y menos música” me gritaban esas y otras lindezas que, metido en mi mundo, no escuchaba. Como luego era buen alumno, sabía dar puñetazos y ganar competiciones, adquirí un cierto prestigio que impidió me tomaran más el pelo. Además, tenía buena voz, y en el coro del colegio me encargaban los solos y el cura de la parroquia me pagaba un dinero si cantaba en una misa de postín.

Conseguí que un vecino solitario y un poco sordo, don Edelmiro, que tocaba el violín en un bar por las noches, me diera clases de solfeo y música a cambio de que mi madre le lavara y planchara la ropa. No había dinero para más, y eso de la música era muy de señoritos y de capricho, rezongaba mi padre que no llevaba bien esa afición. Nada bueno podía salir de ahí.

Una tarde, el señor Anselmo me dijo que podía ir a la ópera, pero de verdad.

—Nada de ensayos, hoy estrenan Pagliacci y canta Aureliano Pertile —me confesó emocionado—. A mi me gusta mucho, y tú te vienes conmigo.

Él tampoco tenía derecho a ir, pero había encontrado un sitio desde el que podíamos ver lo que pasaba delante y detrás del escenario. Eso sí, continuó con gravedad, no puedes moverte ni chistar. Si nos pillan, se pasó el dedo por el cuello, estaba en la calle.

Entramos por una puerta de empleados y esperamos hasta que llegara el momento en que sonara el aviso de que empezaba el espectáculo De lejos se oía el revuelo de conversaciones y risas. Nos colocamos sigilosos en el lugar designado. Mi emoción me hizo pensar que se me iba a saltar algún botón de la chaqueta o que oirían mis latidos. Todo era parecido, pero diferente. Ver el patio de butacas iluminado, lleno de vida, en el que se notaba el rebullir de la gente, se oía algún carraspeo o unas palabras hasta que salía el director y empezaba a sonar la música. Tuve que cerrar los ojos para que nada me distrajese, para vivir ese momento como algo exclusivo e irrepetible.

Notaba la respiración del señor Anselmo. Ninguno de los dos nos movíamos. Durante el descanso salimos sigilosos para estirar un poco las piernas. En el segundo acto descolgaban una luna iluminada, la luna que todos deseamos contemplar en el cielo. En medio de una sentida aria, se oyó un grito por encima de música y cantante “¡Cuidado! la luna”. El tenor se quedó paralizado y tuvo tiempo de mirar hacia arriba y dar un salto La luna le hubiera hecho papilla o por lo menos un buen descalabro. Hubo gritos, el estruendo del astro sobre el escenario enmudeció la orquesta, la gente se puso en pie. Pasados unos minutos del susto y de la sorpresa, se reanudó la obra.

Al acabar, el artista quiso saber quién había gritado. Nadie aparecía. Los dos estábamos escondidos sin atrevernos a dar un paso, hasta que Anselmo me animó:

—Vete ahora mismo al camerino. Es tu oportunidad. Si me echan que me echen.

Y así fue, llamé a la puerta, salió un ayudante y me invitó con rudeza a que me fuera, pero tuve el ánimo de decir.

—El que ha gritado soy yo.

El tenor dio un alarido, que pasara por favor, era su salvador . Al ver que era un mocoso se quedó sorprendido y me abrazó. Olí una mezcla de sudor, maquillaje y otros olores inclasificables contra el orondo pecho del hombre.

Caro, pídeme lo que quieras —me dijo en un español suave—. Te debo la vida.

—Aprender música, señor.

© Cristina Vázquez

lunes, 27 de julio de 2026

Apellidos con posible origen judío

 


Muchos pueblos y comunidades han intervenido de forma directa en el desarrollo sociocultural de España. Al igual que los árabes, los judíos sefardíes han dejado en la Península Ibérica una gran huella. Su influencia se puede ver claramente, no solo en la cultura, el idioma y la arquitectura, sino también en los apellidos.

La relación de estos apellidos está extraída de libros en los que se compilan listas de los penitenciados por el Santo Oficio de la Santa Inquisición. En este sentido, si revisamos los censos de las Juderías de nuestro país y de otras fuentes, queda demostrado que cientos de españoles llevan apellidos de origen judío.

El pueblo judío llegó a la Península Ibérica durante la época romana, pero a partir de que los Reyes Católicos promulgaran el Edicto de Granada en 1482, fueron expulsados del territorio. Los que se quedaron en el país, se convirtieron al cristianismo, aunque muchos solo de palabra. Desde aquel entonces, las comunidades judías de España y Portugal fueron conocidas como sefardíes o sefarditas.

Es muy importante aclarar que el hecho de tener un apellido sefardita no siempre es garantía de tener herencia judía. Ya que, muchos de los apellidos fueron adoptados por los judíos conversos que se quedaron en España, una práctica muy común a partir de 1492. 

  • A: Abraham, Acevedo, Acosta, Aguado, Aguiar, Aguilar, Alarcón, Alba, Aldana, Alcalá, Alegre, Alfonso, Alfaro, Almeida, Alonso, Álvarez, Amigo, Amado, Amaya, Aranda.
  • B: Baltasar, Báez, Barral, Barrios, Beato, Benavente, Benítez, Bernal, Bravo, Bueno, Bermejo.
  • C: Cabrera, Calvo, Camacho, Campo, Cantos, Carrasco, Carrillo, Carvajal, Castellanos.
  • D: Delgado, Diego, Diez, Díaz, Duque, Domínguez, Durán, Dorado, Duarte.
  • E: Enrique, Enríquez, Espejo, Esperanza, Espinosa, Escudero, Esteban.
  • F: Fajardo, Fernández, Ferrer, Ferrero, Figueroa, Flores, Fuentes, Fuertes.
  • G: Gálvez, García, Gato, Garzón, Gil, Gimeno, Giménez, Gómez, Granado, González, Gutiérrez.
  • H: Haro, Henríquez, Hernández, Heredia, Holgado, Herrera, Huerta, Hurtado.
  • I: Ibáñez, Israel, Izquierdo.
  • J: Jaén, Jiménez, Jimeno, Jorge, Juárez, Julián.
  • L: Lázaro, Leal, Lara, Larios, Leiva, León, Lima, Linares, Lobato, Lobo, López, Lorca, Lorenzo.
  • M: Madrid, Madrigal, Macías, Machado, Manuel, Márquez, Marchena, Marcos, Martínez, Marín.
  • N: Nájera, Navarro, Navas, Nieto, Núñez.
  • O: Ocampo, Ochoa, Olivos, Olmos, Oliva, Ordóñez, Olivares, Orellana, Ortega, Ortiz.
  • P: Pacheco, Padilla, Palma, Palomino, Pardo, Paredes, Pareja, Parra, Paz, Pascual, Pedraza, Pena, Pérez.
  • Q: Quirós, Quemada.
  • R: Ramírez, Ramos, Real, Rey, Reina, Ribera, Ricardo, Rivero, Robles, Roca, Rivas, Rodríguez, Ruiz.
  • S: Salgado, Salinas, Salas, Salazar, Salcedo, Salvador, Sánchez, Sancho, Serra, Serrano, Sierra, Silva.
  • T: Talavera, Toledo, Torre, Torres, Trigo.
  • U: Úbeda, Uría, Urrutia.
  • V: Valero, Valle, Vara, Varela, Vargas, Vázquez, Vega, Velázquez, Vera, Vergara, Villanueva, Vidal.
  • Z: Zalazar, Zaragoza, Zúñiga.

sábado, 25 de julio de 2026

Una verdad de Perogrullo

 



Según la RAE: perogrullada es verdad o certeza que por notoriamente sabida es necedad o simpleza al decirla.

Se considera bastante fiable la teoría de su origen en un documento de 1460 titulado «Profecía», cuyo autor firma con el seudónimo de «El Evangelista». Es un relato breve y satírico en el que se habla de un personaje, al que se describe como un ermitaño profeta, Pero Grillo. Posiblemente nunca existió, y es uno de los muchos Pedros y Juan Lanas que pululan por las expresiones populares sirviendo de prototipos de necedad.

Debió de ser un personaje muy popular de siglos pasados, pues aparece periódicamente en la literatura. Lo cita, y lo supone de origen asturiano, Francisco López de Úbeda en su obra «La pícara Justina», publicada en 1605.

Sancho Panza habla de él en el capítulo LXII de la segunda parte del Quijote: «Son esas profecías de Perogrullo, que a la mano cerrada llamaba puño».


Algunas de las más conocidas:

  • Si tratas de lavarte el pelo y no lo logras, tratas de peinarte y no lo logras, será mejor que te quites el sombrero.

  • Todos los grandes fueron chicos alguna vez.

  • Si un día vas descalzo y sientes un pinchazo en la planta del pie, seguramente te has pinchado.

  • Si estás con alguien, alguien está contigo.

  • Si dentro de una habitación quieres ver y no puedes, debes encender la luz.

  • Ruin habilidad, meter mentira para sacar verdad.


Por último, Francisco de Quevedo, en «La visita de los chistes», lo utiliza como interlocutor y pone en su boca proféticas perogrulladas como estas: 


«Las mujeres parirán,

si se empreñan y parieren

y los hijos que nacieren

de cuyos fueren serán.»



jueves, 23 de julio de 2026

Julia de Castro: Julia está bien de Bárbara Montes

 



 

La búsqueda apresurada de una solución a sus problemas permite a Sofía reencontrarse con su abuela Julia, con la tremenda historia de esta y consigo misma.

Después de la ruptura de su matrimonio y de haberse quedado en el paro, la joven se muda a casa de su abuela para cuidarla. La convivencia con la anciana va a sorprender a Sofía, sus largas conversaciones van a permitir que conozca una historia de la que nunca se habló en la familia, a la vez que le va a proporcionar la seguridad en sí misma y la fuerza necesaria para emprender una vida nueva de la que solo ella llevará las riendas.

La abuela Julia, esa mujer vulnerable y casi ciega, se descubre ante sus ojos como una joven tremendamente valiente y fuerte, capaz de hacer frente a las pruebas más duras que la guerra, las envidias y la miseria le pusieron por delante para salvar al hombre al que amaba y proteger a su propia familia.

La novela es un continuo ir y venir entre el pasado de Julia y el presente de Sofía, que se encuentra en su peor momento, atrapada en una relación que ha minado su autoestima y la ha dejado sin vigor y sin objetivos. Gracias al apoyo de la familia y a las cáusticas recriminaciones de Julia, la joven terminará por descubrirse a sí misma y a su propia fuerza bajo de la depresión y el abatimiento.

Me quedo con varias cositas interesantes de la novela. La dura historia de Julia, que parece está basada en su propia vida, su determinación y su fuerza de voluntad que la hace enfrentarse a un hombre poderoso y que siempre estuvo encaprichado de ella. Aunque también es cierto que, no muchas historias de este tipo alcanzan un final feliz. La bellísima relación entre Julia y su nieta Sofía, que retoman cuando una ya está en el ocaso de su vida y la otra iniciando su madurez, al final, ¿quién cuida de quién? Y el humor que rezuma toda la narración.

Una novela que habla de amor, del horror de la guerra, de la familia, del sacrificio, de heroísmo y, en definitiva, de la vida de las personas corrientes, como cualquiera de nosotros.

 

Julia de Castro

Mi verano en libros

Julio 2021

martes, 21 de julio de 2026

Blanca del Cerro: El rey del mundo

 



        Voy a ser el rey del mundo, pensaba mientras descansaba en su cama tras la siesta, y voy a dominar a todos, tendré a todos ellos ─y ellas, claro─ a mis pies, bajo mi batuta, como hasta ahora, pero mucho mejor, con un dominio más a fondo, más entregados, más sumisos, más miserables. Empecé bien, no lo dudo ni lo he dudado nunca, porque en los comienzos me rodeé de aquellos ─y aquellas, claro─ que no servirían en absoluto en cualquier otro escenario pues, en el fondo no saben ni sabrán jamás nada de nada. Yo lo sé, aunque ellos lo ignoren, o si no lo ignoran lo disimulan bien porque poderoso caballero... Son idiotas que a los que hay que usar y, en su momento, tirar, que es lo que haré en el futuro, cuando salga de aquí, cuando finalice mi reposo. Por eso los nombré ministros ─y ministras, claro─; por eso quise revertir el lenguaje y usar uno más acorde a mi pensamiento (el único válido); por eso me rodeé de afirmaciones ─que posteriormente fueron mentiras, pero tal hecho carecía de importancia─; por eso escalé paso a paso, pisando y machacando a cualquiera; por eso creé el mundo maravilloso en el que yo estoy arriba y el resto abajo. Si supieran lo poco que me importan… Pero había que decir lo contrario, que ellos, mi pueblo, eran lo único, lo mejor, que siempre lucharía por mis vasallos, que buscaría su bienestar, y que todo lo que hiciera sería por su bien, (como si a mí me importaran) pero siempre, siempre, cubriéndome las espaldas, nombrando jueces a mi favor, políticos a mi favor, magistrados a mi favor, iguales a mi favor, súbditos a mi favor y lacayos a mi favor. La humanidad al completo a mi favor. Y sibilinamente, sin que se percataran, me fui deshaciendo de aquellos ─y aquellas, claro─ que no pensaban como yo, que no comulgaban con mis ideas, que no seguían la línea de mi pensamiento. Y cuando salga de aquí, ya dentro de poco, seré el emperador del universo y todos ─y todas, claro─ me adorarán.

        Yo seré el rey del mundo.

        El sonido de la puerta cercenó de cuajo sus pensamientos.

        ─Es la hora del paseo ─dijo el primero de los enfermeros mientras otros dos se acercaban a la cama, le sujetaban los brazos, le levantaban y le ponían una camisa de fuerza. Así era mucho más seguro.

Salieron tranquilamente de la celda mientras el sol se colaba por la ventana un poco antes de decir adiós al mundo.

 

© Blanca del Cerro

domingo, 19 de julio de 2026

Liliana Delucchi: Un epílogo italiano

 


Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

viernes, 17 de julio de 2026

La cabina telefónica

 



 

Fue inventada por William Gray en 1889, quien patentó su diseño en Hartford, Connecticut. La primera máquina que permitía realizar llamadas sin la intervención de un operador, cobrando el costo de la llamada directamente.

Estas cabinas telefónicas han dejado una huella imborrable en el paisaje urbano y en la cultura popular. Han sido representadas en películas y obras de arte, simbolizando una era de comunicación. El diseño más conocido son las rojas usadas en varias ciudades del mundo.

En España, la primera se instaló en 1928, en Madrid, en el Parque del Retiro, donde hoy está Florida Park. En aquel entonces se necesitaba una operadora para atender las llamadas.

Sin embargo, si nos referimos a las cabinas tal como las conocimos, con un cubículo destinado a albergar el teléfono público, hay que retroceder a 1963 cuando se instalaron las primeras cabinas telefónicas de este tipo en España.

Comenzaron a desplegarse en las vías públicas de nuestras ciudades, primero en Madrid y Barcelona, y posteriormente en otras ciudades. Estas primeras cabinas solo eran válidas para realizar llamadas urbanas. Los modelos estaban hechos de aluminio y vidrio, con un aparato de fichas y soportes especiales que contenían la «Guía telefónica urbana» de la propia población. 

En los años de 1970, llegaron las cabinas que aceptaban monedas, cuando Telefónica comenzó a sustituir los teléfonos antiguos por nuevos aparatos adaptados para las pesetas.

En su apogeo, 1990, España llegó a tener más de cuarenta y dos mil cabinas en funcionamiento.

Hoy, se encuentran en vías de desaparición por falta de rentabilidad a pesar de estar consideradas servicio universal en Derecho europeo, a pesar de haber representado un punto de conexión vital en la vida cotidiana de muchas personas antes de la llegada de los teléfonos móviles.

 

Adiós

Querida cabina

¡Cuántos recuerdos!

Adiós