Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.
Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...
Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!
También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.
Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.
¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:
—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.
—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.
—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.
Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.
Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.
Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.
A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.






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