CUENTOS de MARIETA
jueves, 29 de enero de 2026
Cristina Vázquez: La vuelta
martes, 27 de enero de 2026
La Ley Sálica
En sus orígenes, fue el
Código legal de los francos salios, de ahí su nombre, compilado y publicado en
latín en el siglo V, comienzos de la Alta Edad Media, bajo el reinado de
Clodoveo I.
Se la conoce, sobre todo, por
la regulación que hace de la sucesión monárquica a favor de los varones, pero
se ocupaba también de otros muchos asuntos, como herencias, crímenes, lesiones,
robos, hechicerías y maleficios.
Fue uno de los códigos
legales que más influyeron en la tradición legal medieval europea y en el
desarrollo posterior del derecho consuetudinario. También tuvo un impacto
significativo en la sucesión al trono en diversas monarquías europeas.
A lo largo de la historia la
Ley Sálica se convirtió en una fuente de controversia y conflicto en la
sucesión al trono de diferentes reinos europeos.
Hoy en día esta ley ha sido
abolida o modificada en las monarquías europeas y las mujeres tienen igualdad
de derecho en la sucesión al trono.
Sin embargo,
la Monarquía Española y el Principado de Mónaco constituyen
dos excepciones: en ambos países se aplica actualmente la llamada ley
«agnaticia», diferente de la ley sálica, que para la sucesión al trono sitúa a
las mujeres por detrás de sus hermanos varones, aunque estos sean de menor
edad.
En la imagen un manuscrito de 794 que hace mención de la ley.
domingo, 25 de enero de 2026
Saltos del Moconá (Argentina y Brasil)
En
la provincia de Misiones hay dos grandes atractivos turísticos: las cataratas
de Yguazú y los Saltos del Moconá.
A
diferencia de las demás cataratas, no son transversales al curso de las aguas,
lo curioso es que son longitudinales y que la falla geológica que origina la
caída del agua se encuentra paralela al río, a la costa. Oscilan entre cinco y
diez metros de altura, durante unos tres kilómetros en el curso del río Uruguay
en la frontera entre Brasil y Argentina.
Se
encuentran casi completamente del lado argentino, dentro de la Reserva de la
Biosfera Yabotí, (tortuga en guaraní), en el noreste de Argentina. A excepción
del extremo norte, que dan al lado brasileño y se le llama salto del Yucumá, y
se encuentran en el Parque del Turvo.
En guaraní
Moconá significa: «que todo lo traga».
Si
la flora y la fauna nos atrae, allí descubriremos cómo conviven: árboles,
arbustos, lianas, enredaderas, plantas epífitas junto a las aves, mamíferos,
reptiles, peces y anfibios en un equilibrio natural, pudiendo realizar diversas
actividades como senderismo, paseos en kayak, travesías 4x4, degustación de
comidas típicas, el encuentro con las comunidades de pueblos originarios y
también un centro de interpretación.
No
todas las épocas son adecuadas para ver los saltos, depende del caudal del río,
solo cuando está bajo pueden verse. En época de crecidas están bajo el agua.
La
reserva Moconá fue creada en 1967, cuando Juan Alberto Harriet,
propietario del terreno, donó las novecientas noventa y nueve hectáreas donde
se encuentran los saltos.
¡No te los pierdas!
viernes, 23 de enero de 2026
Julia de Castro: Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina
El relato que
hoy os traigo me ha sorprendido y me ha enganchado. Muchas veces oí hablar de
las deportaciones forzosas a Siberia llevadas a cabo por el régimen
estalinista, pero la historia que Guzel Yájina presenta en este libro nos pone
delante de los ojos una realidad poco aireada.
La política de
colectivización agraria marcó la vida de campesinos (kulaks) que fueron arrestados, deportados a la taiga siberiana, una
especie de nada con la que luchar para arrancar a la naturaleza lo mínimo
imprescindible para la supervivencia y el pago de su supuesta deuda con el
estado en aplicación del sistema GULAG dirigido por el NKDV (Comisariado del
Pueblo para Asuntos Internos). Los deportados vieron confiscadas sus tierras y
sus bienes, apresados y, en ocasiones, asesinados sin derecho a alzar la voz.
Zuleijá,
casada siendo una niña con un hombre treinta años mayor, trabajando día y noche,
maltratada por su marido y su suegra que, nunca la consideró suficiente, y
pariendo hijas que morían inmediatamente, se ve arrancada de todo lo que conoce
y trasladada en un viaje interminable e infernal en el que descubre que
nuevamente está embarazada, hasta un lugar inhóspito y olvidado del mundo donde
tendrá que criar a su hijo entre desconocidos, trabajos extenuantes, frío y
hambre.
Aquellos
primeros deportados: kulaks,
intelectuales y cualquier supuesto sospechoso de ser enemigo del régimen,
levantaron con sus propias manos un triste asentamiento que, poco a poco, fue
creciendo con la llegada de nuevos trabajadores forzados.
La
menuda y silenciosa Zuleijá tuvo que aprender a vivir de nuevo dejando olvidado
todo lo que había constituido su existencia y en lo que creía para renacer a una
vida totalmente distinta en la que conocerá el hambre, el miedo, el frío, la
maternidad plena o el amor y participará activamente en la construcción de un koljos a orillas del río Angará
Zuleijá
compartirá esta historia con otros colonos de muy diversas procedencias, todos
ellos van a enredar sus vidas con hilos invisibles: Kárlovich, Ikonnikov, Gorelov,
Isabella, Lukka y, es especial, Yusuf, su hijo, y el comandante del campo
Ignatov.
Esta
es una obra que deja poso tras su lectura. Las imágenes tan espléndidamente
retratadas, los personajes, las relaciones establecidas, los hechos históricos
que relata y la denuncia implícita que se vislumbra, se quedan en la retina y
en la mente dando vueltas a otra de tantas atrocidades de la humanidad.
En
definitiva, esta primera novela de Guzel Yájina es una lectura totalmente
recomendable si no tienes miedo a zambullirte en historias con cierta
profundidad.
Julia de Castro
Mi primavera en libros
Junio 2023
miércoles, 21 de enero de 2026
Blanca del Cerro: La exquisita educación
El día me recibió con caricias y una
brisa suave llena de consuelo. Salgo diariamente a la calle y paseo por todo
Madrid porque me gusta, me calma y estoy en contacto con seres desconocidos,
aunque no por eso, menos interesantes. Soy una anciana de setenta y nueve años,
al borde de ser octogenaria, y me gusta la vida, por lo que la disfruto en la
medida de mis posibilidades. Me quedé viuda con tan solo sesenta y dos debido a
ese maldito cáncer que se lleva a muchos y deja a otros tantos en la miseria
moral. Mi querido Adolfo desapareció en un suspiro.
Casi siempre voy en autobús, aunque
a veces, cuando hay ascensores, bajo hasta el metro, un transporte que me
agrada porque es rápido, cómodo, seguro y no tiene atascos. Hoy he decidido ir
en suburbano hasta Ópera y pasear por la calle Arenal. En realidad, el lugar
elegido se denomina la Plaza de Isabel II, aunque nadie le da su nombre real.
Al abrirse la puerta del ascensor, entran en tromba tres jovenzuelos, por
supuesto, ellos antes que nadie, yo espero pacientemente y paso la última. Al
salir, ocurre exactamente igual. Ni buenos días, ni un saludo, ni una palabra
y, por supuesto, nada de ceder el paso. La exquisita educación de determinados
seres me tiene admirada y anonadada.
Durante
el trayecto, en el vagón permanezco de pie mientras contemplo a varios hombres,
no demasiado mayores, sentados, al igual que un par de niños con sus madres, y
tres o cuatro chicas veinteañeras enfrascadas en sus móviles. La exquisita
educación de determinados seres me admira y me subyuga. Un hombre, posiblemente
sudamericano, me cede su asiento. ¡Cielos! ¿Estaré soñando? ¿Será realidad lo
que ha ocurrido o seré víctima de una alucinación? Le doy las gracias. Los
restantes pasajeros ni se inmutan.
Ya en la calle Arenal, camino de la
Puerta del Sol, voy a entrar a una tienda, pasan primero dos chavales y ni
siquiera sujetan la puerta, que no acaba de caerme encima porque lo impido con
la mano. La exquisita educación de determinados seres me produce asombro y
pasmo al mismo tiempo. La dependienta me hace esperar hasta que no queda nadie
en el local, momento en el cual me atiende, porque no le queda otro remedio, no
con demasiado entusiasmo. Le pido lo que quiero por favor, y ni siquiera me da
las gracias. La exquisita educación de determinados seres me sorprende y
fascina a partes iguales.
Me encanta la Puerta del Sol,
plagada de edificios con solera y las estatuas que se levantan, llenas de
murmullos y tiempo. Bajo por la Carrera de San Jerónimo hasta el Paseo del
Prado y decido coger un autobús, en lugar de volver en el metro. El autobús va
bastante lleno y, gracias a la exquisita educación de determinados seres allí
presentes, nadie me cede su asiento. Llego hasta el fondo del vehículo y
milagrosamente encuentro un sitio, que consigue ocupar antes que yo un hombre
cuarentón y calvo, que tiene la delicadeza de sonreír antes de quitarme el
sitio. La exquisita educación de determinados seres no deja de maravillarme e
impactarme. Permanezco de pie durante todo el trayecto, cuestión que importa
poco a quienes me rodean.
Unos días antes, la semana pasada
creo recordar, cuando me quejé ante un grupo de jóvenes sobre determinadas
actitudes relacionadas con la exquisita educación existente hoy en día, uno de
ellos me increpó diciendo: “¿No queríais igualdad? Pues ahí la tenéis.” Yo le
respondí que nada tenía que ver la igualdad con la educación, la cortesía, el
detalle, el respeto, la urbanidad, la galantería o la delicadeza, pero salió
corriendo y ni siquiera escuchó mi respuesta. Supongo que no tendría ni idea
del significado de tales términos y debería buscar dichas palabras en el
diccionario, o mejor en Internet, ya que también desconocería lo que es un
diccionario, pero, a estas alturas de la vida, no me voy a preocupar demasiado
por esa exquisita educación existente en la actualidad la cual, pese a todo, me
pasma, admira, alucina y desconcierta.
¡Qué le vamos a hacer!
©
Blanca del Cerro
lunes, 19 de enero de 2026
Liliana Delucchi: El intruso
sábado, 17 de enero de 2026
Escudo de la Villa de Madrid
Tiene su origen en la Edad
Media. Es de plata, una osa apoyada en un madroño. Bordura de azur cargada de
siete estrellas de seis puntas blancas. Al timbre, corona real abierta.
«… En
tiempo de don Alfonso VI viniendo a ganar este reino de Toledo, el primer
pueblo que ganaron fue Madrid, y para denotar que así como aquellas siete
estrellas que andan alrededor del Norte son indicio de la revolución y del
gobierno de las orbes celestiales, así Madrid como alcázar y casa real y
primeramente ganado, había de ser pueblo de donde los hombres conociesen el
gobierno que por la asistencia de los reyes y señores de estos reinos de Madrid
había de salir, y también porque este nombre Carpetano, quiere decir Carro, por
eso tomó las siete estrellas que en el cielo llamamos Carro.»
Escudo de Madrid de la Casa del Pastor, en la calle de Segovia, considerado como el más antiguo que se conserva en la capital.
Tienda en la calle Concepción Jerónima con un escudo de Madrid esculpido en su parte superior.
Detalle del escudo de Madrid en la Fuente de la Alcachofa en el Parque del Retiro.









