jueves, 29 de enero de 2026

Cristina Vázquez: La vuelta

 





Todas las tardes del mes de julio, la oronda mujer se sentaba a la mesa que tenía reservada.

—¿Lo de siempre?, doña Antonia —se afanaba cortés el camarero, conocedor de las buenas propinas que solía dejar.

—Hoy voy a tomar champán —subió la mirada ribeteada de verde—. Es una fecha especial.

Con los ojos cerrados, suspiró con teatralidad e hizo un ligero movimiento de despido al camarero con su enjoyada mano. Enjoyada y regordeta como era toda ella. Tenía el pelo teñido de rojo, sujeto en un alborotado moño, las manos de uñas largas también rojas como los labios que fruncía con desdén o mimo, según la circunstancia.

Al dar las ocho de la tarde la mujer aparecía en el local y se sentaba en la terraza a mirar el puerto. Exigía que le reservaran la misma mesa y ahí se quedaba un buen rato en una contemplación silenciosa.

Había llegado a ese pueblo el verano anterior y se comentó la exorbitante suma pagada por la mejor casa del promontorio. Esta formaba parte del conjunto histórico que se había mantenido casi intacto y que desde el bar Las Olas, donde iba cada tarde, se apreciaba perfectamente.

Llegaba en un Mercedes color guinda, el chófer le abría la puerta y avanzaba hacia su mesa despertando a su alrededor un aura de riqueza y poderío subrayado por las muchas joyas y el traje diferente que lucía cada tarde. El aire de diva en retirada obligaba a todo el mundo a fijarse en ella, aunque fuera una mujer rechoncha, enfajada y con un aire de vulgaridad inapelable. También cierto aire de misterio que elevaba las murmuraciones sobre quién sería esa dama, bueno, esa mujer matizaba Carmelita, la del guardarropa. Las buenas propinas pulían y a la vez exaltaban los comentarios y la curiosidad sobre su persona.

Al hablar tenía un ligero ceceo. Si se tomaba la tercera copa entonces la voz se hacía más aguda y pronunciaba las erres de manera gutural, como si fuera francesa. Ella había vivido en todo el mundo, tout le monde, concedía soñadora, y los ojos verdosos se le iluminaban con un destello de dudosa alegría.

Los camareros y el público se quedaron sorprendidos cuando Manen, el anciano mendigo que rondaba por los locales a lo largo del malecón, se sentó a la mesa de doña Antonia con su aquiescencia. Cuando el camarero fue a echarle, la señora dijo que le trajeran a Manen lo que quisiera. La severidad de su mirada obligó a detener cualquier posible protesta. Charlaban amistosamente y al acabar la comida, se levantaron a la vez y vieron cómo el mendigo se subía al asiento junto al chófer.

—Esa mujer está loca —advirtió el jefe—. Que no se le ocurra volver a sentar a ese tipejo en mi bar.

Al día siguiente, a la hora de siempre, volvió a aparecer doña Antonia acompañada por un hombre menudo que desprendía una elegancia innata, pese a que le quedaran largas las mangas de la chaqueta y su andar fuera un poco encorvado. Después de atenderles, el camarero volvió a la cocina con cara de estupor.

—¡No os lo vais a creer! El que está sentado con la doña es el Manen vestido de señorito.

Se iban turnando para llevar las copas que pedían y alguna croquetita o algo de picar, exigió Manen con desparpajo. Se fueron juntos en el coche igual que la tarde anterior y repitieron esta ceremonia hasta que terminó el mes de julio. Doña Antonia se despidió con una espléndida propina y la orden de que a don Manen se le sirviera lo que él quisiera.

—A final de mes pasará mi chófer —señaló vagamente hacia el coche—, a pagar la cuenta.

Cada tarde, Manen aparecía bien vestido, y se pasaba un buen rato tomando su aperitivo y a veces hasta la cena. Uno de los días, antes de que el local se cerrara por fin de temporada, se acercaron para que Manen les aclarara quienes eran, en verdad, él y la señora. El hombre se resistió un poco, pero al final confesó que antes era un chico rico y señaló una casa al otro lado del puerto.

—Esa era mi casa —apreció con nostalgia—. Ahora es de Antonia y bien ganada la tiene.

Él la ayudó a marcharse en un barco carguero, hacía mucho tiempo de eso, hizo un gesto con la mano como si alejara algo. A la pobre chica, miró a su alrededor, la violaron. Luego supo que su padre fue uno de ellos y nunca le perdonó que le ayudara escapar.

El silencio a su alrededor era total. Nadie se movía. La ausencia de clientes y el devenir de la noche iba creando un ambiente de confidencia. Trabajó sin descanso, era una buena cocinera, siguió, y tuvo uno de los restaurantes más famosos de Francia. Había ganado mucho dinero, se frotó los dedos. Ahora que estaba viuda y que ya nadie se acordaría de ella, volvió al pueblo y compró la casa de su familia.

—Mientras esté fuera voy a vivir en ella y cuidarla —una sonrisa dulcificó sus facciones—. Es una buena mujer que no olvida.

martes, 27 de enero de 2026

La Ley Sálica

 



En sus orígenes, fue el Código legal de los francos salios, de ahí su nombre, compilado y publicado en latín en el siglo V, comienzos de la Alta Edad Media, bajo el reinado de Clodoveo I.

Se la conoce, sobre todo, por la regulación que hace de la sucesión monárquica a favor de los varones, pero se ocupaba también de otros muchos asuntos, como herencias, crímenes, lesiones, robos, hechicerías y maleficios.

Fue uno de los códigos legales que más influyeron en la tradición legal medieval europea y en el desarrollo posterior del derecho consuetudinario. También tuvo un impacto significativo en la sucesión al trono en diversas monarquías europeas.

A lo largo de la historia la Ley Sálica se convirtió en una fuente de controversia y conflicto en la sucesión al trono de diferentes reinos europeos.

Hoy en día esta ley ha sido abolida o modificada en las monarquías europeas y las mujeres tienen igualdad de derecho en la sucesión al trono.

Sin embargo, la Monarquía Española y el Principado de Mónaco constituyen dos excepciones: en ambos países se aplica actualmente la llamada ley «agnaticia», diferente de la ley sálica, que para la sucesión al trono sitúa a las mujeres por detrás de sus hermanos varones, aunque estos sean de menor edad.

En la imagen un manuscrito de 794 que hace mención de la ley.

domingo, 25 de enero de 2026

Saltos del Moconá (Argentina y Brasil)

 



En la provincia de Misiones hay dos grandes atractivos turísticos: las cataratas de Yguazú y los Saltos del Moconá.

A diferencia de las demás cataratas, no son transversales al curso de las aguas, lo curioso es que son longitudinales y que la falla geológica que origina la caída del agua se encuentra paralela al río, a la costa. Oscilan entre cinco y diez metros de altura, durante unos tres kilómetros en el curso del río Uruguay en la frontera entre Brasil y Argentina.

Se encuentran casi completamente del lado argentino, dentro de la Reserva de la Biosfera Yabotí, (tortuga en guaraní), en el noreste de Argentina. A excepción del extremo norte, que dan al lado brasileño y se le llama salto del Yucumá, y se encuentran en el Parque del Turvo.

En guaraní Moconá significa: «que todo lo traga».

Si la flora y la fauna nos atrae, allí descubriremos cómo conviven: árboles, arbustos, lianas, enredaderas, plantas epífitas junto a las aves, mamíferos, reptiles, peces y anfibios en un equilibrio natural, pudiendo realizar diversas actividades como senderismo, paseos en kayak, travesías 4x4, degustación de comidas típicas, el encuentro con las comunidades de pueblos originarios y también un centro de interpretación.

No todas las épocas son adecuadas para ver los saltos, depende del caudal del río, solo cuando está bajo pueden verse. En época de crecidas están bajo el agua.

La reserva Moconá fue creada en 1967, cuando Juan Alberto Harriet, propietario del terreno, donó las novecientas noventa y nueve hectáreas donde se encuentran los saltos.

 

¡No te los pierdas!


viernes, 23 de enero de 2026

Julia de Castro: Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina

 



El relato que hoy os traigo me ha sorprendido y me ha enganchado. Muchas veces oí hablar de las deportaciones forzosas a Siberia llevadas a cabo por el régimen estalinista, pero la historia que Guzel Yájina presenta en este libro nos pone delante de los ojos una realidad poco aireada.

La política de colectivización agraria marcó la vida de campesinos (kulaks) que fueron arrestados, deportados a la taiga siberiana, una especie de nada con la que luchar para arrancar a la naturaleza lo mínimo imprescindible para la supervivencia y el pago de su supuesta deuda con el estado en aplicación del sistema GULAG dirigido por el NKDV (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos). Los deportados vieron confiscadas sus tierras y sus bienes, apresados y, en ocasiones, asesinados sin derecho a alzar la voz.

Zuleijá, casada siendo una niña con un hombre treinta años mayor, trabajando día y noche, maltratada por su marido y su suegra que, nunca la consideró suficiente, y pariendo hijas que morían inmediatamente, se ve arrancada de todo lo que conoce y trasladada en un viaje interminable e infernal en el que descubre que nuevamente está embarazada, hasta un lugar inhóspito y olvidado del mundo donde tendrá que criar a su hijo entre desconocidos, trabajos extenuantes, frío y hambre.

Aquellos primeros deportados: kulaks, intelectuales y cualquier supuesto sospechoso de ser enemigo del régimen, levantaron con sus propias manos un triste asentamiento que, poco a poco, fue creciendo con la llegada de nuevos trabajadores forzados.

La menuda y silenciosa Zuleijá tuvo que aprender a vivir de nuevo dejando olvidado todo lo que había constituido su existencia y en lo que creía para renacer a una vida totalmente distinta en la que conocerá el hambre, el miedo, el frío, la maternidad plena o el amor y participará activamente en la construcción de un koljos a orillas del río Angará

Zuleijá compartirá esta historia con otros colonos de muy diversas procedencias, todos ellos van a enredar sus vidas con hilos invisibles: Kárlovich, Ikonnikov, Gorelov, Isabella, Lukka y, es especial, Yusuf, su hijo, y el comandante del campo Ignatov.

Esta es una obra que deja poso tras su lectura. Las imágenes tan espléndidamente retratadas, los personajes, las relaciones establecidas, los hechos históricos que relata y la denuncia implícita que se vislumbra, se quedan en la retina y en la mente dando vueltas a otra de tantas atrocidades de la humanidad.

En definitiva, esta primera novela de Guzel Yájina es una lectura totalmente recomendable si no tienes miedo a zambullirte en historias con cierta profundidad.

Julia de Castro

Mi primavera en libros

Junio 2023

miércoles, 21 de enero de 2026

Blanca del Cerro: La exquisita educación

 



            El día me recibió con caricias y una brisa suave llena de consuelo. Salgo diariamente a la calle y paseo por todo Madrid porque me gusta, me calma y estoy en contacto con seres desconocidos, aunque no por eso, menos interesantes. Soy una anciana de setenta y nueve años, al borde de ser octogenaria, y me gusta la vida, por lo que la disfruto en la medida de mis posibilidades. Me quedé viuda con tan solo sesenta y dos debido a ese maldito cáncer que se lleva a muchos y deja a otros tantos en la miseria moral. Mi querido Adolfo desapareció en un suspiro.

            Casi siempre voy en autobús, aunque a veces, cuando hay ascensores, bajo hasta el metro, un transporte que me agrada porque es rápido, cómodo, seguro y no tiene atascos. Hoy he decidido ir en suburbano hasta Ópera y pasear por la calle Arenal. En realidad, el lugar elegido se denomina la Plaza de Isabel II, aunque nadie le da su nombre real. Al abrirse la puerta del ascensor, entran en tromba tres jovenzuelos, por supuesto, ellos antes que nadie, yo espero pacientemente y paso la última. Al salir, ocurre exactamente igual. Ni buenos días, ni un saludo, ni una palabra y, por supuesto, nada de ceder el paso. La exquisita educación de determinados seres me tiene admirada y anonadada.

Durante el trayecto, en el vagón permanezco de pie mientras contemplo a varios hombres, no demasiado mayores, sentados, al igual que un par de niños con sus madres, y tres o cuatro chicas veinteañeras enfrascadas en sus móviles. La exquisita educación de determinados seres me admira y me subyuga. Un hombre, posiblemente sudamericano, me cede su asiento. ¡Cielos! ¿Estaré soñando? ¿Será realidad lo que ha ocurrido o seré víctima de una alucinación? Le doy las gracias. Los restantes pasajeros ni se inmutan.

            Ya en la calle Arenal, camino de la Puerta del Sol, voy a entrar a una tienda, pasan primero dos chavales y ni siquiera sujetan la puerta, que no acaba de caerme encima porque lo impido con la mano. La exquisita educación de determinados seres me produce asombro y pasmo al mismo tiempo. La dependienta me hace esperar hasta que no queda nadie en el local, momento en el cual me atiende, porque no le queda otro remedio, no con demasiado entusiasmo. Le pido lo que quiero por favor, y ni siquiera me da las gracias. La exquisita educación de determinados seres me sorprende y fascina a partes iguales.

            Me encanta la Puerta del Sol, plagada de edificios con solera y las estatuas que se levantan, llenas de murmullos y tiempo. Bajo por la Carrera de San Jerónimo hasta el Paseo del Prado y decido coger un autobús, en lugar de volver en el metro. El autobús va bastante lleno y, gracias a la exquisita educación de determinados seres allí presentes, nadie me cede su asiento. Llego hasta el fondo del vehículo y milagrosamente encuentro un sitio, que consigue ocupar antes que yo un hombre cuarentón y calvo, que tiene la delicadeza de sonreír antes de quitarme el sitio. La exquisita educación de determinados seres no deja de maravillarme e impactarme. Permanezco de pie durante todo el trayecto, cuestión que importa poco a quienes me rodean.

            Unos días antes, la semana pasada creo recordar, cuando me quejé ante un grupo de jóvenes sobre determinadas actitudes relacionadas con la exquisita educación existente hoy en día, uno de ellos me increpó diciendo: “¿No queríais igualdad? Pues ahí la tenéis.” Yo le respondí que nada tenía que ver la igualdad con la educación, la cortesía, el detalle, el respeto, la urbanidad, la galantería o la delicadeza, pero salió corriendo y ni siquiera escuchó mi respuesta. Supongo que no tendría ni idea del significado de tales términos y debería buscar dichas palabras en el diccionario, o mejor en Internet, ya que también desconocería lo que es un diccionario, pero, a estas alturas de la vida, no me voy a preocupar demasiado por esa exquisita educación existente en la actualidad la cual, pese a todo, me pasma, admira, alucina y desconcierta.

            ¡Qué le vamos a hacer!

 

© Blanca del Cerro

lunes, 19 de enero de 2026

Liliana Delucchi: El intruso

 




—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

sábado, 17 de enero de 2026

Escudo de la Villa de Madrid

 



Tiene su origen en la Edad Media. Es de plata, una osa apoyada en un madroño. Bordura de azur cargada de siete estrellas de seis puntas blancas. Al timbre, corona real abierta.

«… En tiempo de don Alfonso VI viniendo a ganar este reino de Toledo, el primer pueblo que ganaron fue Madrid, y para denotar que así como aquellas siete estrellas que andan alrededor del Norte son indicio de la revolución y del gobierno de las orbes celestiales, así Madrid como alcázar y casa real y primeramente ganado, había de ser pueblo de donde los hombres conociesen el gobierno que por la asistencia de los reyes y señores de estos reinos de Madrid había de salir, y también porque este nombre Carpetano, quiere decir Carro, por eso tomó las siete estrellas que en el cielo llamamos Carro.»






Escudo de Madrid de la Casa del Pastor, en la calle de Segovia, considerado como el más antiguo que se conserva en la capital.











Tienda en la calle Concepción Jerónima con un escudo de Madrid esculpido en su parte superior.










Detalle del escudo de Madrid en la Fuente de la Alcachofa en el Parque del Retiro.