lunes, 13 de julio de 2020

Malena Teigeiro: Madera de olivo


Negras y jugosas brillan en el plato de la ensalada las aceitunas. Una a una, separándolas de los dulces y carnosos trozos de tomate, la mujer las coge con la cuchara de madera para llevárselas a la boca. Cierra los ojos. Luego, lentamente, como el que se deleita con un palote de caramelo, revolotea con la lengua las olivas.
La familia de Acacia vive en la capital. Y todos los años, en el mes de junio, en cuanto terminan el colegio, al igual que hacen las aves en primavera, viajan al sur. Allí, en el cortijo de sus abuelos, entre olivos, acebuches y sabinas, pasan el verano. Y como todos los años, cuando ya casi han finalizado las vacaciones, ella y sus hermanos asisten al vareo de la aceituna.
Aquel mes de septiembre, por primera vez, y como siempre al lado de su madre y de su tía, Acacia tuvo entre sus manos una vara grande, larga, como la de los mayores. Sujetaba el palo, como si de una caña de pescar se tratara, intentando así llegar con su golpe a las ramas. Más veces se perdió la vara en al aire que entre los tentáculos del añoso olivo. Ilusionada, airosa, tenaz, sin cejar en su trabajo ni atender a las risas que resonaban a su alrededor, sus bracitos sudorosos y flexibles, seguían agitando la pica.
Y fue entonces, cuando sintió que unas manos la sujetaban por la cintura, levantándola del suelo.
––Agárrala fuerte. Pero por el medio ––dijo la voz de las manos.
La niña giró la cabeza y vio un rostro moreno, de ojos negros y dientes muy blancos que reían. Vareó así, entre aquellos brazos que le apretaban tanto las costillas y las caderas que casi no le permitían respirar. Soltó la vara y aferrada a los dedos del joven vio los suyos, frágiles, más blancos que nunca sobre las morenas garras que como hierros candentes la sostenían. Él, despacio, muy despacio, la fue bajando apretada contra su pecho, y besándola en la nuca, la dejó en el suelo. La niña sintió que sus alpargatas se hundían en la tierra y que el olivo daba vueltas y más vueltas a su alrededor. Con los ojos redondos y los bracitos en cruz, miró al cielo. Vio caer la niebla y entornó los párpados. Y fue entonces cuando sintió que entre aquella niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas del olivo la envolvían como a una crisálida.
A partir de ese momento lo busca. Cuando lo encuentra lo sigue. Si lo ve trasegar en el campo, se esconde detrás del olivo más cercano. Y allí permanece, quieta, como si fuera un nudo más en el viejo tronco, sin dejar de contemplarlo. Da igual lo cerca o lejos que el joven moreno esté. Da igual que sea por la mañana o al atardecer. Da igual que se rían de ella los olivareros. La niña sintiendo en la cintura aquellas manos grandes y morenas que la incendiaron, no deja de contemplarlo. Él, ajeno a su sufrimiento, en cuanto la ve la saluda con una sonrisa. Entonces, y solo entonces, Acacia corre a los brazos del joven que en cuclillas la espera. Y que después de prestarle su vara, le coloca las manos en la cintura, fuertes, recias, con las que la mantiene elevada mientras ella sacude las ramas cargadas de aceitunas negras. Ahora es Acacia la que cuando la va a bajar al suelo, se cuelga de su cuello para, trémula, besarlo. Instantes después, pizpireta, con la mano levantada, le dice adiós y corre a esconderse debajo de las mesas para el almuerzo. Allí se queda, agazapada entre los largos manteles, hasta que al verlo sentado en el banco de madera, se encarama a su lado. Él, aparentando siempre una sorpresa, la abraza. Luego con sus romas y duras uñas, le revuelve el pelo para enseguida separar con su cuchara de madera de olivo las negras aceitunas de la ensalada. Entre risas y aspavientos, se las da una a una, y ella, como si fuera la más dulce de las golosinas, temerosa de romperlas, las deja pegadas al cielo de la boca.
La noche que escuchó su risa, hacía mucho calor y Acacia tenía la ventana abierta. ¿A dónde iría? La pequeña se levantó y se asomó a la ventana. Cubiertos por retazos de luna, lo vio caminar hacia el olivar. Él iba agarrado a la cintura de su tía, con el rostro pegado al cuello de la mujer. Los siguió con la mirada hasta que los viejos árboles los cubrieron con sus ramas. Apoyada en el marco de la ventana, como Wendy esperando a Peter Pan, Acacia se mantuvo levantada hasta que cuajado ya el amanecer entraron en casa. Luego se volvió a acostar. Y sintiendo que su pecho era muy pequeño, se durmió entre lágrimas y sueños.
Aquel 20 de diciembre, como todos los años por Navidad, un automóvil salió del cortijo para no regresar.
A la mañana siguiente, su divertida tía no ocupó su sitio en la mesa del desayuno. Ya nunca la volvió a ver. Más tarde se enteró de que poco después de fallecer sus abuelos en aquel trágico accidente, la hermana de su madre contrajo matrimonio. Y que ella cuando supo con quién lo había hecho, otra vez sintió hundirse el suelo y girar el olivo a su alrededor. Y de nuevo, cubierta por la cegadora niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas la envolvieron.
Nunca volvió a veranear en el cortijo del sur ni a ver a aquel joven de rostro moreno, ojos negros y dientes muy blancos que siempre reían, ni tampoco pudo curar la desazón que le dejaron en su piel aquellas manos, grandes, morenas, de dedos fuertes, cuando la elevaba para varear.
Tampoco encontró Acacia otros dedos, que acariciándole las inexistentes quemaduras, le sirvieran de bálsamo, de sosiego, o que colmaran de placer su zozobra.

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