viernes, 29 de agosto de 2025

Cristina Vázquez: Puesta de sol

 


El plan se había truncado. Me gusta este término: truncado. Me suena a muchas cosas, truco, tronco, caído… Todas esas tonterías me las imaginaba al despertarme en ese hotel de carretera a una hora muy temprana. Las cortinas eran unos visillos de desconfiada blancura y la persiana no bajaba, así que la luz inundó temprano el cuarto. Y yo soy muy pesada para las luces, tengo lo que se llama un dormir ligero, histérico, según Miguel que roncaba plácido a mi lado. Además, la cama era muy estrecha, de matrimonio cariñoso, se atrevió a decirme la noche anterior la recepcionista después de hacerme un tímido guiño. No te fastidia, matrimonio cariñoso y quien le ha dicho a esta pava que es un matrimonio y, además, cariñoso.

Nuestro plan era habernos ido a la playa, pero ya en la carretera avisaron del hotel que habían tenido un incendio y que estaba inutilizado. Lo sentían, pero pasarían meses hasta que pudieran volver a abrir. La playa a la que íbamos, nunca cambiamos de destino, era adusta y las montañas casi se caían sobre el mar y los vientos, terriblemente caprichosos, ponían y quitaban aires destemplados cada poco, pero nos gustaba, sobre todo a Miguel. Siempre hemos sido felices en ese pueblito costero en el que descubrimos un hotel discreto, pequeño, volcado al oscuro mar y con unos cócteles estupendos que nos atizábamos contemplando el anochecer.

—Es nuestro momento mágico —repetía él casi como un mantra, después de que brindáramos.

Era un pequeño ritual que quizás empezaba a tener un punto reiterativo. Si alguna vez cometí el error de dar un sorbo sin brindar —él siempre se quedaba con su copa ostensiblemente en el aire hasta el momento de hacer chinchín—, me reprendía en tono doctrinal:

—Los rituales son importantes, querida —un rictus de seriedad dominaba su cara.

Yo me disculpaba. Su voz y su mirada suspicaz me hacían sentir en falta, aunque Miguel intentara sonreír de una manera forzada. Todo estaba previsto, el hotel Isla Verde, el paseo matutino y vespertino por la playa, la comida en uno de los dos chiringuitos, la copa en la terraza del hotel durante la puesta de sol, aunque estuviera nublado, y hacer el amor un día sí y otro no. Cuando le dije en tono de broma que parecía un contable escrupuloso y algo maniático, no le hizo gracia.

—Amor mío, además de cuánto te quiero —afirmó doctrinal—, poder mantener el orden en estos días, me hace doblemente feliz.

Y esa tarde, lo recuerdo porque fue un día sí, un viernes después de hacer el amor, me confesó que la locura de su mujer le estaba destrozando. No podía hacer nada, la había llevado a todos los psiquiatras conocidos, tratamientos diversos y aunque, sin duda, estaba mejor, era una persona frágil, inestable. Lo abracé compasiva, sus ojos me miraron acuosos y volvió a repetirme que, si no fuera por el trastorno de su mujer, hacía tiempo que ya estaríamos casados.

Todos estos recuerdos se me agolpaban en este desconocido hotel de carretera que no tenía vistas al mar, ni terraza, ni cócteles. Solo un espacio verde, rematado por unos árboles frondosos, al que daban las habitaciones. En la parte delantera estaba la piscina pequeña con pocas tumbonas y unos niños activamente acuáticos.

Notaba que Miguel se sentía desorientado, sin saber qué hacer, igual que si se encontrara aprisionado en un traje demasiado estrecho. Se quejaba de todo, proponía planes distintos que no llevábamos a cabo y yo sentí una incipiente rabia que me negué a que se apoderara de mí.

—Haz lo que quieras —le propuse con una sonrisa contenida—. Yo voy a ir a la piscina y mañana nos volvemos.

Él gruñó, con los puños apretados afirmó que iba a dar una vuelta a ver si encontraba un sitio decente para comer.

El tiempo pasó y no aparecía. Llegó la hora de la comida, le llamé, pero su teléfono daba comunicando o sin cobertura. Después de la inicial preocupación me quedé con la idea de que, si no hay noticias, son buenas noticias. Almorcé sola a la sombra de una jacaranda, la comida estaba deliciosa y la camarera resultó ser una mujer encantadora, dueña del hotel con la que tomé un café. Empezaba a estar preocupada, volví a la habitación para cambiarme y tomar alguna decisión y me di cuenta de que el armario estaba vacío. ¡Qué sobresalto! No entendía lo que estaba pasando y al entrar en el cuarto de baño vi que había una nota pegada en el espejo.

“Adiós querida, me he dado cuenta de que fuera del hotel Isla Verde y de la playa no sé qué hacer contigo”

Sentada en la cama intenté recuperarme de la impresión, pero por más que quería sentirme devastada después de ese abandono, hasta traición aullé en voz alta, me tumbé en la cama que ahora resultaba amplia y sentí una especie de liberación que me llevó a reír sin parar. Alquilé un coche para el día siguiente y esa tarde en mi terraza pequeña, que daba a la zona verde perfilada por los frondosos árboles, preparé una copa en el minibar y disfruté del esplendor de esa maravillosa puesta de sol, sin tener que brindar ni sonreír.

Luego supe por una amiga que lo de la mujer loca se lo contaba a todas.

© Cristina Vázquez

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