Melón Santa |
A
Morata de Tajuña
Tengo la suerte de
tener varios pueblos, son aquellos en los que vivo o he vivido y de que sus
gentes me hayan adoptado. Lo digo así porque la mayoría me considera nativa, me
recibieron con los brazos abiertos y lo continúan haciendo, aunque hayan
transcurrido, en algunos casos,
demasiados años, cuando los traslados me separaron de ellos. Yo nunca
dejo de visitarlos, son una parte de mi vida. Los siento míos.
En el que transcurrió
mi niñez y el inicio de la adolescencia,
me ocurrieron múltiples anécdotas, ¿quién no recuerda su niñez? Una de
ellas es la que voy a relatar, debido a que gracias a ella, aprendí a respetar
la propiedad, el trabajo ajeno y que aquello que aparentemente abandonado y sin
dueño, casi seguro lo tiene.
Debía tener ocho o diez
años cuando el Ejército de Tierra;
entonces se hacía la mili, estableció en un lugar alejado del pueblo;
Valdegatos, un centro de instrucción de reclutas. Aquello era algo que llamaba
mucho la atención, especialmente a los niños.
Desde mi casa veía
bajar las compañías, muy bien agrupadas; eso me parecía, si el viento soplaba
en forma favorable, podía escuchar en la lejanía como las voces de aquellos
hombres entonaban “Margarita se llama mi amor”, o alguna similar. Siempre
intentaba hacerme la remolona para ir al colegio, lo que no conseguía. En la
enorme cuadra de mi casa, que nunca vio un caballo, se convirtió en almacén de los aparatos de
gimnasia, plintos, potros forrados de cuero marrón, espalderas. Al pasar a recogerlos los soldados, aquellos
señores que veíamos mayores, para
llevarlos al antiguo campo de fútbol, hablábamos con ellos, nos hacía sentirnos
importantes, ¿para qué servían?, pronto
lo supimos y a escondidas los utilizamos.
Al salir del colegio,
íbamos a ver como los soldados aprendían
a hacer instrucción, siempre oíamos lo mismo, solo puedo transmitir la
onomatopeya, auh oh, eh aro, auh oh, eh aro..., que no tiene ningún sentido,
pero que efectivamente conduce muy bien el paso.
En una de estas visitas
al campo de fútbol, alguno de los mayores,
descubrió que en la tierra de enfrente había un melonar, según ellos
abandonado, pero con pequeños melones. Y surgió el negocio. En el descanso
vendimos alguna de aquellas frutas a los soldados sedientos.
Realizada la venta,
llegué a casa muy contenta, había sacado
3 o 4 pesetas, fulanito no sé cuánto y menganito mucho más. Lo que yo no
contaba, es que a mi padre aquél negocio no le iba a parecer bien. Muy serio
nos mandó entrar a todos en la Sala de Armas; de frente foto de Franco como la
que aparecía en los sellos de correos, de Capitán General con un gran capote, a
la izquierda mapa utilizado, no se por quién en la Batalla del Jarama; hoy en
un museo. A la derecha ocho o diez
mosquetones; fusiles que debían ser de finales del siglo XIX, y que pertenecían
a los somatenes. Supimos de inmediato
que aquello no tenía buena pinta, nunca entrábamos allí. Nos preguntó de dónde habíamos sacado el
dinero, y ordenó que en montoncitos lo depositáramos sobre la mesa. Detallamos la finca donde habíamos
cogido los melones. Nos mandó a casa a por nuestras huchas y un guardia fue a
buscar al propietario.
Me imagino la cara del
aquél hombre cuando le pidieran ir de inmediato al Cuartel de la Guardia Civil,
por la apropiación indebida de sus melones. Lo que sí recuerdo es su cara
cuando vio a los autores, abrazados a su hucha.
Cada uno detalló los
que había vendido, el propietario decía que no tenía importancia que aquellos
melones por su tamaño ya no se cogían, y que en breve se arrancarían para
preparar la nueva siembra. Nuestras caras mostraban esperanza, pero no, se
aplicó el precio de mercado a cada melón, se entregó al dueño el dinero
obtenido en la fraudulenta venta, y aunque aquél señor no quería recibir más,
las huchas de barro recibieron un martillazo y se abonó la diferencia.
Estas cosas ahora dicen
que producen trauma, a mí no me lo produjo, aprendimos pragmáticamente la
lección, y estoy agradecida a mi padre por la lección y al dueño del melonar,
que posiblemente ya no esté, aunque le
pedí perdón en su momento mi agradecimiento por recibir el dinero con una
sonrisa.
La Lección por Marisa Caballero se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
© Marisa Caballero
La Lección por Marisa Caballero se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Una historia entrañable, donde Marisa narra con su genialidad acostumbrada, las travesuras propias de la infancia en aquellas épocas, cuando vivíamos o pasábamos largos veranos en nuestros pueblos, transcurria la mayor parte del día, al menos en vacaciones, en la calle, es decir casi en el campo. Todo el espacio era cercano y familiar, al tiempo que inmenso, toda la gente se conocía... Una narración tierna y divertida.
ResponderEliminarMuchas gracias Mª Paz,, escribo estas historias como homenaje a todos los que tienen nuestra edad, ya que vosotros entendeis perfectamente esa época, a los más jóvenes les resultará extraño, pero a lo mejor nos terminan entendiendo y si se arranca una sonrisa, se ha cumplido el objetivo.
EliminarMARISA:
ResponderEliminarTu fondo de armario narrativo parece inacabable. Mímalo y dosifícalo para extraer de él el máximo provecho, incluídas las valiosas moralejas.
Gracias Ramón. Creo que todos tenemos ese gran fondo de armario. El paso del tiempo todo lo dulcifica, incluso lo hace cómico. Yo estoy tremendamente agradecida a mis padres, me dieron todo lo que pudieron. Conservo sus enseñanzas como lo más valioso y desinteresado que nadie más que ellos me dió, pero eso, salvo raras excepciones nos ocurre a todos.
ResponderEliminarConfirmo lo apuntado por anteriores opiniones, a este nuevo texto de Marisa Caballero. Yo particularmente me he divertido durante su lectura, pues la autora sabe transmitir muy bien sus impresiones y recuerdos, tan imborrables como son todos los relacionados con nuestra infancia. Y además dice bien, lo entenderíamos quienes ya superamos cierta edad. Y somos de aquellos niños y niñas, que entre los años 50 y 60 podían jugar en la calle sin ningún peligro; más en los pueblos, y para los capitalinos como yo, cuando en mi barrio, en mi calle había dos o tres coches, la calle nos vivía y nos hacía convivir con natural alegría e imaginación infantil.
ResponderEliminarEn tan pocas líneas, nuestra autora ha sabido incluir varios escenarios: reclutas haciendo la instrucción bajo la onomatopeya: hep, hop, hep, haro…, el furtivo melonar, la sala de armas de una casa benemérita, bajo la foto de un general con su capote, rompiendo las huchas y pagando el justiprecio marcado por la autoridad paterna… Imborrables recuerdos que nos relata sabiamente Marisa, y junto con sus demás lectores quedamos todos pendientes de su próxima crónica. Gracias porque he disfrutado un buen rato. Enhorabuena, y adelante.
Bueno Pedro, muchas gracias por tus amables y cariñosas palabras. Solo he transmitido un recuerdo. Me gusta recordar la infancia, fue libre y feliz.
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