miércoles, 13 de mayo de 2026

Malena Teigeiro: El bosque de los níscalos

 


En nuestro bosque nunca crecieron los níscalos. Nunca, decía Berta con el dedo en alto. Sin embargo, aquel año en medio de la hojarasca y sin la protección de árbol alguno, apareció una especie de ramillete de preciosas setas naranjas. Sí. Sólo uno. Y allí sigue. Fresco, altivo, como si la luna por la noche lo hiciera renacer. Llegaron a tener una altura rara, porque ¿era o no muy raro que unas setas crecieran algo más de medio metro? Y lo más curioso fue que no parecía que pensaran dejar de hacerlo. Y claro, la noticia comenzó a correr. Como nadie quería quedarse sin verlos, los vecinos se acercaban al bosque. Ante tantas visitas el alcalde tuvo que poner un guardia para que nadie arrancara aquellos altivos níscalos. Luego llegaron los comentarios, las preguntas, el interés por conocer el motivo de lo que estaba ocurriendo. ¿Es que nadie se acordaba de que hacía años había desaparecido la hija de… ¿De quién?, interrumpió Daniela a Berta. Sí. Sí, corroboró Julieta. Ahora lo recordaba. Había desaparecido una jovencita, casi una niña. Pero, ¿de qué familia era? El guardia la miró. Su voz sonó muy ronca, más bien aguardentosa cuando dijo que no fue una niña. Era una señorita. Y no era la hija de nadie del pueblo, al menos que él supiera.

Aquella tarde hubo junta en el Ayuntamiento. Si los níscalos seguían creciendo en aquella medida, pronto serían mucho más altos que los árboles, dijo el alcalde. El secretario lo miró y rascándose el cogote susurró que si eso sucedía tendrían un problema. O no, añadió el concejal de Agricultura. Dénse cuenta que seremos el único pueblo de España, que digo de España, de Europa, del mundo, con un bosque de níscalos gigantes. El alcalde lo miraba soñoliento. Esa noche no había podido dormir con el dichoso problema rondándole la cabeza.

Mientras tanto, en el bosque, el guardia seguía hablando de aquella señorita que nunca nadie vio y como nunca nadie la vio nadie supo quién era ni de donde había llegado. Pues si nadie la vio, ni se supo que hubiera llegado, ni nadie la echó en falta, gritó Outilio, no sé por qué hablamos de ella. Conchita lo miró de arriba abajo. Luego, añadió que si no recordaba que desde que aquella mujer, a la que nadie vio, anduvo por allí sucedían cosas raras. Cierto. Cierto, aseveró Maruja. Se acercó al guardia y con los brazos en jarra le gritó que la vaca de su sobrina por aquel entonces parió una ternera con dos cabezas, y que al hijo de la Ramona las gallinas le ponían los huevos con la yema verde. Por no hablar del marido de la Antonia, al que en vez de pelo le estaban creciendo algas por las orejas.

Y mientras sus munícipes en el salón de plenos del Ayuntamiento continuaban llenando imaginarias arcas con el dinero que iban a obtener mostrando el bosque de níscalos, los curiosos vecinos que se acercaban para verlos, se iban quedando encerrados en medio de sus tallos altos, dorados, fríos, húmedos.

Ya apenas conseguían traspasar los rayos de sol la frondosidad de setas, cuando Luis, mirando hacia arriba, gritó que lo que estaba ocurriendo era como consecuencia de la magia de la joven que nunca nadie vio. Cierto, susurró Ramón. Y esa magia nos va a llevar a la ruina. Y de pronto, Conchita, alzando los brazos al cielo, dijo que si ellos opinaban como ella, que el fenómeno de las setas era porque crecían sobre la tumba de la desaparecida que nunca nadie vio, ¿por qué no enterraban también junto a ella, allí mismo, entre los níscalos, y señalaba vehementemente el suelo, a la vaca envenenada? Los cansados vecinos que en ese momento se encontraban sentados en el suelo junto al guardia y rodeados por los altísimos tallos, la miraron sorprendidos. ¿De qué vaca envenenada hablaba? De la que traía consigo la joven que nunca nadie vio. ¡Ah, esa! ¿Pero quién dijo que la joven tiraba de una vaca envenenada? Porque si era así, volvió a decir Ramón, y nadie vio a la vaca ni a la muchacha, tendrían que comenzar a pensar que no era una joven ni una bruja, sino el espíritu de cualquier maldad.

Y sin más, se levantaron. Agarrados de la mano, fueron formando un corro que iba encerrando los troncos de las setas. Conchita comenzó a tararear una canción y como si estuvieran en la alameda la noche del santo patrón, todos comenzaron a bailar alrededor de los troncos abriendo entre la raíces de las setas agujeros negros, malolientes, hasta conseguir excavar un profundo y húmedo pozo. Cuando juzgaron que era lo suficientemente hondo, se pusieron de rodillas. Elevando las manos por encima de sus cabezas como si fueran coronas, hicieron un conjuro invocando a la vaca envenenada. Poco a poco, entre una nube de humo, se fue dibujando la figura de una vaca negra, alta, de gruesa barriga y ubres llenas de leche que, como si fueran surtidores, la derramaban. Y aquel líquido amarillo, casi verde, al mezclarse con la tierra se volvió azufre, que al acercarse a los troncos de las setas los convertía en negras lajas de carbón. Aterrados, algunos con quemaduras importantes, los vecinos, dirigidos por el guardia, treparon por las paredes del pozo hasta conseguir salir. Luego, perseguidos por el fuego, corrieron hasta dejar atrás al último árbol. Desde allí, vieron acercarse a la comitiva municipal que, precedida por la banda de trompetas y tambores, anunciaba que habían encontrado la manera de hacerse ricos con las visitas al bosque de níscalos, único de su especie en el mundo. La Corporación municipal iba pertrechada de sierras y hachas. En la última reunión de la Casa Consistorial, habían decidido talar todos los árboles para que pudiera crecer a gusto el nuevo bosque de Níscalos.

Los munícipes tan solo pudieron ver el fuego fatuo que quemaba los troncos que crecían sobre la tumba de la joven que nunca nadie vio así como escuchar entre el crepitar de las llamas el triste mugido de la vaca de la leche envenenada y que, al arder, las hojas de los antiguos castaños se iban convirtiendo en finas capas de negras lajas de pizarra, que poco a poco iban cubriendo la montaña, los campos, los bosques y los espíritus de los que habían habitado aquella aldea de la que nunca nadie supo ni tampoco nadie vio.

© Malena Teigeiro

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