De niña me encantaban las
carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi
cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo
en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo
y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con
lujosa librea.
Mi hada madrina fue el vecino
de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de
excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y
adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.
No tengo hermanos. Lo que
tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en
alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en
común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.
La que mangoneaba, la
sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro
mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir
santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante
escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a
melocotón en almíbar que destilaba.
Gracias a Dios enviudó de
todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar,
que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó
llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El
heredero al reino no volvió a aparecer.
Crecí y con los años aquellas
fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de
percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:
—Haz el favor, no imites a tu
madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!
© Marieta Alonso Más

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