miércoles, 31 de julio de 2019

Olga Picasso


Nació en 1891 en Nizhin, ciudad del antiguo imperio ruso, hoy Ucrania, en el seno de una familia aristócrata. Su padre fue oficial de la armada del Ejército Imperial Ruso. En 1912 fue elegida por Serguéi Diáguilev para formar parte de la famosa compañía de los Ballets Rusos.

Conoció a Pablo Picasso en Roma, a principios de 1917, cuando el pintor estaba creando los decorados y el vestuario del ballet Parade. Se casaron el 12 de julio de 1918 en la iglesia ortodoxa rusa de la calle Daru, con Jean Cocteau, Max Jacob y Guillaume Apollinaire como testigos. Paulo Ruiz Picasso su único hijo, nacía el 4 de febrero de 1921. 

Olga será la musa del período “neoclásico” donde Picasso vuelve al retrato tradicional. La representa con líneas suaves y elegantes, bajo la clara influencia de Ingres, y a menudo en actitud melancólica, sentada, leyendo o escribiendo. También en varias escenas de maternidad, composiciones que desprenden una inédita dulzura. Las escenas familiares y los retratos de Paulo nos hablan de una felicidad serena.

Pero en 1927 el matrimonio comenzó a deteriorarse, por la relación secreta de Picasso con una joven francesa, Marie-Thérèse Walter, de 17 años. Nunca llegaron a tramitar el divorcio. 

A partir de entonces, la figura de Olga sufrirá una metamorfosis. En 1929 en el Gran desnudo en un sillón rojo, Olga es puro dolor. A partir de la separación, la presencia de Olga en la obra de Picasso se hace más discreta.

Hasta el día de su muerte en 1955, seguiría escribiendo cartas diariamente a quien consideraba su marido ante la ley. 

   




lunes, 29 de julio de 2019

Cristina Vázquez: Amado mío



Ya había pasado más de media hora y Alastar no llegaba. Su empeño, su desbordado afán por ese hombre parecía reducirse a cenizas amargas, oscuras como la inefable línea de sus cejas.

Lo había conocido muy joven cuando su vida era una pelea entre una apremiante, aunque honrada soledad pobretona, y un decoroso retiro de señorita de compañía de un hombre especial, que Alastar le aseguró resolvería su vida. Con esta promesa de riqueza y bienestar y de compartir en el futuro un amor eterno, ella aceptó, con la voluntad perdida frente a él. 

Cuando se lo propuso, la sostenía entre sus brazos, susurrándole las condiciones del trato como un áspero secreto. Angélica, desfallecida de deseo por ese hombre de oscuras cejas, mirada de pedernal y tersura de estatua, que la enviaba a otro hombre sin temblarle la voz, supo que siempre haría lo que él le propusiera.

— Alastar, amado mío.

 La acompañó hasta la casa del hombre especial, y los dos se miraron con un tácito acuerdo sobre la asustada cabeza de la chica, que lo vio alejarse con paso vivo, abandonándola en la enorme y desamparada mansión. El hombre especial era un enfermo, taciturno y malhumorado, que le dejó en herencia parte de su dinero y de su enfermedad.

— Alastar, amado mío.

Pasó un tiempo sin verle, años en los que vivía instalada en su modesta riqueza heredada y tratando de disimular las pústulas, también heredadas. Una tarde en la que paseaba por El Retiro, apareció él como salido de la tierra y poniéndole una mano en la espalda, le murmuró el apremio que tenía de ella. Angélica se quedó sobresaltada y sin darse la vuelta, le preguntaba por qué no había venido antes. Él se apretó contra ella, aunque no la viera, la llevaba en su pensamiento, le aseguró. Era su favorita, nunca podría olvidarla. Y sentía su aliento en el cuello igual que una brisa heladora que la paralizaba.

— Nunca, nunca —repetía él.

Y la giró con suavidad hasta tenerla de frente. La expresión de sus ojos bajo las oscuras cejas, mostraban la más perfecta repugnancia, mientras sonreía con una dulzura almibarada.

—Mi pobre niña. ¿Qué ha pasado con tu preciosa cara?

No pudo responder. Le ardían las mejillas y los ojos, y se sintió una vez más perdida, sin voluntad frente a la magnificencia, la perfección de ese hombre que la hacía sentirse una cosa despreciable, repugnante, pero lo único que deseaba era volver a estar con él, ser suya. Sólo fue capaz de pronunciar su nombre.

— ¡Oh! Alastar, amado mío.

Él la llevó, como un atento y endomingado novio, a pasear por la alameda de magnolios hasta una alejada escultura, en la que un ángel se retorcía sobre una columna, de la que salían unas bocas de león manando agua. Le aseguró que ese agua era milagrosa y que se diera en la cara.

— Recuperarás tu belleza.

Y le prometió que aunque tenía que irse, se verían en un mes en ese mismo lugar. La amaba, que no pensara nunca que la iba a abandonar. Le llenaba de orgullo tenerla y que confiara en él.

Al verle alejarse respiró una especial sequedad en el aire que le inundó la boca y los pulmones. Un olor pestilente trataba de abrirse paso en medio de la fragancia de las plantas. Cuando Angélica fue a beber agua de las bocas de los leones, para refrescar ese ardor que la iba poseyendo y lavarse la cara por la promesa de la curación, no pudo, pues el agua eran chorros de sangre y creyó oír unos lamentos cuando salpicaba en el fondo.

No volvió a la fuente más que un par de veces. Una, por si había desaparecido la impresión de la sangre en el agua, pero le pareció que aún era más densa y oscura y que los lamentos eran más suplicantes y agudos. La segunda, fue la de la fecha fijada, para volver a verse pero él no vino. En cambio, había una joven esperando. Al mirarla tuvo un terrible sobresalto. Era una réplica de ella con menos años; la cara tersa, perfecta, sin rastro de pústulas y pensó que era un hechizo. La otra se echó a reír y le espetó que era una necia si esperaba que él viniera. A la que quería era a ella y le había encontrado un trabajo con un hombre especial que la haría rica y luego vivirían su amor juntos.

En ese momento miró hacia arriba de la estatua y vio que la cara del ser que se retorcía era la de su amado. Cayó de rodillas y gritó su nombre con tal fuerza que las copas de los árboles temblaron.



sábado, 27 de julio de 2019

MJ Pérez: Todo saldrá bien


Apretó las manos sobre las rodillas. No podía entender cómo había ocurrido aquello. Las decisiones de otras personas la habían dejado nuevamente sin nada. Sentía que los nudillos iban a reventar de tan blancos que se habían vuelto. La garganta le raspaba, las lágrimas se filtraban más allá de su cuello. Aquel sofá en medio del salón parecía perdido en medio de la nada y ella, una solitaria presa de sus desdichas.

La puerta principal se abrió con su característico sonido metálico y sus ojos se separaron por fin de sus manos convertidas en puños. Una sonrisa, aquella voz que siempre la traía de vuelta a la cordura y unos dedos entrelazados. «Todo saldrá bien». Cuando sus brazos la envolvieron en un gesto cálido y amable supo que él estaba en lo cierto. Que las cosas se arreglarían. Que solo debía volver a tener paciencia.



Todos vivimos malos momentos, pero siempre tenemos a personas que nos recuerdan que no estamos solos. A todos los que me habéis apoyado en esta situación solo puedo agradeceros vuestro cariño.

Gracias. Mil gracias.

© M. J. Pérez

jueves, 25 de julio de 2019

Museo Nacional del Prado: Miradas afines

Villa Medici de Roma. Diego de Silva Velázquez
La Callejuela Johannes Vermeer



















Velázquez, Rembrandt, Vermeer y

otras miradas afines en España y Holanda.

Sorprende la similitud que existe entre muchos pintores holandeses y españoles que trabajaron en la Europa del siglo XVII. Se puede comprobar que les une mucho más de lo que les separa a estos maestros europeos.

Lo mejor es cotejar ciertos cuadros realizados en fecha próximas, como es el caso de la Villa Medici en Roma de Velázquez y La Callejuela de Vermeer que ni siquiera se conocieron. 

La intención estética es muy similar: formato pequeño, parecidos en su composición, ambos muestran edificaciones de muros desgastados, unas pocas figuras anónimas, y comparten su discreta asimetría, su técnica abocetada y su serenidad, abandonando el detalle para pintar con manchas, dando pequeños toques con el pincel. Su interés por la luz y la naturaleza y como estos dos elementos se interconexionan.

Si comparamos pinturas del Greco y Carel Fabritius, de Frans Hals y Velázquez, o de Ribera y Rembrandt, y de muchos más las similitudes son igual de sorprendentes.

Posiblemente estos pintores no pretendieron expresar la esencia de sus respectivos países, sino ideales estéticos plasmados a través de unos recursos técnicos también comunes.


Demócrito
José de Ribera
Demócrito
Hendrick ter Brugghen






















Retrato de un hombre de Frans Hals y El bufón El primo de Diego Velázquez

No me resisto a poner estos dos cuadros de Murillo. 
No los conocía. 
Me encantaron.


El joven gallero
Bartolomé Esteban Murillo

Colección Abelló, Madrid
Cuatro figuras en un escalón
Bartolomé Esteban Murillo
Kimbell Art Museum, Fort Worth, Texas, USA





martes, 23 de julio de 2019

Brújulas y Espirales: Mark Twain "Cartas desde la Tierra"

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas

 EL TESTAMENTO ANTIRRELIGIOSO DE MARK TWAIN



Cartas desde la Tierra

Mark Twain

Traducción de Christine Monteleone

Epílogo de Roberto Blatt

Trama Editorial, Madrid, 112 páginas

(Libros de siempre)


    
  Samuel Langhorne Clemens (Florida, Misuri1 835- 1910), más conocido por el heterónimo Mark Twian, fue un escritor de tendencia y predilección progresista. Escritor popular, orador y humorista, alcanzó con sus obras un gran éxito en Norteamérica.  Es autor de obras tan conocidas como Las aventuras de Tom Sawyer y sobre todo Las aventuras de Hucleberry Finn, considerada como la gran novela norteamericana. Sus ideas de corte progresista se hicieron más radicales con el paso de los años, y aparecen reflejadas en gran medida en Cartas desde la Tierra, cuya primera edición no fue autorizada hasta 1962, cincuenta años después del fallecimiento del escritor, debido a la oposición de su hija Clara Clemens que las consideraba demasiado críticas con las creencias cristianas.

   Mark Twain siempre se consideró a sí mismo un escritor modesto, sin pretensiones de alta cultura. Sin embargo, con el paso de los años, resultó ser uno de los grandes clásicos de la literatura de Estados Unidos.

   Cartas desde la Tierra es una suma de ensayo, ficción y anotaciones personales del autor, y se ha convertido en uno de los máximos exponentes de la literatura satírica. Rebosante de humor negro y corrosivo, se trata de un libro sobre Dios, la Biblia, la naturaleza humana y las paradojas y contradicciones de las creencias religiosas de los seres humanos. Consideraciones sobre la evolución de la tierra y de la humanidad, transmitidas al lector por medio de un personaje muy especial, el Arcángel Satán, alter ego de Mark Twain.

   El ingenio del escritor reproduce una situación trágico-cómica que tiene lugar en las geografías celestes: el arcángel Satán comenta con mucha retranca y sarcasmo algunos de los trabajos y obras del creador. Los destinatarios de sus confidencias son los así mismo arcángeles Miguel y Gabriel. Pero otros ángeles inferiores también escuchan las conversaciones, y dan parte de las mismas al creador. La condena fue inmediata: un día celestial de destierro en el espacio. Entonces busca la Tierra y percibe como se desenvuelve el experimento de la raza humana. Y al darse cuenta de lo que aquí acontece, empieza inmediatamente a escribir cartas a Gabriel y Miguel, sus amigos, en las que les comenta  los estropicios y las incongruencias de la creación.

    En sus comentarios aparece de forma especial el problema que más tarde atormentaría a varios escritores existencialistas: el problema del mal. Con una fuerte tonalidad irónica presenta el tema y la cuestión centrales: ¿cómo es posible creer en un Dios infinitamente bondadoso, a cuya imagen fuimos creados, mientras que en la Tierra, el hombre, la obra más noble de Dios, mata a sus semejantes y jamás aprende de sus errores? Mark Twain no niega directamente la existencia de Dios, pero le atribuye características tan diferentes de las que predican las religiones, que resulta casi imposible llegar a pensarlo o a imaginarlo.

   El estilo de Mark Twain, ameno, directo, irónico y la estructura epistolar de la obra convierten la lectura de este libro-opúsculo en un acontecimiento placentero, y a la vez iluminador con relación a  las contradicciones de las creencias religiosas. Y no solamente las del cristianismo.


Francisco Martínez Bouzas



                                                   
Mark Twain


Fragmentos


“Nada les he dicho sobre el hombre que no sea cierto” Deben perdonarme si repito esta observación de vez en cuando en mis cartas; quiero que tomen en serio lo que les cuento y siento que si yo estuviera en el lugar de ustedes y ustedes en el mío, necesitaría este recordatorio cada tanto para evitar que flaqueara mi credulidad. Porque no hay nada en el hombre que no resulte extraño para un inmortal. No ve nada como lo vemos nosotros, su sentido de las proporciones es completamente distinto y su sentido de los valores diverge tanto que, a pesar de nuestra gran capacidad intelectual, es improbable que aun el mejor dotado de nosotros pueda nunca llegar a entenderlo. Tomen, por ejemplo, esta muestra: Ha imaginado un Paraíso y dejo fuera del mismo el supremo de los deleites, el éxtasis único que ocupa el primerísimo lugar en el corazón de todos los individuos de su raza -y de la nuestra-: ¡el contacto sexual! Es como si a un agonizante, perdido en un desierto abrasador, le permitiese un eventual salvador poseer todo aquello largamente deseado, exceptuando un anhelo, y éste escogiera eliminar el agua. Su Cielo se le asemeja: extraño, interesante, asombroso, grotesco. Les doy mi palabra. No posee una sola característica que él realmente valore. Consiste -entera y completamente- en diversiones que no le atraen en absoluto aquí en la Tierra, pero que está seguro de que le gustaran en el Cielo. ¿No es extraño? ¿No es interesante? No deben pensar que exagero, porque no es así. Les daré detalles. La mayor parte de los hombres no cantan, no saben hacerlo, ni se quedan donde otros cantan si el canto se prolonga por más de dos horas.”


…..



“Dios está tras esto. Ha pensado durante seis mil años para tomar Su decisión. La idea de exterminar el parásito fue Suya. Estuvo a punto de hacerlo antes de que lo hiciera el doctor Charles Wardell Stiles. Pero está a tiempo para cosechar el mérito. Siempre lo está. Va a costar un millón de dólares. Probablemente Él estuvo a punto de contribuir con esa suma, pero alguien se le adelantó, como de costumbre el señor Rockefeller. Él pone el millón, pero el mérito se le atribuye a otro,como es habitual. Los diarios de la mañana nos informan sobre la acción del parásito intestinal:
“Los parásitos intestinales a menudo disminuyen tanto la vitalidad de las personas afectadas que se retarda su desarrollo físico y mental, se vuelven más susceptibles a contraer otras enfermedades, disminuye la eficiencia laboral, y en los distritos donde la enfermedad es más notoria hay un intenso aumento en el índice de mortalidad por tuberculosis, neumonía, fiebre tifoidea y malaria. Se ha demostrado que la disminución de la vitalidad en la población, atribuida durante largo tiempo a la malaria y al clima de ciertas zonas y que afecta seriamente el progreso económico, se debe en realidad a este parásito. El mal no se limita a una determinada clase de personas; cobra su tributo de sufrimiento y muerte lo mismo entre los acomodados y altamente inteligentes que entre los menos afortunados. Un cálculo conservador señala que dos millones de habitantes están afectados por este parásito. El mal es más común y más grave en los niños de edad escolar. A pesar de ser una infección grave y de estar muy generalizada, hay un punto positivo. La enfermedad puede ser fácilmente reconocida y tratada con eficacia. Puede prevenirse (con la ayuda de Dios) mediante precauciones sanitarias apropiadas y sencillas.”


(Mark Twain, Cartas desde la Tierra)

domingo, 21 de julio de 2019

La llegada del hombre a la luna




Ocurrió el 21 de julio de 1969 y tuvo lugar al sur del Mar de la Tranquilidad.

La tripulación del Apolo 11 estaba compuesta por el comandante Neil A. Armstrong, de 38 años, el primero en pisar la superficie lunar y el que dijo la famosa frase: «Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad»; Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años, apodado Buzz, el segundo de a bordo que siguió los pasos de Armstrong; y Michael Collins, de 38 años, piloto del módulo de mando, que se quedó en la nave. Al módulo lunar se le llamó Eagle y al módulo de mando se le bautizó con el de Columbia.   


A un comentario de su comandante respondió Aldrin: Magnífica desolación. 

Tomaron fotografías y muestras del suelo lunar. Se dieron cuenta de la baja gravedad existente y comenzaron las tareas encomendadas: colocación de una placa con una inscripción que dice: Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969 d.C. Vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad. Está firmada por los miembros de la tripulación y por el presidente de los Estados Unidos; una cámara de televisión, un detector de partículas nucleares, desplegaron la bandera estadounidense, e iniciaron una conversación telefónica con el presidente Richard Nixon.

Nixon:  Hola Neil y Buzz, les hablo el Despacho Oval de la Casa Blanca y seguramente esta será la llamada telefónica de mayor relevancia histórica que haré desde la Casa Blanca. No puedo llegar a expresar el inmenso orgullo que sentimos todos por lo que acabáis de lograr, porque gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres y como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra. En este momento único en la historia del mundo, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Lo que han hecho enorgullece y rezamos para que vuelvan sanos y salvos a la Tierra.

Armstrong: Gracias, señor presidente, para nosotros es un honor y un privilegio estar aquí. Representamos no solo a los Estados Unidos, sino también a los hombres de paz de todos los países. Es una visión de futuro.

El 24 de julio, los tres astronautas lograron un perfecto amerizaje en aguas del Océano Pacífico, poniendo fin a la misión. El éxito del Apolo 11 fue tal que diez hombres más les imitaron en su viaje hacia lo imposible. La última misión lunar de este tipo fue en 1972, y desde entonces nadie ha vuelto a pisar la Luna.


El próximo objetivo es Marte, y solo será cuestión de tiempo.

viernes, 19 de julio de 2019

Liliana Delucchi: Treinta años




Hasta algún tiempo después, Alejandra no recordaría haber recibido la carta con un remite de Boston. La asistenta la dejó junto a facturas y extractos bancarios y allí quedó hasta que se decidiera a poner en orden los papeles para entregar a la gestoría. No habría vuelto a pensar en ello si no fuese por esa llamada telefónica que la dejó trastornada. Una voz lejana y conocida la citaba en el Parque del Retiro, junto a la fuente del Ángel Caído.

El próximo viernes, a las cuatro de la tarde. Fue todo lo que dijo. Entonces ella pensó que su memoria reconocía la letra de ese sobre, pero no lo abrió.

Se conocieron en la universidad, ante la puerta de un aula destartalada en la que el profesor ya había iniciado la clase. Ninguno de los dos entró y tras mirarse un rato sin saber muy bien qué decir, fueron a la cafetería. Él llevaba un ejemplar de Historia Universal de la Infamia y ella le dijo que no era su obra favorita de Borges. Ésa fue la primera discrepancia que tuvieron. Llegaron otras, cada vez más oscuras, por llamarlas de alguna manera.

Él le rogó que no lo dejara, que era consciente de que su autoritarismo y hoscas actitudes la estaban marchitando. Le prometió que cambiaría. Pero para entonces ella había recuperado su sonrisa y se fue caminando por una acera llena de jacarandás bajo el aire tibio de noviembre.
A lo largo de los años siguientes, solo se enteró de él a través de otras personas, de su matrimonio, una hija, una carrera profesional floreciente y, finalmente, una plaza de profesor en Estados Unidos.

Nunca supo Alejandra cómo él consiguió su dirección de Madrid. Empezaron a llegarle cartas con referencias a una juventud que ella no ansiaba recordar. Nunca le contestó y la correspondencia se fue espaciando hasta desaparecer.

Entonces comenzaron a llegar personas, una compañera del gimnasio que en un determinado momento hizo referencia a un hombre, por la descripción no le cupo dudas y lo peor, quería un encuentro. Alejandra se negó. Como se negó también a otras visitas circunstanciales que aparecían de pronto y por casualidad. Todas con el mismo mensaje y a todas arrancó de su vida.

Esta vez, sin intermediarios, la citaba en El Retiro. No sabía si fue la curiosidad o el deseo de poner fin a una persecución de más de treinta años, el caso es que ese viernes se encaminó a El Retiro. Dio una vuelta a la fuente del Ángel Caído sin encontrar más que pájaros picoteando las migas que alguna anciana les hubiera arrojado. Cuando estaba a punto de regresar a su casa vio un paquete envuelto en papel de estraza, donde se leía: Para Alejandra. Supo quién lo había dejado y lo abrió. Era un ejemplar de la Historia Universal de la Infamia, con una nota que decía: “No has querido volver a verme en este mundo, te espero en el otro”.

A la mujer no le temblaron las manos cuando lo dejó en una papelera, junto con botes vacíos de Coca-Cola y restos de bocadillos.


jueves, 18 de julio de 2019

Paula de Vera García: Otro hijo contigo (Vegeta & Bulma 9)




La mujer cerró los ojos y echó la cabeza unos milímetros hacia atrás, suspirando. Algo era algo.

–Vegeta –lo llamó, consciente de que iba a sacar a la luz un tema algo espinoso–. ¿Eres… feliz conmigo? ¿Con nosotros? –se corrigió, pensando en Trunks–. ¿Con tu hijo?

Los dedos que ceñían la mano de Bulma se crisparon por una centésima de segundo y Vegeta resopló con fuerza junto al hombro casi desnudo de su esposa.

–Sí. Lo soy. Lo sabes –repuso, ronco, al cabo de unos segundos–. Pero, por un momento, quise volver a sentir… Volver a ser… –solo ahora, abrazado a su esposa, se daba cuenta de lo idiota que había sido; podía haber perdido a su familia para siempre por su egoísmo y, pensado en frío, tenía que admitir que jamás se lo hubiese perdonado; cuando Goku le había dicho que Buu los había absorbido. Cuando habían huido al planeta de los Kaio–Shin, dejando a su hijo atrás a merced de la explosión de la Tierra… Era demasiado doloroso solo recordarlo. Por ello, avergonzado, Vegeta se retiró bruscamente un segundo después y le dio la espalda a Bulma, empezando a encaminarse hacia la cama–. Soy un idiota –sentenció.

Pero su mujer fue más rápida. Con un gesto firme, tomó la muñeca de él antes de que se alejara y lo obligó a detenerse. Vegeta se volvió, intrigado, sin ver asomo de reproche en los ojos de su esposa. Al contrario, vio lágrimas, lo cual tampoco le hizo sentir mejor. Más bien, solo era la confirmación de su peor suposición: le había hecho daño. Otra vez.

Pero también es cierto que lo que hizo ella a continuación solo lo desconcertó aún más. Sin preaviso y en apenas un segundo, Bulma recortó el metro de distancia que los separaba, le echó los brazos al cuello y lo abrazó con una fuerza inusual en ella, al tiempo que enterraba el rostro en el hueco de su clavícula.

–Sí, eres un idiota, de los peores que hay en todo el maldito Universo –sollozó entonces Bulma, soltando por fin la tensión que había soportado desde que todo se había torcido en el Torneo de Artes Marciales, haciendo que él se crispara del todo, arrepentido hasta la médula–. Pero un idiota sin el que no sería capaz de vivir –Vegeta se quedó todavía más paralizado si cabía ante aquella declaración, mientras abrazaba a Bulma casi por instinto y rogaba, interiormente, porque aquel horrible torrente de lágrimas dejase de empaparle el hombro y de resbalar por su brazo. Si había algo que su duro corazón jamás había podido aguantar, desde que se había enamorado de Bulma hacía algo más de siete años, era verla llorar–. Cuando mataste a toda esa gente, no quería creer que ese fueras tú; llegué a odiarte hasta el fondo de mi ser, no me creía capaz siquiera de volver a mirarte a la cara –Vegeta contuvo una maldición a tiempo mientras mantenía a Bulma aferrada contra su pecho y un nudo muy desagradable se cerraba sobre su garganta–. Pero cuando me dijeron después que habías muerto, yo… –continuó Bulma, emocionada–. Me sentí tan destrozada que…

Vegeta ciñó los brazos alrededor de ella con más intensidad, impotente y odiándose a sí mismo más que nunca.

–Bulma –la llamó, apoyando los labios sobre su corta cabellera azul. El llanto de la aludida se cortó un poco, expectante ante lo que él tuviese que decir; pero ambos se mantuvieron en la misma postura, como dos estatuas atrapadas en el tiempo y el espacio–. No llores más, por favor. No soporto verte así.

Secándose las lágrimas, Bulma se separó entonces unos centímetros de él y le acarició el rostro.
–Vegeta, yo… –sorbió.

Él, sin embargo, se limitó a callarla rápidamente con dos dedos, como si le hubiera leído la mente.

–Lo sé. No lo digas –repuso, en cambio, antes de volver a abrazarla–. No volveré a dejar que nadie me controle ni que nadie os haga daño a ti o a Trunks –aseguró, ronco–. Te lo prometo.

Bulma sonrió contra su piel, sin responder. Poco a poco, su cuerpo dejó de sacudirse y se fue relajando, acunada en silencio por los brazos de Vegeta. Aunque él no lo admitiera, había cambiado en aquellos años. Sin duda había cambiado. Aunque de cara a la galería siguiera pretendiendo ser la misma criatura orgullosa, fría y distante que era doce años atrás, cuando llegó a la Tierra en busca de venganza y destrucción, ella lo conocía lo suficiente como para ver tras toda esa cortina con absoluta claridad.

–Vegeta.

–¿Qué?

Bulma sonrió, un poco avergonzada.

–Llevo un tiempo pensándolo… Pero sé que seguramente me vas a decir que no –reconoció, sin alzar la cabeza–. Al fin y al cabo, no es que la última vez saliera muy allá…

–¡Oh, vamos, suéltalo ya! ¡No me tengas así! –rogó él, impaciente.

Qué poco le gustaba que la gente se andase con rodeos, aunque fuese Bulma… No obstante, su esposa negó con la cabeza, tozuda. Bulma estaba segura de que Vegeta saltaría como un resorte ante aquella propuesta y no quería eso, aquella noche no. No obstante, debió saber que él no se daría por vencido así porque sí–. Bulma... –el Saiyan puso los ojos en blanco, se retiró un poco y se sentó sobre el borde de la cama, cansino, mientras tiraba de ella para acercarla a él al mismo tiempo. Ella se quedó de pie frente al Saiyan, roja como un tomate y sin saber bien qué hacer. Él sonrió a medias, con aparente resignación–. No creo que eso sea muy cierto desde hace siete años, ¿no crees?

Bulma dudó aún un segundo. Pero, al ver que él esperaba su respuesta con cierta impaciencia, se inclinó apoyando las manos en sus rodillas hasta juntar su mejilla con la de él.

–Quiero tener otro hijo contigo –susurró ella junto a su oído, antes de retirarse para comprobar la reacción del Saiyan. Este pareció sorprendido, pero su expresión había cambiado a otra algo neutra, con el entrecejo levemente fruncido. Bulma enrojeció aún más, sabiendo que había sido una tontería en cuanto lo había materializado en voz alta–. ¿Qué opinas…? ¿Tú…? ¡Ah!

Antes de poder obtener respuesta a esto último, visto y no visto, Bulma se vio lanzada sobre la cama; el cuerpo de su marido, claramente listo para la acción, la aprisionaba dulcemente contra las sábanas y ahora, en vez de tener el rostro plano, sonreía con lujuria mal disimulada. Pero lo que encendió del todo a la mujer fueron sus siguientes palabras:

–¿Y a qué estamos esperando?

Así, tras besarse con deseo y pasión renovados, Vegeta y Bulma se desnudaron el uno al otro e hicieron el amor sin prisa, durante toda la noche; disfrutando de cada roce, cada susurro al oído y cada gemido de placer del otro como si casi fuera su primera vez en la intimidad.

Al enlazar sus cuerpos, como siempre, se sentían como si fueran uno solo, dos piezas acopladas a la perfección por el destino en una energía, un movimiento y un solo deseo que los empujaba a amarse sin contemplaciones. Aparte, toda la contención de Vegeta se había roto en el momento en que se había sentido perdonado por ella; por su diosa particular, por su mirada azul cristal. Refugiarse en sus brazos era como un bálsamo que curaba todas sus heridas, que convertía su existencia en luz y dejaba atrás la negrura del pasado.

Cuando por fin se durmieron, agotados y al filo de un rojizo amanecer, lo último que hizo Vegeta antes de cerrar los ojos fue rozar suavemente con los dedos el vientre plano y perfecto de Bulma. En el fondo, aunque no lo expresara en voz alta, lo había emocionado que ella le pidiera ir a por un segundo hijo; era un regalo que solo su lado más orgulloso creía merecer por derecho.

Pero el lado racional del Saiyan, el que adoraba a Bulma por encima de todo, estaba encantado por la posibilidad de, por fin, hacer las cosas bien con el regalo que era su familia. Aunque no lo dijera, en ese momento se dio cuenta de lo importantes que eran en su vida. Había relegado sus sentimientos tan al fondo de su alma que se había creído incapaz de volver a sentir nada similar por nadie. Pero ahí estaba.

“Desde luego”, pensó, “ay del que se atreva a poner en peligro su seguridad”. Porque, si era necesario, el príncipe de los Saiyan volvería a protegerlos con su propia vida.

Y en esa ocasión, no le importaría a quién tuviera que llevarse por delante con tal de conseguirlo.

(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Kai)


© Paula de Vera García

miércoles, 17 de julio de 2019

Martin Niemöller: Cuando vinieron

Martin Niemöller


«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
 
Cuando vinieron a buscar a los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.
 
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,
no había nadie más que pudiera protestar».




No se trataba originalmente de un poema, sino del sermón: ¿Qué hubiera dicho Jesucristo? Pronunciado en la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern (Renania-Palatinado-Alemania).

Se le atribuye erróneamente al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht.

martes, 16 de julio de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 46: Teatro Colón de Buenos Aires





Este templo de la música ha sido elegido este mes para los relatos que ofrecemos. Historias que se desarrollan en el escenario, detrás de él o en el patio de butacas y que hablan de encuentros y desencuentros, amores perdidos y reencontrados, vida y muerte y hasta lo que imaginamos que hay después de ella…




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Disfrutad con nuestros cuentos

lunes, 15 de julio de 2019

Museo del Prado: Fra Angélico

La Anunciación. El Prado


Nació en la región de Toscana, en Vicchio, Florencia, hacia 1400. Fue un pintor cuatrocentista italiano, aprendiz de Lorenzo Monaco cuando en Florencia se construía la cúpula de Brunelleschi para la catedral, las puertas de Ghiberti para el Baptisterio y las esculturas monumentales de Ghiberti y Donatello para el Campanile y la iglesia de Orsanmichele, cuartel general de los gremios florentinos. Todos estos artistas buscaban inspiración en la Antigüedad.

Se ordenó en el convento de San Domenico de Fiésole, donde tomó el nombre de Fra Giovanni. Para este convento pintó tres retablos, uno de ellos el de la Anunciación del Prado.

En su tumba en Santa María Sopra Minerva, en Roma, aparecen estos fragmentos:

¿Quién podrá encontrar otro pincel como este?

No me elogiéis porque parezca un nuevo Apeles, sino porque os entregué, oh Cristo, todas mis riquezas.

La gloria, el espejo, el ornamento de los pintores.

Su condición de fraile ha hecho que se pasara por alto su talento en el manejo de la luz, la perspectiva espacial y la narración, en beneficio de sus logros como pintor teólogo.

La Anunciación es el primer retablo conocido del Renacimiento compuesto en forma rectangular en lugar de con arcos góticos y sin fondo dorado. Para la casa de la Virgen el pintor adoptó el nuevo sistema de dibujo en perspectiva creado por Brunelleschi. La inclusión de Adán y Eva es una innovación del propio autor, como queriendo humanizar su versión sobre este tema.

El acierto con que supo ilustrar los principios de la fe cristiana fue la razón de que poco después de su muerte en 1455 se le diera el sobrenombre de Angélico, que exaltaba sus facultades de pintor religioso al equipararle con el gran teólogo dominico Tomás de Aquino, conocido como «doctor Angélico».

La Anunciación llegó a España en 1611, cuando era máximo el aprecio por Fra Angélico, mientras que la Virgen de la granada fue adquirida por el XIV duque de Alba en 1817.

La Virgen de la Granada. El Prado


Giorgio Vasari describe el retablo de La Anunciación de Fra Angélico y afirma que la Virgen no parece pintada por la mano del hombre, y se refiere al pintor como poseedor de «un raro y perfecto talento» y que «nunca levantó el pincel sin decir una oración ni pintó el crucifijo sin que las lágrimas resbalaran por sus mejillas».

Según recoge el escritor dominico Serafino Razzi, Miguel Ángel dijo que Fra Angélico debía de haber visto a la Virgen en los cielos antes de pintarla en La Anunciación.

A diferencia de otras obras maestras el retablo de La Anunciación no salió del museo durante la Guerra Civil.



La Virgen de la Humildad.
Museo Thyssen-Bornemisza. Barcelona