domingo, 30 de junio de 2019

Ángeles Castilla López: Mis camelias


Libro: La elegancia del erizo

Autora: Muriel Barbery (Casablanca, Marruecos, 28 de mayo de 1969)

Sinopsis: En el número 7 de la calle Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece... Renée y Paloma descubren el secreto de las pequeñas cosas.

He aquí algunas de las frases que aparecen en esta maravillosa novela: 

¿Acaso no abordamos todos la vida como quien realiza el servicio militar? Es decir, haciendo lo que uno buenamente puede a la espera del combate o de que termine el servicio.

Los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje.

Cuánto mejor sería si compartiéramos unos con otros nuestra inseguridad, si todos juntos nos adentráramos en nosotros mismos para decirnos que las judías verdes y la vitamina C, si bien alimentan al animal que somos, no salvan la vida ni sustentan el alma.

¿Dónde se encuentra la belleza?¿En las grandes cosas que como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas, que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?

La verdadera novedad es lo que no envejece pese al tiempo.

Día tras día recorremos nuestra vida como quien recorre un pasillo.

Pues el Arte es la emoción sin el deseo. Pues el Arte es la vida pero con otro ritmo.

Vivir, morir: no son más que consecuencias de lo que se ha construido. Lo importante es construir bien. Por ello, me he impuesto una nueva obligación: voy a dejar de deshacer, de derribar, y me voy a poner a construir. Hasta de Colombe haré algo positivo. Lo que cuenta es lo que uno hace en el momento de morir y, el próximo 16 de junio, quiero morir construyendo.

Yo en cambio hace tiempo que aprendí que la vida se pasa volando, mirando a los adultos a mi alrededor, tan apresurados siempre, tan agobiados porque se les va a cumplir el plazo, tan ávidos del ahora para no pensar en el mañana... Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy ¿lo entendéis?

De modo que sobre todo no hay que olvidarlo. Hay que vivir con la certeza de que envejeceremos y que no será algo bonito, ni bueno, ni alegre. Y decirse que lo que importa es el ahora: construir , ahora, algo, a toda costa, con todas nuestras fuerzas... Para eso sirve el futuro: para construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos.

Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado  a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes... Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.

¿Qué distracción hay más noble, qué compañía más distraída, qué contemplación más deliciosa que la de la literatura?

Desdichados los pobres de espíritu que no conocen ni el trance ni la belleza de la lengua.

Los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje.

… dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin buscarle tres pies al gato y sin creer en nuestra naturaleza animal tiene algo de divino. Sólo así tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte.

Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas, pero también nosotros no somos sino pobres abejas destinadas a llevar a cabo una tarea para después morir.

La fascinación por la inteligencia es algo fascinante. Para mí no es un valor en sí. Gente inteligente la hay a patadas.

Manuela, amiga mía ... ¿Sabes que mis pensamientos más bellos los he tenido contigo?

Lucien … ¿Qué queda exactamente de una vida cuando quienes la vivieron juntos hace tiempo que han muerto?Experimento hoy un sentimiento curioso, el de traicionarte; morir es como matarte de verdad. No es suficiente pues que sintamos alejarse a los demás; aún hay que dar muerte a quienes sólo subsisten a través de nosotros.

Y usted, Kakuro, querido Kakuro, gracias a quien he creído en la posibilidad de una camelia …

¿Cómo se decide el valor de una vida? Lo que importa, me dijo Paloma un día, no es morir, sino lo que uno hace en el momento en que muere. ¿Qué hacía yo en el momento de morir? Había conocido al otro y estaba dispuesta a amar... tras cincuenta y cuatro años de nada, de no conocer a nadie, ni de estar jamás con el otro: Manuela, siempre. Pero también Kakuro. Y Paloma, mi alma gemela. Mis camelias.

… me digo que a fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás. Sí, eso es, un siempre en el jamás...

Pues, por usted, a partir de ahora buscaré los siempres en los jamases.

La belleza en este mundo.


Muchas gracias, Angelines, por esa sensibilidad y buen hacer

sábado, 29 de junio de 2019

Cristina Vázquez: Laberinto entre flores







Para Carmen y Maria, apolíneas jardineras





Adoro estas tardes de finales de verano, le iba diciendo Hortensia a su perrita Gipsy. Saltaba con precaución de anciana cualquier dificultad del terreno, aunque fuera por un camino de arena fina bordeado de arbustos. Tocaba las flores frotando entre los dedos algunas hojas, y trataba de recordar sus nombres latinos: onoclea sensibilis, lavandula angustifolia. Hum… Asaltada por la duda la invadía una triste inseguridad, laurus nobilis. Ves Gipsy, aún recuerdo y seguía alegremente su paseo hasta llegar a su imponente casa.

Sin darse cuenta, Hortensia había envejecido con su aire de niña permanente. Resultaba sorprendente que se le fueran descolgando las mejillas y que su frente perdiera la tersura de alabastro que tanto habían admirado los poetas que rodeaban a su marido, el gran escritor, el indiscutible hombre de letras, que les abandonó para subir al altar de la inmortalidad hacía seis meses.

Ella se quedó tan sorprendida por su muerte como de verse ajada y tener que reforzar sus tirabuzones naturales con alguno postizo, y ponerse el abanico delante de la boca al sonreír, para disimular el color amarillento de su vacilante dentadura. No podía comprender cómo su amado marido le había hecho la faena de irse así, sin más. Él que siempre fue tan atento, tan considerado... La protegió de cualquier problema, tratándola como a una pequeña musa, un querido bibelot, y mimándola con la condescendencia de la hija que no tuvieron. Ella concentró su no muy despejada aunque activa inteligencia, en aprenderse los nombres de las plantas en latín por orden alfabético, como él le suplicó, y algunas noches en las reuniones de adoradores de su esposo, repetía como un monito amaestrado los interminables latinajos con la letra que decidían al azar. Parahebe catarractae, parthenocissus henryana, pasiflora caerulea…

Él la miraba con orgullo paternal y ella se recogía satisfecha, aunque un poco contrariada a veces. Algunos nombres eran difíciles de retener y se los inventaba. Ninguno de los genios que aplaudían a su marido se daba cuenta, ni se hubiera atrevido a corregirla en el caso de que lo notara. Otra de sus aficiones fue decorar la preciosa casa con esmero de bordadora.

Al entrar en el salón biblioteca, donde habitualmente se hacían estas reuniones y en el que ahora pesaba un silencio reverencial, se sorprendió de encontrar a una mujer sentada en una de las butacas. Joven, vestida con modestia, elegante en los movimientos, con una determinación en sus mandíbulas firmes y en el perfil altivo que no le resultaron extrañas.

En cuanto la vio aparecer, la chica se levantó con prontitud, disculpándose en un tono moderado y conciso por haber irrumpido sin previo aviso en su casa, pero la importancia del asunto la había impulsado a hacerlo, afirmó. Su nombre era Iris. Ella la miraba con la boca abierta y el corazón acelerado, mientras la querida Gipsy gruñía, protegida en las faldas de su ama, tan amenazante como daba de sí su diminuta garganta.

—Usted dirá —contestó en el tono más controlado que pudo, ofreciéndole que se sentara.

Así lo hizo la joven y puso sobre sus rodillas un voluminoso tomo.

—Este manuscrito me lo dio mi padre antes de morir y dijo que aquí se guardaba mi futuro.

La perrita mordisqueaba el borde de la alfombra interpretando el nerviosismo que sentía la dulce Hortensia.

—¿Y? ¿En qué me atañe a mí?

Su voz sonaba artificialmente severa y firme.

—Pues —titubeó Iris—, que su marido era mi padre.

El grito espeluznante que dio hizo huir a Gipsy y cayendo como un peso muerto sobre el respaldo, empezó a llamarla ladrona, embustera, sinvergüenza. Un par de bucles se desprendieron con inusitada violencia de su cofia. Iris se mantenía serena con las dos manos extendidas sobre los papeles donde reposaba su futuro, otra obra inmortal cuyos derechos de autor serían para ella, además de la casa cuando Hortensia tuviera a bien acompañar a su esposo en la gloria, le susurró con un soniquete de canción de cuna o de oración benéfica. Mientras Hortensia se reponía respirando trabajosamente, Iris señaló las plantas que se veían en la veranda al fondo del salón, y en una dulce melopea empezó a recitar fasthedera lizei, onoclea sensibilis, polystichum setiferum…

La pobre mujer se iba derrumbando como un pelele y un hipo incontenible la mantenía en una patética vulnerabilidad, sin poder responder nada.

El libro se llama “El laberinto de amor entre las flores”.



jueves, 27 de junio de 2019

MJ Pérez: Flores


Aquella mañana la chica sintió de nuevo la respiración acelerada y el corazón latiendo a toda velocidad en su sudoroso pecho. Observó su caja de pastillas y se preguntó si las habría vuelto a olvidar. Se levantó con paso vacilante y abrió el cartón con mano temblorosa, contando una y otra vez las medicinas, dándose cuenta que todo iba en orden. Que su memoria no había fallado esta vez. Se dejó caer en la cama de nuevo, con los ojos abiertos como platos y supo que no volvería a conciliar el sueño.

Se aseó y con un termo de té en la mano decidió dar un paseo. Era domingo y la temperatura era cálida, de manera que se aventuró a la calle. Podría haberse decantado por permanecer en casa, tapada hasta la cabeza, deseando que todo acabase. Esta vez no. Tan simple como eso: tomó una decisión diferente a la habitual. Con todas las dudas que aquello conllevaba.

Los primeros pasos fueron complicados, sudaba y se preguntaba si estaría haciendo lo correcto. Cuando sus pies empezaron a sujetarla de un modo más firme aceleró el paso y sintió como sus mejillas se calentaban y el té se iba enfriando. Se detuvo, pues pretendía apurarlo de un trago, y cuando terminó de beber se descubrió frente a un pequeño parque verde y lleno de sombra. Se encogió de hombros, ¿y si...?


Fue un trayecto corto. Pues uno de los bancos, junto a un pequeño parterre lleno de flores de colores, llamó su atención. Se sentó, respirando con cierta dificultad, y cerró los ojos. El aire olía a sol, a limpio, a promesas. Alzó los párpados, que de pronto le parecieron muy pesados, y entonces lo vio: el amarillo, el morado, el azul, el rosa... Colores vivos, flores distintas que encajaban una con otras como en una ecuación perfecta.

Belleza, diversidad, unión... todo ello y más descubrió la muchacha en aquellas flores que tenía a sus pies. Y el descubrimiento más importante: la sonrisa que se formó en sus labios. La sonrisa que la ansiedad había borrado con su hambre voraz había vuelto tras meses desaparecida. Todo gracias a las flores.

Porque las cosas pequeñas, los detalles que son absorbidos por la marejada de oscuridad son lo que, en muchas ocasiones, nos llevan de regreso a la luz. No las perdáis de vista.

© M. J. Pérez

martes, 25 de junio de 2019

El planeta de los simios (1968)




La película se estrenó en Estados Unidos el 26 de julio de 1968. Es la adaptación al cine de la novela de Pierre Boulle, cuyos derechos compró Arthur D. Jacobs por trescientos sesenta mil dólares antes de que estuviese terminada. La genial adaptación al cine, realizada por Rod Sterling, en un primer momento, y por Michael Wilson, posteriormente, la pusieron en un pedestal.

Cuatro astronautas protagonizados por Charlton Heston en el papel de coronel George Taylor, Robert Gunner, Jeff Burton y Dianne Stanley aterrizan en un lago en un planeta desconocido habitado por simios. Allí se encuentran con Kim Hunter que interpreta a la doctora Zira y a Roddy McDowall que da vida al personaje de Cornelius. En esta sociedad los gorilas ocupaban los cargos militares; los orangutanes eran los intelectuales; y los chimpancés, los científicos.

El maquillaje fue un asunto de suma importancia para la producción: la apariencia de los simios tenía que ser lo más real posible. Y en esta tarea, sin lugar a dudas, deslumbró John Chambers, un experto maquillador que había ayudado a los heridos de la II Guerra Mundial a normalizar sus rostros desfigurados. Supuso un 17% del total del costo.

Con un presupuesto de cinco millones y medio de dólares, la película recaudó más de treinta y dos. Gracias a su éxito, la productora 20th Century Fox se aventuró posteriormente con La guerra de las galaxias (1977) y Alien: el octavo pasajero (1979).

En 2001 fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada para su preservación en el National Film Registry.

domingo, 23 de junio de 2019

Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una vida violenta"

Blog literario Francisco Martínez Bouzas

HUÉRFANOS Y HUMILLADOS DEL SUBPROLETARIADO




Una vida violenta

Pier Paolo Pasolini

Monte Ávila Editores, Caracas, 284 páginas

(Libros de siempre)


   
   Una vida violenta está considerada como la novela que ocupa la cúspide de la narrativa de Pier Paolo Pasolini. Y como uno de los principales títulos de la narrativa de posguerra. La novela es sin duda una de las más poderosas representaciones de la realidad, porque el  escenario narrativo que nos ofrece Pasolini, en la construcción de un mismo  drama, lo encontramos todo: el día y la noche, los actores y sus sombras, el deseo y la frustración. Y todo eso lo logra Pasolini haciendo del lector testigo de las peripecias, romances, desengaños y tragedias de Tommaso Puzzilli, un joven que vive en una barriada de barracas de Pietralalata, en la periferia de Roma. Él, junto con sus compañeros, convive con el hambre y con la delincuencia, diseña y realiza robos, se prostituye, y se envilece a cada paso que da con comportamientos cada vez más violentos y embrutecedores. Y cuando el amor llama a su puerta y se convierte en la oportunidad de redención, no la puede aprovechar porque su pasado delictivo o la tuberculosis no le permiten proyectar un rayo de esperanza sobre su existencia.

   La obra de Pasolini es ante todo un texto fundamentado en la veracidad. Su fuerte carga de expresiva verosimilitud proviene del hecho de que los episodios descritos están extraídos de la vida diaria de un grupo de delincuentes de Roma en los años cincuenta; ambientes marginales que Pasolini conoció en toda su crudeza.

   Es así mismo una novela de formación que muestra el crecimiento interior del personaje principal que llega a transformarse de pequeño delincuente en un chico maduro y responsable del barrio INA Case. Y es finalmente una novela con grandes dosis autobiográficas porque está sacada  de las experiencias vitales del autor.

   
                                              
Pier Paolo Pasolini
   
                                                 
    Con relación a la técnica narrativa, es preciso anotar que Pasolini, en pleno respeto de la verosimilitud, deja que sean sus personajes los que hablen, sin intervenir con juicios valorativos explícitos ni con moralidades, pero situándose detrás de los mismos. El resultado es una narración con una focalización interna múltiple ya que las acciones llegan a los ojos lectores filtradas por los mismos personajes. El lenguaje es el apropiado para la recreación de la vida marginal: dura, violenta y a veces incluso obscena, escabrosa y mal hablada. El idioma que escuchaban y hablan todos los días los huérfanos y humillados del capitalismo de posguerra.


Francisco Martínez Bouzas

viernes, 21 de junio de 2019

Blanca del Cerro: Amor estilo aceituna



Desde su improvisada atalaya dominaba todo sin ser visto. El campo infinito, el olivar inmenso, las montañas allá a lo lejos, la extensión salpicada de verde y verde y más verde que cabalgaba hasta que se perdía en un horizonte también verde de olivos. Desde aquel lugar dominaba el lago, el castillo y el pueblo, dominaba hasta el aire que apretaba los pulmones de tan puro. Y desde allí arriba, sobre una rama gruesa y retorcida —debía tener un infinito de años a su espalda—, su fortaleza particular, fue donde la vio por vez primera, en secreto, como si fuera un águila a la caza de su presa. La vio y el alma se le llenó de suspiros.
Sabía quién era, ¿cómo no saberlo?, la hija pequeña del dueño de todo aquello que tenía delante y probablemente más allá, la única niña después de cuatro varones, el tesoro privado de los Marqueses de Villaflora, los amos de tantos y tantos olivos que se extendían hasta que la vista ya no podía más y los ojos se achicaban formando rendijitas. Esa era ella, Manuela, así llamada en honor a su abuela paterna, una verdadera dama. Por aquellos tiempos lejanos, con motivo de su nacimiento se celebró una grandiosa fiesta —baile, comida y jolgorio— tanto en el castillo como en el pueblo, todos los empleados de los marqueses recibieron un jornal extraordinario y las celebraciones se prolongaron a lo largo del fin de semana, unas jornadas fastuosas salpicadas de flores y sonrisas. Los trabajadores, sin faltar uno, acudieron en tropel a contemplar a la niña, blanca y rubia. Entre ellos, los propios padres de Hugo. Hugo no lo recordaba porque solo tenía dos años en aquellos días de gloria, muy azules y muy verdes, porque el cielo y la tierra quedaron comprimidos en una algarabía desconocida de sonrisas para la conmemoración de aquel nacimiento.
El firmamento empezaba a deshacerse hacia el atardecer. Desde su atalaya Hugo pudo ver a Doña Fernanda, la madre de Manuela, la Marquesa de Villaflora en persona, acompañada por un par de damas, tan elegantes como ella misma, tintineo de pulseras y collares, paseando y charlando por el olivar, y a su hija Manuela, que las seguía unos cuantos metros detrás, se diría olvidada, tocando todos los árboles a medida que pasaba junto a ellos. También tocó aquel en el que estaba encaramado Hugo, quien la contempló desde las alturas y se preguntó que de dónde habría surgido tanta belleza y tanta dulzura, parecía un verdadero ángel, allí, en medio de una nada verde, en el centro de un olivar inmenso. Y la muchacha continuó su caminar tras las señoras sin percatarse de que dos ojos de color noche la perseguían y la habían grabado fascinados. Aquel día la vida del joven dio una voltereta en el aire.
Hugo, desde su atalaya oculta, ya no contemplaba el campo, ni el viento, ni el castillo, ni el olivar, ni el mundo verde que le rodeaba, porque todo aquello había dejado de interesarle. A partir del día en que divisó a Manuela, subía todas las tardes a esperarla por si su figura surgía tras el séquito de las damas elegantes, unas tardes aparecía, otras no, dependía del tiempo y del sol, y también de la época del año, o no dependía de nada en concreto sino de que simplemente apareciesen, y desde allí la observaba soñando con sus labios, imaginando locuras a su lado, desgranando las palabras que pronunciaría ante ella, cómo mirarían sus ojos, cómo sonaría su voz, cómo le acariciarían sus manos, suponiendo que algún día se atreviera a acercarse. Y así, un sueño detrás de otro, se le iban las tardes subido a la rama de un olivo centenario, a la búsqueda de una sombra y un alma. No sabía cómo comportarse ni cómo actuar, pero sí sabía que no podía ni debía hacer mucho más de lo que estaba haciendo, aunque lo deseara.
Manuela era la hija del dueño de aquel grandioso marquesado y él era el hijo de dos de sus sirvientes, su padre trabajaba en los campos y su madre en las cocinas del castillo. Manuela poseía grandes riquezas y él no tenía más que unas pocas monedas en los bolsillos, fruto de su trabajo, aunque casi todo lo entregaba a su madre, no había otro remedio, tenían que comer y vivir. Manuela habitaba en un castillo fastuoso y él en una humilde casita de un pueblo perdido. Manuela escalaría a lo largo de su vida las cumbres de las altas esferas y el sería por siempre un humilde empleado. Al fin y a la postre, Manuela tenía su destino escrito en las estrellas y él en los charcos.
Encaramado a su rama, se le escapó algo que podría confundirse con un sollozo.
El mes de mayo estallaba ingrávido entre mariposas y flores. Aquel día, por una u otra razón —porque llevaba mucho tiempo contemplándola, o porque las palabras se escapaban solas, o porque se le atragantaban los suspiros en el centro de la garganta, quién podría saberlo—, Hugo pensó que había llegado el momento de surgir de la nada, de aparecer en la vida de su adorada Manuela, de darse a conocer, de que ella por fin supiera de su existencia, ya que, de lo contario, acabaría muriendo de pena y silencio. No sucedería nada porque nada podía suceder tras su hazaña —tal vez una sonrisa o tal vez un rechazo—, pero llevaba demasiado tiempo acumulando tantos sinsabores que era totalmente necesario actuar de alguna manera.
Arrancó una rama de olivo con su flor correspondiente y esperó.
Aparecieron por el camino que llevaba al castillo y se adentraron en el olivar, la tarde cayendo a plomo, esta vez eran cuatro damas, una estela de perfume tras de ellas, y la joven a la zaga, tocando los árboles y deteniéndose de cuando en cuando a observar cualquier pequeño detalle que brindara la naturaleza. Hugo ni siquiera respiraba. Descendió hasta posarse en la rama más cercana al suelo, hasta que Manuela llegó al olivo donde él se encontraba agazapado y cuando la tuvo a dos pasos, chistó desde arriba. Manuela levantó la cabeza extrañada, vio a su enamorado —sin saber todavía que lo era—, y abrió la boca estupefacta mientras el joven se ponía un dedo sobre su boca fruncida para que ella no profiriese una palabra, algo que, en realidad, no podría haber hecho porque se lo impedía el asombro. Aprovechando el momento de desconcierto, Hugo alargó su brazo izquierdo, entregó a Manuela la rama de olivo con su flor correspondiente —rapa era el nombre de dicha flor—, y empezó a trepar hacia las alturas desapareciendo al instante.
La muchacha permaneció quieta, con la rama en la mano, pensando si aquello había sido un sueño o un engaño de su imaginación. Miró hacia arriba, hacia la copa del árbol, y no vio más que hojas, ramas, flores y muchas sombras entremedias.
Agazapado en lo alto de la copa, Hugo intentó agarrarse el corazón con las manos porque creyó que iba a salir dando saltos por la campiña. Era un valiente, se había atrevido a presentarse ante ella, había visto sus ojos casi transparentes, su boca formada de cerezas y sus manos hechas de rocío suave, y le había entregado la rama y la flor, lo único que poseía, y ella le había mirado asustada, sin saber qué hacer ni cómo actuar. No podía creer que se hubiera atrevido a tal hazaña. Aquella tarde llegó a su casa montado en el potro blanco de las ilusiones.
A partir de ese día grandioso, y normalmente tras una jornada de arduo trabajo junto a su padre, Hugo sacaba fuerzas de su interior desesperado y la mayoría de las tardes aguardaba a Manuela encaramado en su árbol. Y Manuela acudía siempre que le era posible, unas veces sola, otras en compañía de su madre y las damas, dejándolas caminar delante, a recibir los halagos, las sonrisas y las escasas palabras de aquel muchacho que le parecía el paradigma de la dulzura y el hijo del misterio. No sabía quién era, pero no importaba. Se llamaba Hugo, eso sí lo sabía, porque se lo había dicho él, y el resto carecía de interés. Y ella también le había dicho su nombre, aunque no hiciera falta porque todo el mundo conocía a Manuela, la única hija de los Marqueses de Villaflora.
Durante aquellos encuentros secretos bañados de melancolía y secretismo, ojos y manos acariciando, los jóvenes hablaban poco pero sí lo suficiente para saber un pellizco de sus vidas y captar una chispa de sus almas, y al cabo del tiempo acabaron por comprender que se amaban y se amarían hasta el final de los siglos con ese amor estilo aceituna, tan amarga al principio y tan deliciosa a la postre, tal y como estaban seguros que finalizaría su sueño, porque aquel sueño debería acabar bien, y se confesaron pasión incondicional y eternidad sucediera lo que sucediese, como si la eternidad fuera un pedazo de arcilla que pudieran moldear a su antojo. Dadas sus extrañas circunstancias, no eran muchos los días que podían encontrarse, pero sí intensos, las pupilas prendidas en las pupilas, las manos buscando trocitos de piel y los corazones al galope, parecidos a potros desbocados.
Manuela escapaba y corría hacia su olivo favorito. Hugo observaba el camino. Ambos se encontraban y se amaban a base de silencios. Manuela sonreía. Hugo bebía a tragos lentos sus labios y sus palabras. Ambos se decían verdades que a la postre serían mentiras, pero eran felices, allí, en medio de un olivar que se diría infinito. Jamás hablaban del futuro porque solo tenían presente y lo vivían y lo disfrutaban como si no hubiera más allá.
Fue un amor secreto de ojos y labios del que nadie, salvo ellos, tuvo conocimiento.
Y así transcurrió casi un año de cariño y peripecias, un año vivido en un olivar plantado de sueños, hasta ese mes de marzo, época de floración de los olivos, en que casi no pudieron verse por las lluvias intensas que inundaron las tierras, los campos y el pueblo, y ya no se vieron de nuevo porque fue a partir de ese momento cuando Manuela dejó de acudir a sus encuentros con Hugo. Así, de repente, sin una palabra, sin una explicación, sin una razón aparente, Manuela desapareció. No volvió a dar señales de vida, no volvió a pisar el olivar, no volvió a unirse con el muchacho bajo su árbol-atalaya, como si hubiera sido un espectro que se volatilizara en el camino al castillo. El joven esperó un día tras otro ver surgir el cuerpo de su amada por el sendero, esperó oír sus pasos mientras se acercaba, esperó escuchar sus palabras cálidas y contemplar sus ojos buscando miradas y arrullos, pero nada de eso sucedió. Hugo, encaramado en su rama, permaneció a la espera de su adorada Manuela una tarde tras otra, un día tras otro, un suspiro tras otro, sin perder jamás las esperanzas, pero en sus manos solo quedó una nada profunda e incomprensible.
No entendía qué podía haber sucedido, quizás le hubiera ocurrido algo malo, o estuviera enferma y aparecería en cualquier momento, o su madre hubiera descubierto su aventura y la hubiese encerrado por siempre en sus aposentos, aunque no creía porque habían sido muy precavidos. No podía imaginar cuál sería el motivo de su repentina desaparición, pero sabía sin lugar a dudas que su amada no tendría forma de comunicarse con él para informarle de cualquier noticia, ni podría enviar a nadie a hacerlo, dado el secretismo en el que se movían, por lo que solo le cabía esperar y seguir esperando. Y eso es lo que hizo.
La mayoría de las tardes —no todas porque tal comportamiento hubiera resultado altamente sospechoso— llegaba ansioso al olivar cuando el cielo empezaba a teñirse de sombras y arrullos, la hora del paseo de Manuela, ascendía a su improvisada atalaya, perdía los ojos en el camino a la morada de su amor y esperaba impaciente verla aparecer, algo que no sucedió ni, aparentemente, volvería a suceder dado cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Ignorante de los posibles motivos que habían llevado a Manuela a no volver a sus citas, el interior agotado de Hugo se reconcomía lentamente.
Transcurrieron los días y el mes de abril surgió oscuro por dentro y por fuera de su alma.
Manuela se había hecho humo.
Y la duda y la angustia quedaron prendidas en la oscuridad de los interrogantes hasta aquella noche. Fue su propia madre quien, sirviendo la cena, despejó el tétrico horizonte de su hijo con una frase que le hizo trizas el corazón:
—Todo anda muy revuelto en el castillo últimamente, no os lo podéis imaginar, aquello es un guirigay. Y es comprensible: al parecer se nos casa la niña.
No hizo falta preguntar de qué niña se trataba. Hugo lo comprendió al instante. Apretó los dientes y cerró los ojos. Se nos casa la niña, Manuela, su niña, su tesoro, Manuela se casaba, Manuela… pensó el joven, no es posible, no puede ser cierto, me estás engañando, madre, no me lo creo, no, no me lo creo, no, no, no, no, no...
Quiso preguntar, pero no hizo ninguna falta, su madre le ofreció la realidad servida en una bandeja de terror: Don Justo y Doña Fernanda, Marqueses de Villaflora, habían pactado la unión de su única hija, a punto de cumplir los diecisiete abriles, con el hijo mayor de los Condes de Albalisia, los amos y señores de los territorios aledaños al marquesado, más filas y filas de olivos unas junto a otras, más extensiones inmensas, más verde inacabable. Todo había estallado en júbilo al conocerse la futura unión de Manuela que, según decían, estaba acordada desde hacía tiempo. La boda se celebraría casi de inmediato, en muy pocas semanas, a mediados o finales del mes de mayo, y el castillo se había convertido en un ir y venir continuo de actividades y preparativos diversos relacionados con el acontecimiento.
Tras el brutal golpe que supuso para su corazón aquella infausta nueva, Hugo dejó su plato casi intacto —el dolor se le hacía astillas en la garganta impidiéndole tragar—, y salió al exterior a aspirar un poco de aire. Se zambulló en el olivar más cercano y tomó asiento junto a un árbol, uno de tantos testigos de su desolación. Sentía el odio burbujeando por todo su cuerpo, la rabia, la pena, el dolor, todo un conglomerado de miserias paseando arriba y abajo, y los celos sin sentido hacia aquel desconocido que en muy poco tiempo tomaría posesión de su amor y que, sin saberlo ni sospecharlo, haría trizas su esperanza, su ilusión y su vida. Pero nada podía hacer y lo sabía, lo había sabido siempre y no había querido verlo nunca.
Pensó en presentarse ante ella, Manuela, y declararle lo que ambos ya sabían, que su verdadero amor era él, Hugo, no aquel con quien iba a desposarse, probablemente un rico heredero que nada sabía de sentimientos, ni de esperas, ni de amores brujos como el suyo propio; pensó toda la noche colgado de las estrellas que le acompañaban; pensó en una venganza, una firme y retorcida venganza para gritar su desesperación. No podía hacer nada… pero si podía.
Por su mente patinó una y otra vez la imagen de Manuela, a quien probablemente no volvería a ver jamás. Manuela a su lado, Manuela sonriendo, Manuela en el olivar, Manuela bajo el árbol, Manuela… Estaría encerrada en el hogar paterno y no tendría permitido salir hasta el mismo día de la boda que se celebraría en la capilla del castillo, y posteriormente presidiría un fastuoso banquete en la morada de los Condes de Albalisia, de donde ya posiblemente no saldría de nuevo, quedando para siempre a merced de su esposo. Se acabaron los paseos, se acabaron los encuentros, se acabaron las miradas, las sonrisas, los silencios a su lado.
Los pensamientos le atormentaban.
Su voz, su encanto, su calidez, su boca, sus dedos sobre la piel del atardecer, su dulzura, las ramas de los árboles, su ilusión, su secreto tan bien guardado, la dulce y repetida espera rodeada de olivos, su amor estilo aceituna…
Durante el día trabajaba hasta la extenuación y por las noches quedaba machacado de frustración y pensamientos.
No podía hacer nada y nada hizo salvo reconcomerse el alma rebozándose continuamente en los recuerdos. O sí podía… El odio se apoderaba de él. Y a medida que se acercaba la fecha del evento, de la boda de su amada, su alma se hundía más y más en las marismas oscuras de la incomprensión y el desaliento.
A primeros de mayo, cuando estaba a punto de producirse la aparición de las primeras flores en los olivos, Hugo decidió actuar, decirle a Manuela que él estaba allí y que estaría siempre, mandarle de alguna manera un mensaje en el que quedara encerrado todo su sentimiento, su inútil sentimiento que no serviría para nada, sin duda alguna. Otra cosa no podría hacer, o sí, pero no. Y posteriormente, ya vería su forma de actuación, o su forma de no actuación, lo ignoraba, pues no quería pensar porque los pensamientos se transformaban de inmediato en heridas y él ya estaba sufriendo demasiado con el horror de la tortura de su amada en los brazos de otro para siempre.
Salía noche tras noche a contemplar las estrellas y durante el día se hundía irremediablemente en un enorme saco de silencio y frustración, sabiendo de antemano que poco podía hacer para solucionar su dilema.
Dos días antes del casamiento, cuando el castillo y el pueblo bullían de sensaciones y actividades, Hugo salió de su casa encaminándose hacia el olivar, se detuvo bajo uno de los olivos, espléndido con sus flores blancas, y cerró los ojos guardando la imagen de Manuela bajo la piel. Suspiró profundamente y cortó una rama.
Aquella misma tarde, ya casi al anochecer, se dirigió al castillo de los Marqueses de Villaflora con su rama de olivo en la mano, entró por la puerta de las cocinas, la que traspasaba su madre a diario para ir al trabajo. Nadie se percató de su presencia confundido entre el ir y venir de los sirvientes. Y subió por las escaleras hacia la zona de los salones. Conocía bien los recovecos de aquella grandiosa vivienda, había corrido por allí muchas veces siendo muy pequeño, cuando su madre le llevaba consigo por no poder dejarle solo en la casa. Procuró esconderse tras las columnas y en las esquinas para no tener tropiezos inesperados. En una de las diversas salas existentes, aroma de luna y rosas, estaban depositados los regalos para los contrayentes. Efectivamente, allí se exhibían cientos y cientos de dádivas de las más variadas procedencias, quedando expuestas a la vista de cualquier visitante.
Hugo contempló los numerosos objetos que tenía delante, avanzó unos pasos y depositó la rama de olivo con sus flores blancas sobre una repisa. Junto a ella se dejó el alma.
Ella sabría de dónde procedía aquel delicado obsequio que tanto significaba para él.
Permaneció unos instantes pensativo guardándose la rabia en algún lugar profundo, y salió de inmediato de la sala, procurando ocultarse de todo el que pasara por allí.
Ella comprendería el amor y el sentimiento que encerraba aquel mensaje.
Abandonó el castillo sin apenas haberse hecho notar, como una sombra más entre las sombras, como un espectro, dejando dentro el fantasma de su amor desgajado.
Ella, únicamente ella, entendería el significado.
Al salir del castillo, Hugo se hundió en una noche muy negra, acompañado de muchas nubes espesas y muchos olivos suaves que, a partir de aquel momento, podrían llegar a ser sus eternos compañeros, aunque sabía que en unos instantes dejarían de serlo porque él se encargaría de ello porque los haría desaparecer. La furia y la rabia se habían apoderado de todo su ser. Manuela, Manuela, Manuela… ¿por qué? Él era muy poco para ella, él no significaba nada, él era miseria.
Se acercó a su casa, tomó un tronco delgado, lo encendió en la chimenea formando una tea y empezó a caminar hacia los campos de los Condes de Albalisia. Sucumbirían todos bajo el fuego, todos los olivos, todo el olivar, la campiña al completo, él mismo se encargaría de ellos, los haría desaparecer, crearía un infierno de humo y llamas. Guiado por el odio se adentró en los olivares con la tea encendida en la mano. Cruzó los campos del marquesado cabalgando en el potro de la demencia absoluta hasta llegar a la cima del cerro que separaba los dominios. Contempló todo aquello que iba a destrozar en un instante. El odio lo consumía y su llama interior lo devoraba. Iba a terminar con todo, iba a arrasar todo, iba a destrozar todo. El fuego acabaría con su angustia.
Un espantoso trueno reventó la noche. Los nubarrones se arremolinaron y empezó a llover de forma inclemente, sin sentido, como un aullido inmenso que se prolongara hasta el horizonte y más allá.
Hugo extendió la mirada por la negrura del firmamento mientras el agua mojaba sin piedad su cuerpo y apagaba la tea que ardía en su mano.
Permaneció allí de rodillas, bajo la lluvia torrencial, durante un tiempo infinito, jamás supo cuánto, mucho, tal vez horas, tal vez siglos, no podría calcularlo, con la tea apagada, con el corazón supurando angustia y con el alma empapada de llanto.
Adiós, Manuela… Adiós para siempre…
Su interior profundo quedó inundado de tristeza de arriba abajo.
Estuvo lloviendo toda la noche.
Al amanecer contempló los campos que se perdían por el horizonte, los olivos ahora limpios, el cielo despejado, la luz que hería, la inmensa campiña que debía haber sucumbido bajo las llamas y que se extendía inmensa y, levantándose de aquel lecho de tierra, lanzó lejos la tea apagada y empezó a caminar dirigiéndose lentamente a su casa.


© Blanca del Cerro

jueves, 20 de junio de 2019

Pablo Aguilera San Frutos: Colrun Trailer



Made by U-tad Students

Creado por estudiantes de U-tad



"La curiosidad sobre la vida en todos sus aspectos, continúa siendo el secreto de las personas más creativas". 

Leo Burnett

miércoles, 19 de junio de 2019

Liliana Delucchi: A través de la letra





Con sumo cuidado Daisy ingresa en la biblioteca, esta mañana tiene que quitar el polvo de los libros. ¡Hay tantos y están tan bien cuidados! Es un día soleado y la luz entra por las ventanas, se detiene en los cojines, avanza por los tapices e ilumina las plantas.

La joven se desliza por la alfombra como si no la pisara, con la respiración contenida. El señor ama esa estancia, es donde pasa la mayor parte del tiempo, lee, escribe o dormita en el sofá con algún texto entre las manos. Ella estira el mantel que hay sobre la mesa, con cuidado de dejar los volúmenes tal como estaban, el tintero, las flores. Pasea su mirada por los cuadros y se detiene ante uno en el que se ve a un hombre maduro junto a un niño, le parece que el pequeño la mira con sorna. 

Las voces que vienen del pasillo le recuerdan para qué ha entrado y se dirige a una de las estanterías para empezar su tarea. Un libro le llama la atención, está descolocado y eso la abruma, al señor no le gustaría. No puede contenerse y lo coge.

En la primera página ve el dibujo de un joven sentado junto a un río con unos pantalones a cuadros, chaqueta raída y está descalzo. Lleva en la mano algo que parece una rama o quizás una caña de pescar. La mira con la misma sonrisa sarcástica que el del cuadro. De pie, junto al ventanal que da al jardín, empieza a leer. De pronto, las letras parecen moverse, estirarse, como abriendo pasillos entre ellas. Se detiene ante una palabra, en realidad un nombre: Tom. Espanta una mosca que se ha posado en esa palabra de tres letras, exactamente en la mitad. No sabe si por el efecto de un rayo de sol que atraviesa el cristal o si es por las pocas horas de sueño que le ha dispensado la noche anterior, pero Daisy ve que esa “o” se agranda, se extiende a lo ancho y alto de la página y la cubre por completo. El agujero se amplifica hasta llegar al sillón, a la cristalera… Ella lo atraviesa y de pronto está a orillas de un río, junto a un árbol donde ve a un niño pescando.

—¿Tom?

Al no obtener respuesta, la joven empieza a caminar a lo largo de la ribera. Hace calor y una nube de insectos revolotea entre las ramas de los árboles; un arroyo se encamina hacia el interior y Daisy lo sigue. Termina en una charca profunda y, descalza, sumerge los pies. Es refrescante. Recostada a la sombra, se queda dormida. La despierta una sapillo sobre su empeine y venciendo el asco que le produce el animal, se desviste y se mete en el agua. Su cuerpo reacciona al contacto con el frío. De pronto, una corriente la arrastra hacia el centro y luego hacia abajo. Daisy no sabe nadar. Una masa oscura la cubre. Es el final, morir aquí, en un lugar desconocido, sin despedirme de nadie. Miedo. Silencio.

El libro se le cae de las manos, la biblioteca sigue tan luminosa como cuando entró esta mañana. Se toca el vestido, está seco, como su pelo y sus pies. ¿Tuve un sueño? Termina rápido sus tareas y cuando cierra la puerta de la casa para dirigirse a la suya, ve un niño sentado en los escalones de la entrada. Viste un pantalón a cuadros, una chaqueta raída y está descalzo. En la mano una rama o una caña de pescar. Levanta los ojos hacia la joven.

—¿Daisy?




martes, 18 de junio de 2019

Paula de Vera García: Hacerlo bien (Vegeta y Bulma #7)





Unos minutos después de abandonar la terraza, la pareja pudo llegar sin problemas hasta la habitación de Bulma. Por suerte, todo Capsule Corp. se había ido a dormir y no había nadie que pudiese ser testigo indiscreto de la reconciliación entre el hosco Saiyan y la preciosa científica humana.

El reencuentro sobre el colchón fue intenso, apasionado y cargado de ansiedad mutua; pero, para su agrado, ambos comprobaron que seguían entendiéndose igual o mejor que la última vez. El embarazo de Bulma y el nacimiento de Trunks, aparte del entrenamiento en la distancia de Vegeta a modo de excusa en los meses subsiguientes, habían enfriado la relación hasta casi el extremo de considerar que casi podían ir cada uno por su lado, sin vuelta atrás posible. En el fondo, deberían haber sabido que no podrían evitarlo.

Sus cuerpos y sus bocas se atraían como cuerpos celestes destinados a chocar en el espacio infinito. Vegeta, por primera vez en su vida, sentía que necesitaba algo más a lo que aferrarse que no fuese la lucha y la venganza. La escarcha que cubría su corazón se deshacía cada vez que Bulma lo miraba, le hablaba o se preocupaba por él. No podía seguir estando tan ciego. Aunque aquello implicara ser más responsable, su parte más sensata pedía a gritos, al menos, intentarlo.

Igualmente, y casi por primera vez en su vida, el Saiyan no puso pegas a que usaran la protección habitual de los terrícolas. Al fin y al cabo, la última vez no habían sido nada efectivos al respecto usando otros métodos más convencionales; y los dos tenían claro que, de momento, tendrían que tomárselo con más calma. «Bastante tendré con un bebé al que hacerme», pensó Vegeta cuando por fin se tendieron jadeando el uno junto al otro, abrazados entre las sábanas.

–Vaya, vaya… –comentó el Saiyan con aparente diversión.

–¿Qué? –sonrió Bulma, intrigada–. ¿En qué piensas?

Vegeta soltó una risita corta de las suyas.

–Si quieres que te sea sincero, estaba pensando en que jamás soñé que esto volvería a pasar.

Bulma se irguió sobre los codos, sonriendo con algo más de picardía.
–Vamos, no eres tan mal amante –lo pinchó sin maldad, haciendo que él se pusiera rojo de enfado en un instante.

–¡Eh! ¿Quién ha dicho eso? –preguntó, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño aún más si cabía. Pero cuando Bulma se rio, Vegeta la secundó sin querer y todo rastro de ira desapareció casi como por ensalmo–. Hm, tú siempre igual –rezongó este, sin enfadarse más, antes de tenderse de nuevo de cara al techo–. Aunque… es un alivio saberlo.

–¿Un alivio saber el qué?

Vegeta gruñó y apartó el rostro. Le había traicionado la lengua y ahora podía ser que acabara de echar el momento a perder.

–No importa.

Bulma hizo un mohín.

–Vegeta… –lo llamó con voz cansina. Él se giró apenas unos milímetros hacia ella; sin mirarla directamente, pero con expresión algo contrita–. Vamos, ¿pensabas que te iba a odiar por todo lo que ha pasado? –preguntó ella, incrédula. Él no respondió, pero no hizo falta: detrás de su semblante siempre pétreo, la joven había aprendido hacía tiempo a leer entre líneas. Por ello, Bulma no se dio por vencida enseguida y se acurrucó de inmediato contra su costado, deseando borrar su preocupación como fuera–. Sí que es cierto que… bueno, ya sabes. Pero, a pesar de todo… No podría hacerlo –admitió al fin, bajando la cabeza–. Sí que admito que eres cabezota, orgulloso, don «yo puedo hacerlo todo solo» y que también sueles entrar en barrena a la mínima... –le dijo sin amedrentarse, haciendo que el ceño fruncido la encarara directamente con más intensidad si cabía–. Pero también tienes cosas buenas, aunque las escondas del resto del mundo. Eres valiente, luchas por lo que te importa y no te rindes a la mínima de cambio –Bulma hizo un gesto indefinido con los hombros–. ¿Es que eso no significa nada?

Vegeta se quedó pensativo, reflexionando emocionado sobre lo que Bulma había dicho. La verdad, mentiría con descaro si no reconociese que aquella mujer lo tenía calado hasta la médula; o que eso, precisamente, no le importaba lo más mínimo.

–¿Lo crees de verdad? –preguntó con suavidad al cabo de un rato.

Bulma suspiró, acariciando distraídamente el pecho de divinidad griega del Saiyan con un dedo.

–Sabes que nunca he querido forzarte a que ejerzas de padre, porque también sabía cuáles eran tus deseos y tus prioridades. Y, si no es lo que quieres, no te obligaré nunca a hacerlo –confesó ella entonces en un hilo de voz, ocultando la amargura como fue capaz; aquella era solo una verdad a medias, pero ya había aprendido con el tiempo que a Vegeta no había lazo que pudiese atarlo si él no quería–. Pero todo lo que has sufrido en estos años... eso no te hace más débil, ¡al contrario! –se emocionó Bulma, alzando la barbilla para mirarlo a los ojos–. A pesar de todo, creaste un vínculo con Trunks al saber quién era y te desgarró el corazón verlo morir. Eso demuestra que eres mejor padre de lo que piensas –insistió con dulzura–. O… que puedes serlo.

Él se quedó mirando al techo, con el entrecejo algo fruncido. Parecía estar meditando. Bulma dudó. Quería decirle lo que sentía quemando sus entrañas, pero no estaba segura de cómo reaccionaría él. Se habían reencontrado después de todo lo ocurrido con los androides y con Célula y algo había cambiado en Vegeta, pero no se atrevía a decir aquellas dos palabras en voz alta. Era como romper un momento mágico con una ñoñería. Y Bulma era más práctica que todo eso.

–Vegeta –se lanzó unos segundos después, con la cabeza acomodada en el hombro musculoso de él.

–¿Hm? –repuso éste, apenas girando la cabeza en su dirección y apoyando la barbilla en su pelo.

Bulma respiró hondo.

–Gracias.

No, no había sido capaz. Pero lo que no esperaba la joven fue que el Saiyan le acariciase el pelo con apenas un dedo y susurrara:

–De nada.

Se quedaron otro rato en silencio, hasta el punto en que casi cayeron dormidos, hasta que Bulma susurró:

–Trunks me recuerda mucho a ti, ¿sabes?

Él se removió un poco, entreabriendo los ojos, pero permaneció dentro del abrazo de Bulma mientras preguntaba:

–¿De verdad?

Ella sonrió contra su piel.

–Sí, en cómo fruncís el ceño.

–¡Oye!

–¡Vale, vale! –siguió riendo ella, mientras bajaba con suavidad el puño que él había alzado como un reflejo. «Vaya con “don orgulloso”», pensó Bulma con diversión–. Aun así, creo que es algo que no cambiaría por nada –tras esa frase apaciguadora, la joven se quedó pensativa y Vegeta la observó con los ojos entrecerrados; intuyendo que solo intentaba provocarlo en broma, pero sin poder evitar una punzada de molestia. ¿Así era como lo veía?–. Además, me encanta saber que será un chico tan guapo en el futuro. Seguro que las chicas se pelean por él...

–Ja. La duda ofende –repuso entonces Vegeta, ufano–. Tiene todo lo necesario para ello.

Bulma lo miró de reojo antes de sonreír, también orgullosa.

–Sí, desde luego que sí.

Él la miró con intensidad.

–Quiero ser un buen padre, Bulma –reconoció en voz baja, para sorpresa de la mujer–. Después de verlo morir... A pesar de saber que podía resucitar con las Dragon Ball... Yo...

–Lo sé –ella pasó un brazo por su cintura con levedad, invitándolo sin palabras a no decir aquello que no quisiera si era demasiado doloroso–. Pero gracias a lo sucedido ahora tú también sigues en pie y tienes toda una vida para compartir con él. Y quién sabe, es posible que a este Trunks del futuro lo volvamos a ver en algún momento.

–Sí, quién sabe… –Vegeta mostró media sonrisa irónica–. De momento habrá que intentar hacerlo bien con la versión pequeña, ¿no?

Bulma rio sin poder evitarlo.

–Te quiero, Vegeta.

Sin quererlo, el tiempo pareció detenerse tras aquellas tres palabras. Bulma no había pretendido ser tan directa, pero no había podido evitarlo. Ya estaba hecho. Lo había dicho. Como imaginaba, él la miró con los ojos como platos durante unos segundos y el aire se espesó entre ambos durante un largo instante en el que Bulma temió lo peor. Perderlo de nuevo, después de aquella noche, sería demasiado para su frágil corazón.

Sin embargo, sucedió algo que la joven no hubiese imaginado en sus mejores sueños. Tras recuperarse de la sorpresa, visto y no visto, él le tomó el rostro y la besó con una pasión diferente a cualquiera de las mostradas anteriormente, con ella o con cualquiera. Bulma, entre incrédula y aliviada, le devolvió el beso y se dejó tender bajo el cuerpo del Saiyan sin oponer resistencia. Sin embargo, él no la penetró enseguida como sucedía otras veces, sino que descendió hasta situar su rostro junto a la parte baja de su vientre con media sonrisa lasciva. Bulma, al principio, lo observó como un conejo miraría al zorro que lo va a devorar; pero tras sentir la lengua de Vegeta reconociendo su humedad, Bulma se arqueó hacia atrás y gimió con fuerza.

Habían hablado de aquello alguna vez; pero, en el pasado, Vegeta casi siempre había rechazado cualquier truco amatorio que implicara un esfuerzo por su parte. Casi desmayada, Bulma dio gracias al cielo de nuevo por aquella otra novedad, mientras él proseguía minuto a minuto con su labor como si lo llevase haciendo toda la vida. Cuando ascendió de nuevo y sus rostros quedaron a la misma altura, ella quiso preguntar; pero él la besó con tal rapidez que la intención llegó y pasó en un suspiro.

Ese solo fue el primer síntoma; pero, a partir de aquella segunda vez, la noche no fue como las anteriores. Por primera vez hubo delicadeza, ternura y hasta podría decirse que cierto amor de verdad entre ambos. Se dejaron querer y dieron y recibieron placer como nunca antes por parte del otro, hasta casi el momento en que el sol empezaba a asomar por el horizonte. En definitiva, se habían echado tanto de menos que, cuando cayeron rendidos al fin, ella se quedó dormida entre los brazos de él hasta que el sol estuvo muy alto en el cielo, sin que nadie les molestara. A partir de ese día, empezaba una nueva era para un nuevo y floreciente amor bajo la cúpula de Capsule Corp.


(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Kai)

 © Paula de Vera García